jueves, 26 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo VIII


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO VIII




Lo encontró sentado bajo uno de los arcos de entrada a la ciudad, arreglándose una sandalia. Estaba totalmente ensimismado en la tarea, vestido con su uniforme militar. La escasa túnica de color rojo bajo la armadura pronunciaba la anchura de su tórax. Cuando la vio, su rostro, o más bien su mirada, se transformó en preocupación. Miró a un lado y a otro apresuradamente y, tras comprobar que no corrían peligro de ser vistos, se fueron acercando el uno al otro. Coincidieron, como es lógico, en un punto intermedio.

Los dos estaban serios. Muy serios, A su alrededor, plebeyos y esclavos se desenvolvían en sus quehaceres con absoluta normalidad, sin prestar atención a la pareja. Al fin y al cabo, en aquella ciudad tan caótica todo el mundo tenía algo que hacer y no podían perder el tiempo en menudencias que no importaban nada. Todo quedaba en un segundo plano (por más que la madre de Claudia se empeñase en decir lo contrario).

-¿Se lo has dicho a alguien?- comenzó él.

-¡No! ¿Por quién me tomas?

-Lo siento, pero es que estoy muy nervioso. Tienes que perdonarme. No todos los días se prepara uno para una fuga.

-¡Ssssshhhhh! ¿No puedes hablar un poco más bajo?

-Sí, claro. ¿Por qué?

-¡Lucio!

-Disculpa.

-Estoy muerta de miedo.

-Yo también, mi Melpómene. Yo también.

-¿Qué vamos a hacer?

-Por lo pronto, esperar al día señalado. Procura tener todas tus cosas listas desde antes, nos conviene actuar con rapidez. Después… ya se verá.

-¡Baco, ¿qué va a ser de nosotros?!

-¿Te arrepientes?

-¡No! Eso nunca.

-Pues entonces reza para que todo salga bien.

-Descuida; lo haré.

-Pronto tendrás noticias mías. Según vea las cosas, te iré informando de los pasos que deberemos dar.

-Está bien.

-Y, sobre todo, permanece tranquila. Que nadie note nada extraño en tu comportamiento, ¿de acuerdo?

-¡Ja! Soy actor, ¿recuerdas?

-Je, je, je. Supongo que a veces aún se me olvida.

-Todo se va a desmoronar. Lo sabes, ¿no?

-Desgraciadamente, sí.

-Mi vida en el teatro… tu futuro en el ejército… todo se va a acabar.

-No pienses en eso ahora.

-Todo se va a acabar…

-Se terminaría de todos modos. No creo que a tu marido le hiciese mucha gracia verte sobre un escenario.

-No lo menciones, por favor.

-Lo siento.

-Más lo siento yo. Yo no puedo hacerte esto, Lucio…

-¿El qué?

-Permitir que abandones tu carrera de este modo. ¡Mírate! Pero si hasta para organizar nuestra huida…

-¡Ssssshhhhh!

-Perdón. Si hasta para… esto utilizas todas tus estrategias. Seguramente, en un par de años, ¡quién sabe adónde habrías podido llegar! Yo no tengo ningún derecho a pedirte que hagas ese sacrificio.

-No es ningún sacrificio, Claudia. El sacrificio sería permitir que te desposaras con semejante…

-…

-… entonces sí que se acabaría mi vida para siempre. Lo que me duele es pensar que tu gran actuación también va a ser la última.

-…

-¡Eh! No te pongas así. Al fin y al cabo, vamos a estar juntos, ¿no?

-Claro.

-Así me gusta, que sonrías.

-Todo va a salir bien, ¿verdad?

-Sí.

-Sí. Todo va a salir bien. Estoy segura.

-…

-Hasta mañana, entonces.

-Hasta mañana, Melpómene.

-¡¿Cuándo dejarás de llamarme así?!

-¡Ja, ja, ja!

jueves, 19 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo VII


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO VII



Transcurrieron los días en Baelo. Unos más lentos, otros a mayor velocidad… Poco a poco, el frío del invierno y la humedad del mar fueron instalándose en los más oscuros rincones de la ciudad. Entonces, como cada año, sus habitantes comenzaban a añorar aquellos vientos del sur procedentes de la Mauretania de los que tanto se quejaban durante el verano. ¡Qué contradictorios resultaban los seres humanos! Nunca se encontraban a gusto con nada, deseando siempre para sí justamente aquello que no podían conseguir. Aquel viento de la Mauretania venía a ser sólo una muestra de esas contradicciones, dejando cada verano recuerdos indelebles que ahora, en la plenitud del frío, volvían a resurgir, no se sabe si a modo de consuelo o más bien al contrario, como algo maravilloso e inalcanzable.

El brillo poderoso del sol, la calma del océano, la pulcritud del cielo y la costa y, sobre todo, el recuerdo de la sal adherida a la piel, una piel, a pesar del bronceado, reseca y tirante, desprendiendo calor y sufriendo la picazón del sol. En aquellas ocasiones, parecía como si el ruido de Baelo, la algarabía, los gritos, desaparecieran o, mejor dicho, menguaran, diluyéndose en las aguas cristalinas del Atlántico. Cerrando los ojos, uno podía sentir las conversaciones que flotaban a su alrededor como si en realidad estuvieran a muchos metros de distancia. Cerrando los ojos, se unían en un solo sonido las palabras de aquellos seres tan contradictorios, el rumor de aquellas aguas tan cristalinas y el graznido de las gaviotas que, con sus alas extendidas, rasgaban el sol.

Pero ahora no era verano, ni la sal se quedaba pegada a la piel, ni las gaviotas cortaban NADA. Porque era invierno y hacía frío, mucho frío. El tiempo pasaba y, de puntillas, habían llegado las Saturnales a todo el imperio. Todo se había sucedido sin ninguna novedad con respecto a otros años, casi de una forma rutinaria dentro de la alegría y el desorden típicos de esas fiestas. Ya los banquetes se habían celebrado, ya los esclavos habían usurpado el puesto de sus amos, ya los regalos se habían intercambiado. Las fiestas ya habían pasado, habían quedado atrás hasta el próximo ciclo. Jano, llamando a las puertas que él mismo protegía, se había traído consigo a Enero, y con él habían decidido venir también las lluvias, el frío y las ventiscas. Demonios, ellos no tenían la culpa de que Baelo estuviese enclavada en uno de los puntos más conflictivos climatológicamente de toda Europa, ¿por qué padecer entonces aquellas constantes ventoleras? Ya fuese invierno o verano, había algo allí que no cesaba: el viento. Cualquier día, tanto los edificios como sus ocupantes iban a salir volando, y ese día a nadie pillaría por sorpresa.

Desde que Enero había entrado, Claudia había intensificado sus horas de ensayo en casa de Fulvio, mientras que sus padres se esmeraban en los preparativos de su inminente matrimonio. Prácticamente no se hablaba de otra cosa en toda la ciudad. Las especulaciones en torno a su dote podían oírse por doquier.

Antonia, encantada con la próxima marcha de su hija, se afanaba en conseguirle el ajuar adecuado, así como las criadas más eficaces en el mercado. Cualquiera diría que aquella mujer que se pavoneaba ante las vecinas y ocupaba todo su tiempo en arreglar los asuntos referentes a la boda de su hija, era la misma que hasta hacía poco vivía encerrada en su casa quejándose continuamente de dolor de cabeza. De repente, todas sus jaquecas se habían esfumado. Había hecho venir a los mejores comerciantes de telas a su propia casa y, durante una tarde entera, estuvo desenmarañando rollos y tomando medidas, mientras su hija la miraba en silencio desde un rincón de la habitación.

Sin embargo, Antonia no podía dejar de preguntarse acerca del extraño comportamiento de su hija. Después de la escena que había organizado al recibir la noticia, abríase esperado que removiera cielo y tierra con tal de no desposarse. De hecho, su padre y ella ya estaban preparados para cualquier pataleta suya. Pero no había ocurrido así, sino todo lo contrario. Se había limitado a permanecer en silencio, sin una sonrisa, sin un gesto amable, siempre con cara de pocos amigos pero en silencio, al fin y al cabo. No protestaba cuando se mencionaba el tema, ni les había amenazado con cometer cualquier locura de ésas a las que ya estaban acostumbrados.

Claro que, si Antonia hubiese conocido a su hija un poco más, se habría parado a pensar que estaba tramando algo, pero esto no fue así. Creyó, porque en el fondo era lo que quería y le convenía, que Claudia había decidido sentar la cabeza de una vez y no darles más quebraderos de cabeza a su padre y a ella. Por todas estas razones, la conmoción ante lo que la joven les tenía preparado fue mayúscula.

***

Claudia descendió de la tarima y se apartó ligeramente para que sus compañeros pudieran acceder a ella. En el lado opuesto de la grisácea habitación, Fulvio daba órdenes al grupo de “mujeres” integrantes del coro. Ayudándose con el brazo derecho, les indicaba el modo de ejecución de la parte que les correspondía en ese momento, justo antes de que Celio y Julio, los actores encargados de dar vida a Teseo e Hipólito, irrumpieran en escena. Como siempre, sin faltar a su costumbre, Fulvio vocalizaba con precisión y abriendo mucho la boca, pero sin elevar lo más mínimo el tono de voz, como si en realidad todo aquello le importase un comino o no fuese con él. Claudia, por su parte, permaneció quieta justo debajo del escenario, con los brazos en jarras y sonriendo para infundir ánimos a sus compañeros. Ambos se mostraban encantados de tenerla actuando con ellos, o al menos eso le habían dicho. Especialmente porque, como solían bromear, no era muy divertido hablarle de amor a un barbudo con peluca, algo que los dos habían experimentado ya.

“Teseo: …Ella está muerta. ¿Crees que eso te va a salvar? Es lo que más te tiene en sus manos, ¡oh, tú, el más vil de los hombres! ¿Qué juramentos, qué palabras podrían ser más fuertes que ellas, para que tú pudieras escapar a la acusación?...”

Al otro lado de la plataforma de madera, Drusila sostenía una bandeja con bebidas para todos los componentes del grupo, bebidas de las que Fulvio ya había despachado casi la mitad. Claudia saludó a su amiga con un gesto de la cabeza y ésta le respondió poniendo los ojos en blanco y con una sonrisa resignada referida a su amo. Después, volvió la vista hacia Celio, que seguía recitando su parlamento como si nada.

“… Dirás que la odiabas y que la naturaleza del bastardo es hostil a los hijos legítimos. Ella ha hecho un mal negocio de su vida, según tú, si por odio hacia ti perdió lo más querido…”

-De acuerdo; ya es suficiente por hoy.- interrumpió Fulvio.- Muy bien los dos. De todas maneras, Julio, ten cuidado. Se te va la vista. No puedes estar escuchando a tu padre y mirar al techo. El próximo día procura venir más despejado. ¡Ah! Otra cosa, Claudia, escucha que esto tiene que ver contigo: He pensado que quizá resultara estético que, desde el suicidio hasta el final de la representación, el cadáver de Fedra podría permanecer en escena, a la vista de todos. ¿Qué os parece?

Claudia, quien no había necesitado que nadie requiriese su atención, bastante pendiente estaba ella ya de cada palabra que se pronunciaba en aquella habitación, hizo un gesto ambiguo, por lo que Fulvio, a modo de explicación, continuó:

-Sé que es un esfuerzo aún mayor el que te pido, y que tu situación será bastante incómoda, pero creo que es un planteamiento novedoso que podría resultar, ¿verdad? Por supuesto no te estoy pidiendo que estés todos esos minutos sin respirar, pero…- intentaba por todos los medios convencerla y para ellos recurría a cada argumento que se le venía a la cabeza. Ninguno de los tres lo había visto nunca así, tan falto de imposición, de… temple.

-Yo… bueno, creo que no soy el más apropiado para opinar sobre esto.- dijo Julio.- Al fin y al cabo, es Claudia la persona involucrada. Pero creo que es una buena idea.- añadió cuidadosamente, temeroso de que la “persona involucrada” no resultase de su misma opinión.

Ella, dudando, le miró directamente a los ojos como buscando un apoyo que la ayudase a tomar una decisión final, a sabiendas de que ya conocía su punto de vista y porque, en el fondo, ella opinaba igual. Era lo que quería. Adoraba los retos…

-Está bien.- dijo.

Fulvio y Julio respiraron aliviados, mientras Celio se encogía de hombros y decía:

-Haced lo que os parezca mejor. Yo sólo os dijo que no estoy de acuerdo con la idea de exponer a Claudia más de lo que sea estrictamente necesarios. Así, tiene más posibilidades de ser descubierta y, si eso ocurre, debemos prepararnos para lo peor.

Por un momento, todos habían creído que se iba a oponer por razones de orgullo herido. De hecho, en multitud de ocasiones, Claudia se sentía gravemente discriminada, no en el caso de Celio y Julio, pero sí en el de otros compañeros secundarios.

Afortunadamente no había sido así y a la muchacha incluso le dieron ganas de abrazar a su marido ficticio cuando se dio cuenta de lo mucho que se preocupaba por ella. A sus cuarenta años, Celio suponía para ella, en ocasiones, más de lo que su padre (y eso que lo quería, y mucho) podía llegar a suponer.

Además, que la descubrieran era algo que no le preocupaba en absoluto. También a ellos les tenía reservada una sorpresa. Una sorpresa que, junto a la que les tenía preparada a sus padres, sólo Lucio conocía.

jueves, 12 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo VI


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO VI



Se acercó a las termas a primera hora de la tarde, sintiendo el resplandor del sol en sus cabellos, algo que le producía dolor de cabeza. Aquel clima era aún más variable que su estado de ánimo en los últimos tiempos. Tan sólo quedaban ocho días para las calendas de enero y ahora resultaba que al sol le apetecía volver a lucir sus encantos aunque no viniera a cuento. Sin embargo, los continuos graznidos de gaviotas en la costa parecían anunciar el retorno del frío, ese frío húmedo que recorría las piedras y las pieles de Baelo sin intención de marcharse (¿qué creíais? ¿que me había ido?) y que se introducía por todas las rendijas hasta lo más hondo de cada uno, hasta el alma, sin que nada ni nadie pudiesen hacer gran cosa por sacárselo de dentro.

El día anterior, Claudia había abandonado la casa de Fulvio en medio de una especie de neblina etérea. Sus compañeros (¡¡sus compañeros!!) se habían visto obligados a sujetarla al recibir la noticia pues, ¡ay!, por Baco, casi se cae del susto. Mientras salía, sola, creyó distinguir la figura de Drusila a lo lejos, pero ni siquiera se acercó a saludarla.

Fedra. Fedra. ¡¡¡Fedra, Fedra, Fedra, Fedra!!! Aún no lo podía creer. Luego, al llegar a casa, Níobe le había transmitido un recado de parte de Lucio, con quien se había encontrado en el mercado. La buena mujer se inquietaba sólo con pensar en lo que podría ocurrirle si era descubierta en semejantes asuntos, pero Claudia sabía que, en el fondo fondo, en el mismo lugar donde se ocultaba el frío, a Níobe le encantaba su nuevo papel de alcahueta. “Esta tarde en las termas”. Muy bien, gracias, Níobe.

Ahora, mientras se acercaba al lugar señalado, pensaba, incluso con el dolor de cabeza que arrastraba, en cómo le daría las buenas noticias a Lucio. ¡Lo contento que se iba a poner al enterarse de todo! Así podría animarlo un poco porque, hacía dos noches, cuando entró en su habitación por la ventana, la noticia de su próximo matrimonio le había traspasado el hígado, aunque ambos la esperaban. Tendrían que aprovechar el tiempo que les quedaba.

Cuando por fin llegó a la entrada, se resguardó de los dañinos rayos de sol en el pórtico, acostumbrándose sus ojos a las sombras durante unos instantes. Después, cruzó el umbral y fue recibida, entre un ambiente de relajación y placer, por una mujer detrás de un atril. Ya se conocían, se habían visto antes, así que la estatua no opuso resistencia desde detrás del atril y Claudia pasó de largo. Siguió caminando por el pasillo, todo recto, en dirección al apoditerium. Hasta ella llegaban los vapores de la sauna, los olores de los perfumes y aceites, las charlas animadas y los grititos de diversión. Justo al final, prácticamente se chocó con la puerta de los vestuarios. Allí se despojó de todo cuanto llevaba encima, de todo excepto de la diadema que se había anudado en la frente para sujetar sus rizos. Desnuda, tomó una toalla y, dejándose guiar por el calor, llegó hasta el caldarium, donde se sumergió l-e-n-t-a-m-e-n-t-e en la piscina, sintiendo el agua caliente envolviéndola de la punta de los pies a los hombros.

Cerró los ojos y dio unos pequeños pasos a lo largo del estanque, mientras las puntas de sus cabellos se pegaban a su espalda. No había muchos bañistas ese día en la zona de agua caliente, sólo dos más y otra chica que se marchaba cuando ella llegó. Seguramente el calor exterior había animado a muchas a empezar por los baños fríos. Ignoraba qué haría Lucio para encontrarse con ella, pero supuso que ya habría pensado en algo. Tenían suerte de que las termas fueran mixtas, porque si no… A sus oídos habían llegado rumores verdaderamente escalofriantes (¡¡ssshhhhh!!): en la mayoría de las terminas del Imperio, los hombres y las mujeres se bañaban por separado, ¡e incluso en algunas a horas diferentes! Pero bueno, ellos no tenían ese problema. Mientras Baelo siguiera siendo tan pequeño, no construirían otras termas de mayores dimensiones, por lo que tendrían que continuar apiñándose (hombres y mujeres) a la hora del baño.

Ahora, sin embargo, no quería pensar. Ni en eso ni en nada. Los nervios y la angustia a los que había estado sometida durante los últimos días le habían agotado el cerebro de tal modo que necesitaba relajarse un poco. Una esclava se acercó por detrás ofreciéndole sus servicios, que ella aceptó gustosamente. Salió del agua y siguió los pasos de la masajista hasta que llegaron a una reducida sala abovedada y con pinturas en las paredes. Como único mobiliario, una camilla alargada ocupando prácticamente todo el espacio central. Claudia se tumbó boca abajo sobre ella y, sin decir palabra, la esclava comenzó su trabajo con parsimonia. Primero sintió una crema viscosa que, frente al calor que ella misma desprendía le produjo un escalofrío. Una mano, luego otra, dos manos se apoyaron en su espalda y procedieron a extender aquel ungüento por su piel desnuda. El agua caliente había hecho que sus poros se dilatasen y, así, la mezcla penetraba más fácilmente hacia el interior. Las manos continuaron su tarea. El siguiente paso fue añadir al inerte cuerpo de Claudia otro ungüento más. Éste no profundizó tanto como el anterior así que su piel quedó cubierta por una gruesa capa de aceite brillante y pegajoso. Sobre ésta, la masajista se encargó de aplicar otra capa más fina de arena, la cual se adhirió instantáneamente a la pomada inferior. Después, durante un rato, restregó la mezcla sobre la piel de Claudia con la única ayuda de sus manos y, para finalizar, cuando su cliente estaba a punto de quedarse dormida, cogió el strigilis y con él fue rasurando toda la mixtura hasta desprenderla por completo. Los escasos restos que lograron escapar del paso de aquel instrumento fueron eliminados también con un paño.

Claudia se levantó adormilada y observó sus brazos, que ahora presentaban unas rayas de colores a causa de la irritación producida por el strigilis. Agarró una toalla con su mano derecha y salió de la habitación, donde permanecía la esclava recogiendo todos los enseres que había empleado en esta ocasión. Con una energía renovada, se dirigió con la toalla inmaculada alrededor de su cuerpo, hacia la piscina descubierta. Las llamadas de atención del vendedor de salchichas, que momentos antes le habían llegado mitigadas por tabiques y puertas, se escuchaban ahora, ya sin obstáculos, por todo el recinto. Poco a poco, el ambiente fue perdiendo densidad y comprendió la proximidad de su destino. Con una energía renovada, aceleró el paso hasta llegar a un lugar al aire libre donde se aglomeraban la mayoría de visitantes esa tarde, bien en el estanque, descansando o braceando, bien bajo los pórticos, paseando o charlando. La mayor parte de los presentes eran hombres, pero ninguno pareció fijarse en la presencia de una joven detenida bajo el dintel de la puerta.

Cuando ésta localizó lo que buscaba con sus ojos inquisidores, se apresuró a ocultarse tras una columna de estilo corintio. Asomó su cabeza por uno de los laterales y lo miró. Lucio se hallaba dentro de la piscina, sentado sobre uno de los escalones que servían tanto para entrar como para salir de ella, y apoyaba los brazos sobre el bordillo de piedra. Alguien se encontraba a su lado charlando despreocupadamente, pero él tenía un cierto aire aburrido y dirigía su mirada hacia el cielo. Claudia sonrió mientras un mechón de su flequillo se desprendía sobre su frente. El agua los había unido y ahora el agua se encargaba de reunirlos de nuevo. Estaban predestinados a vivir siempre cerca del agua, como si de una dependencia se tratase. Le hubiese encantado despojarse de su toalla allí mismo y meterse en la piscina con él, pero sabía muy bien que, si hacía eso, podía dar por acabada toda su vida social. Así que esperó, no le quedaba más remedio.

Sin embargo, no tuvo que aguantar mucho tiempo. Instantes después, Lucio bajó la vista e inmediatamente la descubrió, observándolo risueña entre la gente. Le devolvió la ¿sonrisa? Con todas las personas que allí había, no podía permitirse mucho más. Con ciertos reparos, alzó la mano y, disimuladamente le hizo un gesto que ella comprendió sin problemas. El apoditerio. El vestuario. Muy bien. Pues allá se fue.

Nada más llegar, se sentó en un estrecho banco corrido a esperar a Lucio, que no tardó en llegar. En cuanto descorrió la cortina, unos brazos bronceados se lanzaron a su cuello.

-Les he encerrado. He atrancado todas las puertas a mi pado y les he encerrado. No podrán salir en un buen rato.- confesó debatiéndose entre la culpabilidad y la diversión mientras se tapaba la boca con una mano.

-¡Estás loco!- dijo ella, pero él ya no le oía. Había comenzado a besarla, a acariciarle los hombros, a arrancarle la toalla…- ¿Vendrás esta noche a mi cuarto?

-Haré todo lo posible.- le oyó murmurar con la cabeza hundida en su cuello.

-Tengo algo muy importante que contarte.- dijo Claudia mientras le abrazaba con fuerza y sonreía.

***

“Se cuece un pollo en garum, aceite y vino…” ¿Sí? Pues para adentro que se iba el pollo. “… se le añade una ramita de cilantro…” Oh, oh… cilantro…cilantro… ¿sería aquello que estaba en aquel frasquito de allí? Sería. Bueno, paso siguiente: “… y cebolla.” ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¿Y empezar a llorar otra vez? No, no, no, de eso que se encargue Níobe. Ya está. Se acabó.

Claudia se aburría. Se aburría como una ostra de ésas que se pescaban en el Cantábrico, por eso había decidido bajar a la cocina a INTENTAR ayudar a Níobe a preparar el pollo con hojaldre y leche para la cena, aunque no tenía ni idea de cocinar, claro está. Una “jovencita de buena familia como ella” no tenía por qué rebajarse a realizar semejantes tareas. Para eso ya estaban los esclavos. ¡Si su madre la viera ahora, seguro que la sacaba de allí a base de chillidos…! En realidad, tampoco a ella le interesaba demasiado todo aquello, pero necesitaba mantener la mente ocupada unas cuantas horas mientras esperaba a ver si Lucio llegaba o no.

-Níobe…- se acercó zalamera a su espalda.- Ya no sé continuar. ¿Por qué no lo haces tú?

-Ya me parecía a mí, niña, que no serías capaz! ¡A saber lo que has hecho! Y si llega a entrar la señora…

-¡Ay, Níobe, no seas así! Pues para que veas que sí soy capaz de preparar un estúpido pollo, voy a continuar yo.

-¡Santa Juno, que el cielo nos ampare!

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Por la cebolla. Bueno, qué le iba a hacer… Comenzó a partir una cebolla y no había llegado ni a la tercera capa cuando dos gruesos lagrimones asomaban ya a sus párpados. “Cuando esté cocido, se retira de su propia salsa…” ¡Uf, qué difícil! En fin.

-¡Niña! ¡¿Pero qué estás haciendo?!

-Pues lo que dice aquí, Níobe: retirar el pollo de su propia salsa una vez está cocido…

-¡Pero se saca el pollo, niña, no se tira la salsa! Anda, vete, vete… Lo que una tiene que aguantar a sus años…

Y expulsó a Claudia de la cocina con un par de palmaditas cariñosas. Ésta, riendo, se dirigió a su dormitorio. Sí, bueno, no sabía preparar un pollo, ¿y qué? Al fin y al cabo, ésa era tarea de los esclavos, no suya. Si le había pedido a la criada que le permitiera ayudar en las labores de la cocina era porque quería mantener su mente ocupada durante un buen rato, hasta que llegara Lucio. Estaba tan nerviosa por todo lo que le estaba pasando que tenía miedo de que se le notara. Había hojeado una y mil veces el pergamino que le había dado Fulvio, repasando cada párrafo una y otra vez, dejando desfilar las palabras por su mente, sonriendo casi sin darse cuenta cada vez que pensaba en lo que aquello suponía, en la suerte que había tenido. Se había hecho el propósito (hasta el momento fútil) de tranquilizarse un poco y tomarse las cosas con calma, llegando incluso a guardar el texto bajo el colchón. Pero la tentación era demasiado sublime…

¡Ves! Por eso había querido evadirse y se había plantado en la cocina con la sana intención de preparar algo sin que su familia se pasase luego cuatro días indispuesta. Sin embargo, no podía dejar de pensar en aquella fortuna que le había caído del cielo. Mientras permanecía en la casa, el estar apartada de Fedra se convertía en una tortura. Imaginar que ella con su voz, su cuerpo y la transformación de su alma podría hacer que volviese de nuevo a la vida era algo demasiado bonito, demasiado grande como para intentar olvidarlo tan fácilmente. Y ahora, en su habitación, teniéndola tan cerca, esta tortura se convertía en una presión en las sienes casi insoportable.

¿Y si lo mirase una vez más? Aunque sólo fuese para comprobar que se había aprendido bien el papel y no cometía errores… (Vamos, Claudia, conoces el papel de memoria, de principio a fin, desde el mismo día en que Fulvio te lo entregó). Ya, pero es que… Y esa esquinita de papel amarillento sobresaliendo por entre la tela no ayudaba mucho… Rápidamente, con un gesto limpio y cortante, como temiendo ser descubierta cometiendo un robo, arrancó las hojas de debajo de la cama y, alisando ligeramente los pliegos, se los acercó a la vista y comenzó a leer con voracidad.

Poco a poco, una sonrisa se iba extendiendo por su rostro y, más sosegada, fue separando las hojas de sus ojos hasta depositarlas sobre el lecho. Mientras trenzaba sus cabellos, continuó leyendo.

                “Fedra: ¿Qué es eso que los hombres llaman amor?
                Nodriza: Algo agradable y doloroso al mismo tiempo, niña.
                Fedra: Podría decir que yo he experimentado el lado doloroso.
                Nodriza: ¿Qué dices? ¿Estás enamorada, hija mía? ¿De quién?”

Claudia se recostó sobre un diván y, apoyándose sobre el costado, dejó las hojas a su lado, sobre el tapizado, para proseguir la lectura.

                “Fedra: Del hijo de la Amazona, quienquiera que sea.
                Nodriza: ¿Te refieres a Hipólito?
                Fedra: De tus labios has oído su nombre, no de los míos."

De repente, algo golpeó, aunque sin mucha fuerza, el alabastro de la ventana. 
                

jueves, 5 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo V


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO V



No quedaba tiempo, no quedaba tiempo, no quedaba tiempo, no quedaba tiempo… Claudia trotaba bajo la lluvia en dirección a la casa de Fulvio. Las lágrimas del cielo la empapaban, hacía frío, pero ella ya no se daba ni cuenta. 

Después de conversar con Níobe y desahogarse con ella se había encontrado mejor, pero pronto comprendió que debía empezar a trabajar ya si quería culminar su gran actuación antes del día fatídico, por lo que se dirigió a casa del director a pedirle, a rogarle, a suplicarle, que por favor adelantara la fecha del próximo estreno. No tenía ni idea de si esto sería posible o no, ya que ni siquiera conocía el título de la obra, pero confiaba en Fulvio. Era un hombre serio, enamorado de todo lo referente a los griegos, por lo que, casi sin excepción, sus obras estaban tomadas de entre el repertorio de los tres grandes trágicos. Ignoraba cuál sería esta vez, pero esperaba que alguna muy famosa, alguna que le permitiese demostrar lo buena que era y que le ayudase a dar “el gran golpe”. Impaciente, por un lado, y temerosa, por el otro, llegó ante las puertas de la vivienda-taller de Fulvio. La lluvia había aflojado y, aunque seguía chorreando, por lo menos pronto estaría a cubierto. Si es que se decidía a entrar, porque… La verdad es que no sentía la osadía suficiente como para presentarse allí y pedir algo tan descabellado. Pero no quedaba tiempo…

Con un impulso repentino, abrió la puerta y penetró en el interior velozmente, no fuera a arrepentirse antes de llegar al otro lado. Desde la sala contigua, el taller, le llegaban, amortiguadas por la presencia de la pared, diferentes voces, todas masculinas, entre las que distinguió varias conocidas, como la de Fulvio y otros de sus compañeros en el mimo. Abrió (esta vez despacio, con mucha calma) la siguiente puerta y se encontró, cual banquete en casa de su padre, con una multitud de ojos observándola con sorpresa y curiosidad. Se abrió paso por entre esa multitud y, caminando lentamente y con suavidad, casi como si flotara, llegó a la mesa tras la cual se hallaba su mecenas mirándola extrañado. El resto del grupo no perdía detalle de lo que estaba ocurriendo entre ellos. Habían interrumpido su cháchara, pero no les importaba porque la cosa se estaba poniendo emocionante. Claudia, frente a la mesa, no sabía por dónde empezar. Sin embargo, no le hizo falta pensar más, porque Fulvio comenzó por ella:

-¿Qué ocurre, Claudia? ¿Qué haces aquí? Habíamos quedado en que yo ya te avisaría por Drusila de cuándo deberías presentarte aquí. No es conveniente que la gente te vea venir en época de ensayos, puede levantar sospechas.

-Yo… es que yo… TENGO QUE PEDIRTE UN FAVOR.

-Bien, dime.- a veces, Claudia se preguntaba cómo era posible que un hombre que dedicaba su vida por entero al arte más fluctuante y visceral de todos cuantos existían, fuese capaz de mantener la calma de ese modo hasta en los momentos de mayor nerviosismo.

-Necesito que me hagas un favor.- repitió.- Que aplaces todos los proyectos que te ocupan ahora- ahí fue cuando se oyeron murmullos de desaprobación en la sala- y estrenes la obra que tienes en mente… durante la Carmentalia.

Ni un murmullo, ni una queja, ni una sola expresión de asombro. Silencio. Silencio absoluto. Hasta Fulvio (el hombre imperturbable), parecía haber perdido su hasta ahora intacta compostura. Los ojos se le salían de las órbitas. ¡En la Carmentalia! ¡Pero si sólo restaban dieciocho días! Aquella loca había perdido la chaveta irremediablemente. ¡Y de un día para otro! Si es que los jóvenes ya no son lo que…

-Me quieren casar.

¡Ah, bueno, eso era otra cosa! Al menos tenía una disculpa razonable. Pero, aún así, dieciocho días eran demasiado pocos para preparar ALGO en condiciones, y mucho menos si ése ALGO pretendía ser su gran obra maestra. Por otra parte, si aquel diamante en bruto se casaba, se esfumarían casi con total seguridad todas las posibilidades de que participara en lo que se traía entre manos, y su fama como director ya no llegaría a todos los puntos de Hispania. Además, a Fulvio le gustaban los retos y…

-Muy bien.- respondió desafiante.- Se hará como tú digas.

La cara de alegría inicial de Claudia se tornó en estupefacción cuando escuchó la última sorpresa que aún le guardaba aquel hombre:

-Quiero que comiences mañana mismo a prepararte intensamente. De hecho, hoy te llevarás a casa unas cuantas indicaciones que deberás estudiar. Por favor, ten mucho cuidado, que nadie te descubra.- y después (¿con una leve sonrisa?) añadió- Quiero q lo des todo, Claudia, te voy a exprimir el jugo hasta la última gota. Tenemos que vérnoslas con Eurípides. Serás la Fedra de “Hipólito”.