jueves, 16 de abril de 2020

CLAUDIA - Epílogo


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana, el último. Muchas gracias por acompañarnos a Claudia y a mí en este viaje. ¡Espero que te haya gustado! ;-)


EPÍLOGO



En Baelo Claudia ya ninguna casa permanece en pie. La domus donde vivía Claudia dejó de existir hace tiempo, y ni un solo mosaico, ni un solo resto de pared demuestran que llegara a existir alguna vez. El cardo donde un buen día una mujer buscaba con desesperación un pollo es ahora una vía vacía, y el foro no es sino una explanada de piedra en la que todavía se alzan majestuosas algunas columnas pertenecientes a la antigua basílica. Del templo de Isis no queda más que la escalinata que antaño desembocaba en el pórtico principal, al igual que ocurre con los demás templos de la ciudad.

La muralla, símbolo de fortaleza, ha desaparecido casi en su totalidad, mientras que el cementerio que se encontraba ante la puerta norte ni siquiera parece tal. De las termas, testigos del amor de Lucio y Claudia, pueden observarse hasta las entrañas, ya que lo único que se conserva son los pequeños pilares del hypocausto, en tanto que el moho se aglomera en los pozos de las factorías de salazón.

Y en cuanto al teatro… El teatro, amortajado, se sostiene a duras penas gracias a la ayuda de puntales; las gradas, semiderruidas, observan impasibles cómo el abandono va, poco a poco, llenando de vegetación el escenario.

El polvo lo cubre todo. Baelo es una ciudad muerta. Y, sin embargo, el cielo permanece azul, y el sol sigue brillando en lo alto los días de calor, y las olas del océano (SU OCÉANO) continúan estrellándose ruidosamente contra la orilla…

Esta historia fue soñada en las ruinas de Baelo Claudia (Cádiz)
el día 1º de Agosto del año 2000 d.C.

jueves, 9 de abril de 2020

CLAUDIA - Capítulo X


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO X



La caída del telón indicó, poco después, que la función iba a comenzar. Se hizo el silencio más absoluto en las gradas y, en las últimas filas, los vendedores decidieron retirarse discretamente con sus productos sobre las bandejas. En el cielo, las nubes se habían teñido de un color púrpura que señalaba la proximidad de la noche. En pocos minutos, todo quedaría cubierto de una densa capa de oscuridad.

Tras el frons scaenae, Fulvio, el hombre imperturbable, daba las últimas órdenes a los miembros de su compañía. Ciertamente había realizado una gran obra con aquel montaje. Todo, hasta el más mínimo detalle, había sido cuidado al máximo bajo su supervisión. El vestuario, el maquillaje, las máscaras, los escasos útiles que debían añadirse al decorado, la dicción… Durante días había permanecido encerrado en su taller, preocupándose de que todo estuviera listo a tiempo y ahora que por fin había llegado el gran momento, el cansancio no le permitía disfrutar todo lo que hubiese querido de la puesta en escena. Aunque, por otro lado, esto también tenía su lado bueno, ya que así se ahorraba unos cuantos nervios. Veía a su alrededor a todas aquellas personas que le habían ayudado a salir adelante, los actores incondicionales que no se habían acobardado ante el cambio de fecha del estreno, los amigos amantes del arte y la cultura, como él, que siempre se hallaban dispuestos a ofrecerle su ayuda y que, en aquella ocasión, por supuesto, tampoco habían querido faltar; los esclavos sumisos (entre ellos Drusila) que le acompañaban en cada nueva aventura que emprendía… Y hablando de Drusila, podía verla ahora conversando con Claudia, justo detrás de una de las columnas del frons scaenae. Claudia…

Había sido un auténtico golpe de suerte contar con aquella niña, y una delicia trabajar a su lado, verla progresar día a día, pulirla poco a poco, así como poder observar su permanente alegría, su compañerismo, puntualidad y pulcritud en el trabajo. Finalmente, había llegado la hora de enseñarla al público, de mostrarle al mundo lo que era capaz de hacer cuando se subía a un escenario, aunque nadie llegase a saber nunca que el actor elegido por Fulvio para interpretar a Fedra en las fiestas de Carmenta era en realidad una mujer, y no una mujer cualquiera, sino nada más y nada menos que la hija del general Claudio. Le extrañó la espesa capaz de maquillaje que cubría su cara, dado que saldría a escena con máscara, pero el agotamiento mental que sentía no le dejó pararse a pensar en cuál era el fin.

Claudia, apoyada sobre la misma columna y con el corazón palpitándole a una velocidad poco usual, contaba los segundos que faltaban para que el coro se posicionase en el escenario. Hacía un momento que Drusila se había aproximado a ella para darle ánimos y desearle buena suerte. ¡Pobre amiga! No sabía nada de lo que iba a ocurrir y seguramente se enfadaría mucho al enterarse de su marcha, pero ya no importaría nada porque no volvería a hablar con ella nunca más. ¡Cuánto la iba a echar de menos! Aunque en los últimos tiempos la había aislado un poco de su vida debido a sus múltiples ocupaciones (y secretos que le era obligado guardar), ya comenzaba a echar de menos sus encuentros matinales y sus charlas sobre las aspiraciones que ambas tenían en la vida.

Pero bueno, había que seguir adelante, y ése no era el mejor momento para ponerse a reflexionar. Los integrantes del coro ya se encontraban en sus puestos, el público en silencio, sus compañeros preparados y… (respira…, respira…) ¡YA! Se colocó la máscara y se empujó a sí misma hacia el escenario, y todos los sentimientos que la habían invadido instantes antes se agolparon en su pecho cuando vio que sus pies tocaban ya la madera del suelo. Levantó la vista y no vio nada. ¡Sabía que estaban allí, que la miraban, que las gradas se hallaban a rebosar, pero ella no los veía! Eso la ayudó a continuar hacia delante y… (respira…, respira…)

“Fedra: ¿Qué es eso que los hombres llaman amor?
Nodriza: Algo agradable y doloroso al mismo tiempo…”

***

¿Qué era? ¿Había algo en el aire? ¿Sería el repentino cambio en las temperaturas? Por alguna extraña razón que nadie acertaba a comprender, cada vez que aquel chico abría la boca para pronunciar una palabra, el público enmudecía más aún. ¿Quién era el chiquillo y de dónde lo había sacado Fulvio? ¡Bah! Seguramente era eso: el clima, que hacía ver las cosas distintas a como eran en realidad. Pero entonces, ¿por qué sólo ocurría cuando hablaba el chico, cuando hablaba Fedra? ¿Por qué conseguía que, sin decir nada del todo importante, a todos se les pusiese la piel de gallina? ¿Por qué?

Se sentían transportados en el ambiente, como si una fuerza tirara incesante de ellos y los transportara a un lugar desconocido, a un palacio… Sí, eso es. A un palacio donde estaban teniendo lugar las mayores atrocidades. Un palacio en una isla de Creta. ¡Por Apolo! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué era aquello? ¡Qué sensaciones! La gente se mordía las uñas, apretaba los puños e, incluso, llegaba a cerrar los ojos en determinados momentos.

***

“Corifeo: ¿Vas a cometer algún mal irremediable?
Fedra: Morir; ya pensaré de qué modo.”

En ese momento, alguien entre el público gritó:

-¡No! ¡No lo hagas!

Claudia, desde el escenario, se giró levemente y pudo ver a algunos de los ocupantes de la primera fila con sus ojos aterrados clavados en ella. ¡Lo estaba haciendo! ¡Vaya! Aquello estaba resultando aún mejor de lo que habría podido esperar. No quería salirse del personaje pero, por dentro, a duras penas podía reprimir la risa. En algún lugar de las gradas, Lucio sonreía con ella. Ya había dispuesto todo lo necesario para la partida. Esa noche, Claudia saldría del teatro con él y huirían para no regresar jamás. Continuó:

“Corifeo: ¡No digas eso!
Fedra: Y tú, aconséjame bien. Daré satisfacción a Cipris, que me consume, abandonando hoy la vida:…”

Claudia creyó que ya había llegado el momento adecuado, así que, poco a poco, fue alejando de su rostro la máscara que lo ocultaba. Pudo notar cómo, en la primera fila, un par de personas ahogaban un grito, mientras que otros comenzaban a cuchichear.

-¡Pero si es…! ¡Es…!

Sin embargo, la historia estaba TAN emocionante que… bueno… los cotilleos podían esperar.

“…un cruel amor me derrotará. Pero mi muerte causará mal a otro, para que aprenda a no enorgullecerse con mi desgracia. Compartiendo la enfermedad que me aqueja, aprenderá a ser comedido.”

Fulvio todavía no se creía que hubiese sido capaz de llegar a tanto. Sus compañeros la miraban con estupefacción. Cuando finalizó la escena, el silencio reinaba de forma espectral. Ella aún miraba fijamente al público, a pesar de que no podía verlo. Sostenía la mirada a la altura de su cabeza, agitada y convulsa, con la venganza incrustada en los ojos.

Cuando finalizó la escena, Claudia salió por la puerta de la derecha.

***

Moría. Era consciente de ello mientras moría. Sentía la soga deslizarse alrededor de su cuello. Sabía que no moriría, que aún le quedaba mucho por vivir, pero en esos momentos sentía cómo moría.

La escena de la muerte de Fedra no tenía lugar de cara al público, pero, aun así, Claudia sentía que moría. Sentía una mano fría rozándole la luna, el maquillaje deshaciéndose en su cara a causa del sudor que corría desde su frente.

“Nodriza: ¡Ay, ay! ¡Acudid en ayuda todos los que estáis cerca de palacio! Se ha ahorcado nuestra señora, la esposa de Teseo.”

-¡Oh, no! ¡Finalmente lo ha hecho!- se podía oír entre el público, donde varias personas ya se habían echado a llorar. Otras gritaban, en tanto que las más “valientes” sacudían la cabeza con resignación.

“Corifeo: ¡Ay, ay, todo ha terminado! La reina ya no existe, unida está a un lazo suspendido.
Nodriza: ¿No os apresuráis? ¿Nadie va a traer una espada de doble filo, con la cual podremos cortar el nudo de su cuello?”

***

Varios súbditos condujeron el cadáver de Fedra, tumbado sobre una camilla, hasta el escenario. Allí la esperaban Teseo, su marido, e Hipólito, su hijastro, su gran amor. Fue depositada sobre una mesa alargada y sencilla que había dispuesta en segundo término. El gran Teseo comenzó a recitar:

“… Ella está muerta. ¿Crees que eso te va a salvar?...”

Celio miraba fijamente a Julio, que le devolvía la mirada impasible. A sólo unos pocos metros de allí, las mujeres lloraban cual plañideras, los niños se tapaban los ojos, los padres de Claudia se sentían desmayar y Lucio sonreía orgulloso. Sea cual fuera el resultado, a todos les embargaban a la vez mil y una sensaciones distintas y especiales. Y mientras tanto, el cadáver de Fedra permanecía inmóvil, como es natural, sobre la camilla.

***

Por Venus, que todo aquello estaba sucediendo sin que nadie lo pudiese evitar. Era un poder sobrenatural, una fuerza superior que los manejaba a su antojo sin poderla detener. Sabían que era falso, que era puro teatro, pero no podían dejar de sentirlo como si fuera real. Nunca había tenido lugar en la ciudad un espectáculo semejante y, casi con seguridad, nunca volvería a repetirse. El día de hoy pasaría, con toda probabilidad, a los archivos y anales de la historia de Baelo. El día en que la hija del general Claudio transformó a todos los asistentes al teatro con su sola presencia en el escenario. Y la función no había acabado.

Dos amigos de Hipólito condujeron su maltrecho cuerpo, herido de gravedad, hasta donde se encontraba su padre.

“Teseo: ¡Ay de mí, corazón piadoso y bueno!
Hipólito: ¡Adiós, adiós una vez más, padre mío!
Teseo: ¡No me abandones, hijo, haz un esfuerzo!
Hipólito: Mis esfuerzos han terminado: estoy muerto, padre. Cúbreme el rostro lo más rápido que puedas con un manto.”

Cuando Hipólito expiró, la función se dio por finalizada y los telones subieron. Tras unos instantes de desconcierto general, en los que todos los presentes permanecieron mudos, los aplausos arreciaron. Los actores, sin embargo, se mantuvieron unos momentos más congelados en la posición final mientras el ruido que se producía al entrechocar las palmas penetraba en sus oídos deleitándolos. Los aplausos se hicieron cada vez más fuertes y comenzaron a escucharse también silbidos de aprobación y vítores. Si, en ese preciso instante, alguien se hubiera aproximado al escenario, se habría percatado de que el cadáver de Fedra sonreía. Porque lo había conseguido.

jueves, 2 de abril de 2020

CLAUDIA - Capítulo IX


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO IX





Tres días antes de los idus de enero, Claudia empaquetaba algunas de sus cosas en la soledad de su habitación y lo hacía, a pesar de todo, con desgana. No en vano Baelo había sido su hogar (e incluso más que eso) durante dieciséis años. Durante dieciséis años, Baelo había sido toda su VIDA. Con nostalgia, pensaba en que jamás volvería a ver aquellos edificios tan conocidos por ella, a aquellas gentes, aquel pedacito de océano incrustado en la ensenada. Ignoraba adónde tendría pensado conducirla Lucio, pero, en cambio, sí que tenía muy claro que, allá donde fueran, en ningún lugar encontrarían un mar tan bonito como aquel.

Le parecía imposible que, en apenas unas horas, se vería obligada a dejar Baelo para siempre, algo que nunca creyó que fuera a ocurrir. En esos momentos, acudían a su mente recuerdos de su infancia (que, por otra parte, tampoco estaba tan lejos). Recordaba, al mirar la noche, cómo Níobe le había relatado, durante tantos años, la historia de la strix, el ave nocturna que se dedicaba (como si no tuviera más que hacer…) a chupar la sangre de los niños que se portaban mal. Pensaba en Tulio, en cuánto lo quería… (y en cuánto le costaba ahora no echarse a llorar…). Le gustaría contarle la historia de la strix, pero ya no era posible. Ésa iba a ser la última noche que pasaría en su casa. Ya no volvería nunca más…

Se veía a sí misma dentro de varios años, en algún lugar desconocido, recordando estos momentos que ahora se le hacían tan difíciles. Le gustaría saber qué tal le había ido la vida a Tulio, a Baelo y, aun a pesar de todo, a sus padres. Sentía tantas cosas en esos momentos… No podía evitar pensar que aquello era una equivocación, que todavía estaba a tiempo de… NO. De nada. ¡Pero era SU HERMANO! ¡Y SU CIUDAD! ¡SU CASA! ¡SUS PADRES! ¡SU OCÉANO! ¡SU VIDA! Tenía derecho a sentirse así. Se creía un enfermo agonizante que, a las puertas de la muerte y sabiéndose con los minutos contados, se daba cuenta del tiempo perdido, reprochándose a sí mismo todo aquello que nunca llegó a hacer…

En ese instante, Níobe entró en la habitación. No dijo nada. Claudia tampoco. A pesar de que no le había revelado su secreto, la buena mujer se imaginaba algo. Las pertenencias de Claudia amontonadas sobre el suelo no hicieron sino confirmar sus sospechas. Por una parte lo entendía, ¡claro que sí!, si no entendía ella a su niña, ¿quién lo iba a hacer? Pero aquello no implicaba que le gustase, que no le doliese. Sabía lo que estaba tramando, lo que aquello representaba, pero prefería no pensar en ello porque sabía que, si por un solo instante era débil y se detenía a reflexionar, no le permitiría marcharse.

Claudia sabía que Níobe se encontraba allí, detrás de ella, porque había oído el ruido de la puerta. No había sido capaz siquiera de darse la vuelta. Cuando reunió las fuerzas suficientes para ello, se giró lentamente apretando los puños a la altura de las caderas. Cuando por fin la tuvo ante sí, rompió a llorar y corrió hacia ella abrazándola, como si en el cuerpo de aquella mujer estuvieran condensados los espíritus de todas las personas que le importaban y a las que ya no volvería a ver nunca más…

***

Al día siguiente, una multitud de individuos se agolpaban formando una fila a la entrada del teatro. Faltaban aún unas cuantas horas para que diese comienzo la función, pero era tal la expectación que aquel estreno había provocado entre los habitantes de Baelo que, a pesar del frío de enero y de la fatiga por la espera, seguía llegando gente hasta las puertas del teatro cargada de provisiones tales como cojines y fruta, en previsión del largo rato que deberían permanecer sentados en los fríos e incómodos asientos de las gradas.

Como en cada ocasión, el teatro servía, más que para transmitir cultura o disfrutar del espectáculo, para reencuentros, cotilleos y rencillas entre sus asistentes. Los padres de Claudia, máximos representantes de la prosperidad de la ciudad, no podían ser menos. Claudio y Antonia, haciéndose esperar, demoraron su llegada al teatro y convirtieron ésta en un auténtico derroche de buenos modos y elegancia. Ataviados con algunas de sus mejores galas, aparecieron por allí como si fueran la “decencia” personificada. Eso sí, había un rastro de preocupación, o mejor dicho, de intriga en sus ojos. Con disimulo, echaban rápidas ojeadas a la multitud esperando encontrar entre ella a su hija, desaparecida desde aquella mañana. Suponían que estaría allí, porque hubiese sido el colmo que, precisamente ella, hubiera faltado a un acontecimiento tan importante, pero no entendían por qué no había acudido con ellos, como le correspondía. Seguramente estaría mezclándose con la plebe, pensó su madre.

En la undécima hora post meridiem se abrieron las puertas. Una avalancha de aficionados se abalanzó al interior, corriendo a ocupar sus puestos en las gradas, mientras que los más rezagados se hacían los remolones en el exterior, producido, sin duda, por la seguridad que ofrece el tener un asiento asignado permanentemente. De ese modo, los últimos en entrar eran siempre los ricos.

Durante casi una hora se sucedieron en el edificio las conversaciones entre amigos, las charlas de política, las risas los nervios y la venta de alimentos entre el público.

Detrás del escenario, una histérica Claudia daba los últimos retoques a su atuendo. Aunque por fuera aparentaba serenidad al lado de sus escandalosos compañeros, el nerviosismo que la atacaba interiormente era difícil de soportar. De hecho, si aquello no pasaba pronto, no creía que fuese capaz de aguantar mucho tiempo más. Se preguntaba si ya habrían llegado sus padres, si estaría todo preparado, si saldría bien… Sabía que se estaba arriesgando demasiado, pero ya no tenía nada que perder.

jueves, 26 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo VIII


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO VIII




Lo encontró sentado bajo uno de los arcos de entrada a la ciudad, arreglándose una sandalia. Estaba totalmente ensimismado en la tarea, vestido con su uniforme militar. La escasa túnica de color rojo bajo la armadura pronunciaba la anchura de su tórax. Cuando la vio, su rostro, o más bien su mirada, se transformó en preocupación. Miró a un lado y a otro apresuradamente y, tras comprobar que no corrían peligro de ser vistos, se fueron acercando el uno al otro. Coincidieron, como es lógico, en un punto intermedio.

Los dos estaban serios. Muy serios, A su alrededor, plebeyos y esclavos se desenvolvían en sus quehaceres con absoluta normalidad, sin prestar atención a la pareja. Al fin y al cabo, en aquella ciudad tan caótica todo el mundo tenía algo que hacer y no podían perder el tiempo en menudencias que no importaban nada. Todo quedaba en un segundo plano (por más que la madre de Claudia se empeñase en decir lo contrario).

-¿Se lo has dicho a alguien?- comenzó él.

-¡No! ¿Por quién me tomas?

-Lo siento, pero es que estoy muy nervioso. Tienes que perdonarme. No todos los días se prepara uno para una fuga.

-¡Ssssshhhhh! ¿No puedes hablar un poco más bajo?

-Sí, claro. ¿Por qué?

-¡Lucio!

-Disculpa.

-Estoy muerta de miedo.

-Yo también, mi Melpómene. Yo también.

-¿Qué vamos a hacer?

-Por lo pronto, esperar al día señalado. Procura tener todas tus cosas listas desde antes, nos conviene actuar con rapidez. Después… ya se verá.

-¡Baco, ¿qué va a ser de nosotros?!

-¿Te arrepientes?

-¡No! Eso nunca.

-Pues entonces reza para que todo salga bien.

-Descuida; lo haré.

-Pronto tendrás noticias mías. Según vea las cosas, te iré informando de los pasos que deberemos dar.

-Está bien.

-Y, sobre todo, permanece tranquila. Que nadie note nada extraño en tu comportamiento, ¿de acuerdo?

-¡Ja! Soy actor, ¿recuerdas?

-Je, je, je. Supongo que a veces aún se me olvida.

-Todo se va a desmoronar. Lo sabes, ¿no?

-Desgraciadamente, sí.

-Mi vida en el teatro… tu futuro en el ejército… todo se va a acabar.

-No pienses en eso ahora.

-Todo se va a acabar…

-Se terminaría de todos modos. No creo que a tu marido le hiciese mucha gracia verte sobre un escenario.

-No lo menciones, por favor.

-Lo siento.

-Más lo siento yo. Yo no puedo hacerte esto, Lucio…

-¿El qué?

-Permitir que abandones tu carrera de este modo. ¡Mírate! Pero si hasta para organizar nuestra huida…

-¡Ssssshhhhh!

-Perdón. Si hasta para… esto utilizas todas tus estrategias. Seguramente, en un par de años, ¡quién sabe adónde habrías podido llegar! Yo no tengo ningún derecho a pedirte que hagas ese sacrificio.

-No es ningún sacrificio, Claudia. El sacrificio sería permitir que te desposaras con semejante…

-…

-… entonces sí que se acabaría mi vida para siempre. Lo que me duele es pensar que tu gran actuación también va a ser la última.

-…

-¡Eh! No te pongas así. Al fin y al cabo, vamos a estar juntos, ¿no?

-Claro.

-Así me gusta, que sonrías.

-Todo va a salir bien, ¿verdad?

-Sí.

-Sí. Todo va a salir bien. Estoy segura.

-…

-Hasta mañana, entonces.

-Hasta mañana, Melpómene.

-¡¿Cuándo dejarás de llamarme así?!

-¡Ja, ja, ja!

jueves, 19 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo VII


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO VII



Transcurrieron los días en Baelo. Unos más lentos, otros a mayor velocidad… Poco a poco, el frío del invierno y la humedad del mar fueron instalándose en los más oscuros rincones de la ciudad. Entonces, como cada año, sus habitantes comenzaban a añorar aquellos vientos del sur procedentes de la Mauretania de los que tanto se quejaban durante el verano. ¡Qué contradictorios resultaban los seres humanos! Nunca se encontraban a gusto con nada, deseando siempre para sí justamente aquello que no podían conseguir. Aquel viento de la Mauretania venía a ser sólo una muestra de esas contradicciones, dejando cada verano recuerdos indelebles que ahora, en la plenitud del frío, volvían a resurgir, no se sabe si a modo de consuelo o más bien al contrario, como algo maravilloso e inalcanzable.

El brillo poderoso del sol, la calma del océano, la pulcritud del cielo y la costa y, sobre todo, el recuerdo de la sal adherida a la piel, una piel, a pesar del bronceado, reseca y tirante, desprendiendo calor y sufriendo la picazón del sol. En aquellas ocasiones, parecía como si el ruido de Baelo, la algarabía, los gritos, desaparecieran o, mejor dicho, menguaran, diluyéndose en las aguas cristalinas del Atlántico. Cerrando los ojos, uno podía sentir las conversaciones que flotaban a su alrededor como si en realidad estuvieran a muchos metros de distancia. Cerrando los ojos, se unían en un solo sonido las palabras de aquellos seres tan contradictorios, el rumor de aquellas aguas tan cristalinas y el graznido de las gaviotas que, con sus alas extendidas, rasgaban el sol.

Pero ahora no era verano, ni la sal se quedaba pegada a la piel, ni las gaviotas cortaban NADA. Porque era invierno y hacía frío, mucho frío. El tiempo pasaba y, de puntillas, habían llegado las Saturnales a todo el imperio. Todo se había sucedido sin ninguna novedad con respecto a otros años, casi de una forma rutinaria dentro de la alegría y el desorden típicos de esas fiestas. Ya los banquetes se habían celebrado, ya los esclavos habían usurpado el puesto de sus amos, ya los regalos se habían intercambiado. Las fiestas ya habían pasado, habían quedado atrás hasta el próximo ciclo. Jano, llamando a las puertas que él mismo protegía, se había traído consigo a Enero, y con él habían decidido venir también las lluvias, el frío y las ventiscas. Demonios, ellos no tenían la culpa de que Baelo estuviese enclavada en uno de los puntos más conflictivos climatológicamente de toda Europa, ¿por qué padecer entonces aquellas constantes ventoleras? Ya fuese invierno o verano, había algo allí que no cesaba: el viento. Cualquier día, tanto los edificios como sus ocupantes iban a salir volando, y ese día a nadie pillaría por sorpresa.

Desde que Enero había entrado, Claudia había intensificado sus horas de ensayo en casa de Fulvio, mientras que sus padres se esmeraban en los preparativos de su inminente matrimonio. Prácticamente no se hablaba de otra cosa en toda la ciudad. Las especulaciones en torno a su dote podían oírse por doquier.

Antonia, encantada con la próxima marcha de su hija, se afanaba en conseguirle el ajuar adecuado, así como las criadas más eficaces en el mercado. Cualquiera diría que aquella mujer que se pavoneaba ante las vecinas y ocupaba todo su tiempo en arreglar los asuntos referentes a la boda de su hija, era la misma que hasta hacía poco vivía encerrada en su casa quejándose continuamente de dolor de cabeza. De repente, todas sus jaquecas se habían esfumado. Había hecho venir a los mejores comerciantes de telas a su propia casa y, durante una tarde entera, estuvo desenmarañando rollos y tomando medidas, mientras su hija la miraba en silencio desde un rincón de la habitación.

Sin embargo, Antonia no podía dejar de preguntarse acerca del extraño comportamiento de su hija. Después de la escena que había organizado al recibir la noticia, abríase esperado que removiera cielo y tierra con tal de no desposarse. De hecho, su padre y ella ya estaban preparados para cualquier pataleta suya. Pero no había ocurrido así, sino todo lo contrario. Se había limitado a permanecer en silencio, sin una sonrisa, sin un gesto amable, siempre con cara de pocos amigos pero en silencio, al fin y al cabo. No protestaba cuando se mencionaba el tema, ni les había amenazado con cometer cualquier locura de ésas a las que ya estaban acostumbrados.

Claro que, si Antonia hubiese conocido a su hija un poco más, se habría parado a pensar que estaba tramando algo, pero esto no fue así. Creyó, porque en el fondo era lo que quería y le convenía, que Claudia había decidido sentar la cabeza de una vez y no darles más quebraderos de cabeza a su padre y a ella. Por todas estas razones, la conmoción ante lo que la joven les tenía preparado fue mayúscula.

***

Claudia descendió de la tarima y se apartó ligeramente para que sus compañeros pudieran acceder a ella. En el lado opuesto de la grisácea habitación, Fulvio daba órdenes al grupo de “mujeres” integrantes del coro. Ayudándose con el brazo derecho, les indicaba el modo de ejecución de la parte que les correspondía en ese momento, justo antes de que Celio y Julio, los actores encargados de dar vida a Teseo e Hipólito, irrumpieran en escena. Como siempre, sin faltar a su costumbre, Fulvio vocalizaba con precisión y abriendo mucho la boca, pero sin elevar lo más mínimo el tono de voz, como si en realidad todo aquello le importase un comino o no fuese con él. Claudia, por su parte, permaneció quieta justo debajo del escenario, con los brazos en jarras y sonriendo para infundir ánimos a sus compañeros. Ambos se mostraban encantados de tenerla actuando con ellos, o al menos eso le habían dicho. Especialmente porque, como solían bromear, no era muy divertido hablarle de amor a un barbudo con peluca, algo que los dos habían experimentado ya.

“Teseo: …Ella está muerta. ¿Crees que eso te va a salvar? Es lo que más te tiene en sus manos, ¡oh, tú, el más vil de los hombres! ¿Qué juramentos, qué palabras podrían ser más fuertes que ellas, para que tú pudieras escapar a la acusación?...”

Al otro lado de la plataforma de madera, Drusila sostenía una bandeja con bebidas para todos los componentes del grupo, bebidas de las que Fulvio ya había despachado casi la mitad. Claudia saludó a su amiga con un gesto de la cabeza y ésta le respondió poniendo los ojos en blanco y con una sonrisa resignada referida a su amo. Después, volvió la vista hacia Celio, que seguía recitando su parlamento como si nada.

“… Dirás que la odiabas y que la naturaleza del bastardo es hostil a los hijos legítimos. Ella ha hecho un mal negocio de su vida, según tú, si por odio hacia ti perdió lo más querido…”

-De acuerdo; ya es suficiente por hoy.- interrumpió Fulvio.- Muy bien los dos. De todas maneras, Julio, ten cuidado. Se te va la vista. No puedes estar escuchando a tu padre y mirar al techo. El próximo día procura venir más despejado. ¡Ah! Otra cosa, Claudia, escucha que esto tiene que ver contigo: He pensado que quizá resultara estético que, desde el suicidio hasta el final de la representación, el cadáver de Fedra podría permanecer en escena, a la vista de todos. ¿Qué os parece?

Claudia, quien no había necesitado que nadie requiriese su atención, bastante pendiente estaba ella ya de cada palabra que se pronunciaba en aquella habitación, hizo un gesto ambiguo, por lo que Fulvio, a modo de explicación, continuó:

-Sé que es un esfuerzo aún mayor el que te pido, y que tu situación será bastante incómoda, pero creo que es un planteamiento novedoso que podría resultar, ¿verdad? Por supuesto no te estoy pidiendo que estés todos esos minutos sin respirar, pero…- intentaba por todos los medios convencerla y para ellos recurría a cada argumento que se le venía a la cabeza. Ninguno de los tres lo había visto nunca así, tan falto de imposición, de… temple.

-Yo… bueno, creo que no soy el más apropiado para opinar sobre esto.- dijo Julio.- Al fin y al cabo, es Claudia la persona involucrada. Pero creo que es una buena idea.- añadió cuidadosamente, temeroso de que la “persona involucrada” no resultase de su misma opinión.

Ella, dudando, le miró directamente a los ojos como buscando un apoyo que la ayudase a tomar una decisión final, a sabiendas de que ya conocía su punto de vista y porque, en el fondo, ella opinaba igual. Era lo que quería. Adoraba los retos…

-Está bien.- dijo.

Fulvio y Julio respiraron aliviados, mientras Celio se encogía de hombros y decía:

-Haced lo que os parezca mejor. Yo sólo os dijo que no estoy de acuerdo con la idea de exponer a Claudia más de lo que sea estrictamente necesarios. Así, tiene más posibilidades de ser descubierta y, si eso ocurre, debemos prepararnos para lo peor.

Por un momento, todos habían creído que se iba a oponer por razones de orgullo herido. De hecho, en multitud de ocasiones, Claudia se sentía gravemente discriminada, no en el caso de Celio y Julio, pero sí en el de otros compañeros secundarios.

Afortunadamente no había sido así y a la muchacha incluso le dieron ganas de abrazar a su marido ficticio cuando se dio cuenta de lo mucho que se preocupaba por ella. A sus cuarenta años, Celio suponía para ella, en ocasiones, más de lo que su padre (y eso que lo quería, y mucho) podía llegar a suponer.

Además, que la descubrieran era algo que no le preocupaba en absoluto. También a ellos les tenía reservada una sorpresa. Una sorpresa que, junto a la que les tenía preparada a sus padres, sólo Lucio conocía.

jueves, 12 de marzo de 2020

CLAUDIA - Capítulo VI


Nota: te advierto que en el texto que estás a punto de leer hay errores tanto de estilo como ortotipográficos. Si quieres saber por qué, te recomiendo leer la entrada «Nota de la autora (la más difícil que he escrito nunca)». Si no te apetece, te la resumo: este texto está sin editar. Como una canción sin arreglos o una película que aún no ha pasado por posproducción. Escribí esta historia a los diecisiete años, y aunque podría corregirla ahora, he preferido no hacerlo para conservar su esencia. Si fueses pintor, ¿retocarías aquel dibujo que hiciste con cinco años, y que tu madre colgó en la puerta de la nevera? Probablemente no, porque ese dibujo es lo que te ha llevado hasta donde estás ahora. Fue el inicio de tu carrera, y es un recuerdo que quieres conservar. Lo mismo me ocurre a mí con Claudia, a pesar del pudor tan ENORME que me produce enseñártela así como está, en bruto.

Otra nota: la imagen que acompaña a esta entrada no es mía (ya me gustaría a mí tener semejante talento). Pertenece a Eduardo Barragán. Si no lo conoces, tiene un blog superinteresante, que te recomiendo visitar, en el que recrea con todo lujo de detalles la huella romana en el sur de la península ibérica, incluyendo Baelo Claudia. 

Y ahora sí, por fin, aquí está el capítulo de esta semana. Recuerda que cada jueves podrás leer una nueva entrega en este blog. ¡Espero que te guste! ;-)


CAPÍTULO VI



Se acercó a las termas a primera hora de la tarde, sintiendo el resplandor del sol en sus cabellos, algo que le producía dolor de cabeza. Aquel clima era aún más variable que su estado de ánimo en los últimos tiempos. Tan sólo quedaban ocho días para las calendas de enero y ahora resultaba que al sol le apetecía volver a lucir sus encantos aunque no viniera a cuento. Sin embargo, los continuos graznidos de gaviotas en la costa parecían anunciar el retorno del frío, ese frío húmedo que recorría las piedras y las pieles de Baelo sin intención de marcharse (¿qué creíais? ¿que me había ido?) y que se introducía por todas las rendijas hasta lo más hondo de cada uno, hasta el alma, sin que nada ni nadie pudiesen hacer gran cosa por sacárselo de dentro.

El día anterior, Claudia había abandonado la casa de Fulvio en medio de una especie de neblina etérea. Sus compañeros (¡¡sus compañeros!!) se habían visto obligados a sujetarla al recibir la noticia pues, ¡ay!, por Baco, casi se cae del susto. Mientras salía, sola, creyó distinguir la figura de Drusila a lo lejos, pero ni siquiera se acercó a saludarla.

Fedra. Fedra. ¡¡¡Fedra, Fedra, Fedra, Fedra!!! Aún no lo podía creer. Luego, al llegar a casa, Níobe le había transmitido un recado de parte de Lucio, con quien se había encontrado en el mercado. La buena mujer se inquietaba sólo con pensar en lo que podría ocurrirle si era descubierta en semejantes asuntos, pero Claudia sabía que, en el fondo fondo, en el mismo lugar donde se ocultaba el frío, a Níobe le encantaba su nuevo papel de alcahueta. “Esta tarde en las termas”. Muy bien, gracias, Níobe.

Ahora, mientras se acercaba al lugar señalado, pensaba, incluso con el dolor de cabeza que arrastraba, en cómo le daría las buenas noticias a Lucio. ¡Lo contento que se iba a poner al enterarse de todo! Así podría animarlo un poco porque, hacía dos noches, cuando entró en su habitación por la ventana, la noticia de su próximo matrimonio le había traspasado el hígado, aunque ambos la esperaban. Tendrían que aprovechar el tiempo que les quedaba.

Cuando por fin llegó a la entrada, se resguardó de los dañinos rayos de sol en el pórtico, acostumbrándose sus ojos a las sombras durante unos instantes. Después, cruzó el umbral y fue recibida, entre un ambiente de relajación y placer, por una mujer detrás de un atril. Ya se conocían, se habían visto antes, así que la estatua no opuso resistencia desde detrás del atril y Claudia pasó de largo. Siguió caminando por el pasillo, todo recto, en dirección al apoditerium. Hasta ella llegaban los vapores de la sauna, los olores de los perfumes y aceites, las charlas animadas y los grititos de diversión. Justo al final, prácticamente se chocó con la puerta de los vestuarios. Allí se despojó de todo cuanto llevaba encima, de todo excepto de la diadema que se había anudado en la frente para sujetar sus rizos. Desnuda, tomó una toalla y, dejándose guiar por el calor, llegó hasta el caldarium, donde se sumergió l-e-n-t-a-m-e-n-t-e en la piscina, sintiendo el agua caliente envolviéndola de la punta de los pies a los hombros.

Cerró los ojos y dio unos pequeños pasos a lo largo del estanque, mientras las puntas de sus cabellos se pegaban a su espalda. No había muchos bañistas ese día en la zona de agua caliente, sólo dos más y otra chica que se marchaba cuando ella llegó. Seguramente el calor exterior había animado a muchas a empezar por los baños fríos. Ignoraba qué haría Lucio para encontrarse con ella, pero supuso que ya habría pensado en algo. Tenían suerte de que las termas fueran mixtas, porque si no… A sus oídos habían llegado rumores verdaderamente escalofriantes (¡¡ssshhhhh!!): en la mayoría de las terminas del Imperio, los hombres y las mujeres se bañaban por separado, ¡e incluso en algunas a horas diferentes! Pero bueno, ellos no tenían ese problema. Mientras Baelo siguiera siendo tan pequeño, no construirían otras termas de mayores dimensiones, por lo que tendrían que continuar apiñándose (hombres y mujeres) a la hora del baño.

Ahora, sin embargo, no quería pensar. Ni en eso ni en nada. Los nervios y la angustia a los que había estado sometida durante los últimos días le habían agotado el cerebro de tal modo que necesitaba relajarse un poco. Una esclava se acercó por detrás ofreciéndole sus servicios, que ella aceptó gustosamente. Salió del agua y siguió los pasos de la masajista hasta que llegaron a una reducida sala abovedada y con pinturas en las paredes. Como único mobiliario, una camilla alargada ocupando prácticamente todo el espacio central. Claudia se tumbó boca abajo sobre ella y, sin decir palabra, la esclava comenzó su trabajo con parsimonia. Primero sintió una crema viscosa que, frente al calor que ella misma desprendía le produjo un escalofrío. Una mano, luego otra, dos manos se apoyaron en su espalda y procedieron a extender aquel ungüento por su piel desnuda. El agua caliente había hecho que sus poros se dilatasen y, así, la mezcla penetraba más fácilmente hacia el interior. Las manos continuaron su tarea. El siguiente paso fue añadir al inerte cuerpo de Claudia otro ungüento más. Éste no profundizó tanto como el anterior así que su piel quedó cubierta por una gruesa capa de aceite brillante y pegajoso. Sobre ésta, la masajista se encargó de aplicar otra capa más fina de arena, la cual se adhirió instantáneamente a la pomada inferior. Después, durante un rato, restregó la mezcla sobre la piel de Claudia con la única ayuda de sus manos y, para finalizar, cuando su cliente estaba a punto de quedarse dormida, cogió el strigilis y con él fue rasurando toda la mixtura hasta desprenderla por completo. Los escasos restos que lograron escapar del paso de aquel instrumento fueron eliminados también con un paño.

Claudia se levantó adormilada y observó sus brazos, que ahora presentaban unas rayas de colores a causa de la irritación producida por el strigilis. Agarró una toalla con su mano derecha y salió de la habitación, donde permanecía la esclava recogiendo todos los enseres que había empleado en esta ocasión. Con una energía renovada, se dirigió con la toalla inmaculada alrededor de su cuerpo, hacia la piscina descubierta. Las llamadas de atención del vendedor de salchichas, que momentos antes le habían llegado mitigadas por tabiques y puertas, se escuchaban ahora, ya sin obstáculos, por todo el recinto. Poco a poco, el ambiente fue perdiendo densidad y comprendió la proximidad de su destino. Con una energía renovada, aceleró el paso hasta llegar a un lugar al aire libre donde se aglomeraban la mayoría de visitantes esa tarde, bien en el estanque, descansando o braceando, bien bajo los pórticos, paseando o charlando. La mayor parte de los presentes eran hombres, pero ninguno pareció fijarse en la presencia de una joven detenida bajo el dintel de la puerta.

Cuando ésta localizó lo que buscaba con sus ojos inquisidores, se apresuró a ocultarse tras una columna de estilo corintio. Asomó su cabeza por uno de los laterales y lo miró. Lucio se hallaba dentro de la piscina, sentado sobre uno de los escalones que servían tanto para entrar como para salir de ella, y apoyaba los brazos sobre el bordillo de piedra. Alguien se encontraba a su lado charlando despreocupadamente, pero él tenía un cierto aire aburrido y dirigía su mirada hacia el cielo. Claudia sonrió mientras un mechón de su flequillo se desprendía sobre su frente. El agua los había unido y ahora el agua se encargaba de reunirlos de nuevo. Estaban predestinados a vivir siempre cerca del agua, como si de una dependencia se tratase. Le hubiese encantado despojarse de su toalla allí mismo y meterse en la piscina con él, pero sabía muy bien que, si hacía eso, podía dar por acabada toda su vida social. Así que esperó, no le quedaba más remedio.

Sin embargo, no tuvo que aguantar mucho tiempo. Instantes después, Lucio bajó la vista e inmediatamente la descubrió, observándolo risueña entre la gente. Le devolvió la ¿sonrisa? Con todas las personas que allí había, no podía permitirse mucho más. Con ciertos reparos, alzó la mano y, disimuladamente le hizo un gesto que ella comprendió sin problemas. El apoditerio. El vestuario. Muy bien. Pues allá se fue.

Nada más llegar, se sentó en un estrecho banco corrido a esperar a Lucio, que no tardó en llegar. En cuanto descorrió la cortina, unos brazos bronceados se lanzaron a su cuello.

-Les he encerrado. He atrancado todas las puertas a mi pado y les he encerrado. No podrán salir en un buen rato.- confesó debatiéndose entre la culpabilidad y la diversión mientras se tapaba la boca con una mano.

-¡Estás loco!- dijo ella, pero él ya no le oía. Había comenzado a besarla, a acariciarle los hombros, a arrancarle la toalla…- ¿Vendrás esta noche a mi cuarto?

-Haré todo lo posible.- le oyó murmurar con la cabeza hundida en su cuello.

-Tengo algo muy importante que contarte.- dijo Claudia mientras le abrazaba con fuerza y sonreía.

***

“Se cuece un pollo en garum, aceite y vino…” ¿Sí? Pues para adentro que se iba el pollo. “… se le añade una ramita de cilantro…” Oh, oh… cilantro…cilantro… ¿sería aquello que estaba en aquel frasquito de allí? Sería. Bueno, paso siguiente: “… y cebolla.” ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¿Y empezar a llorar otra vez? No, no, no, de eso que se encargue Níobe. Ya está. Se acabó.

Claudia se aburría. Se aburría como una ostra de ésas que se pescaban en el Cantábrico, por eso había decidido bajar a la cocina a INTENTAR ayudar a Níobe a preparar el pollo con hojaldre y leche para la cena, aunque no tenía ni idea de cocinar, claro está. Una “jovencita de buena familia como ella” no tenía por qué rebajarse a realizar semejantes tareas. Para eso ya estaban los esclavos. ¡Si su madre la viera ahora, seguro que la sacaba de allí a base de chillidos…! En realidad, tampoco a ella le interesaba demasiado todo aquello, pero necesitaba mantener la mente ocupada unas cuantas horas mientras esperaba a ver si Lucio llegaba o no.

-Níobe…- se acercó zalamera a su espalda.- Ya no sé continuar. ¿Por qué no lo haces tú?

-Ya me parecía a mí, niña, que no serías capaz! ¡A saber lo que has hecho! Y si llega a entrar la señora…

-¡Ay, Níobe, no seas así! Pues para que veas que sí soy capaz de preparar un estúpido pollo, voy a continuar yo.

-¡Santa Juno, que el cielo nos ampare!

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Por la cebolla. Bueno, qué le iba a hacer… Comenzó a partir una cebolla y no había llegado ni a la tercera capa cuando dos gruesos lagrimones asomaban ya a sus párpados. “Cuando esté cocido, se retira de su propia salsa…” ¡Uf, qué difícil! En fin.

-¡Niña! ¡¿Pero qué estás haciendo?!

-Pues lo que dice aquí, Níobe: retirar el pollo de su propia salsa una vez está cocido…

-¡Pero se saca el pollo, niña, no se tira la salsa! Anda, vete, vete… Lo que una tiene que aguantar a sus años…

Y expulsó a Claudia de la cocina con un par de palmaditas cariñosas. Ésta, riendo, se dirigió a su dormitorio. Sí, bueno, no sabía preparar un pollo, ¿y qué? Al fin y al cabo, ésa era tarea de los esclavos, no suya. Si le había pedido a la criada que le permitiera ayudar en las labores de la cocina era porque quería mantener su mente ocupada durante un buen rato, hasta que llegara Lucio. Estaba tan nerviosa por todo lo que le estaba pasando que tenía miedo de que se le notara. Había hojeado una y mil veces el pergamino que le había dado Fulvio, repasando cada párrafo una y otra vez, dejando desfilar las palabras por su mente, sonriendo casi sin darse cuenta cada vez que pensaba en lo que aquello suponía, en la suerte que había tenido. Se había hecho el propósito (hasta el momento fútil) de tranquilizarse un poco y tomarse las cosas con calma, llegando incluso a guardar el texto bajo el colchón. Pero la tentación era demasiado sublime…

¡Ves! Por eso había querido evadirse y se había plantado en la cocina con la sana intención de preparar algo sin que su familia se pasase luego cuatro días indispuesta. Sin embargo, no podía dejar de pensar en aquella fortuna que le había caído del cielo. Mientras permanecía en la casa, el estar apartada de Fedra se convertía en una tortura. Imaginar que ella con su voz, su cuerpo y la transformación de su alma podría hacer que volviese de nuevo a la vida era algo demasiado bonito, demasiado grande como para intentar olvidarlo tan fácilmente. Y ahora, en su habitación, teniéndola tan cerca, esta tortura se convertía en una presión en las sienes casi insoportable.

¿Y si lo mirase una vez más? Aunque sólo fuese para comprobar que se había aprendido bien el papel y no cometía errores… (Vamos, Claudia, conoces el papel de memoria, de principio a fin, desde el mismo día en que Fulvio te lo entregó). Ya, pero es que… Y esa esquinita de papel amarillento sobresaliendo por entre la tela no ayudaba mucho… Rápidamente, con un gesto limpio y cortante, como temiendo ser descubierta cometiendo un robo, arrancó las hojas de debajo de la cama y, alisando ligeramente los pliegos, se los acercó a la vista y comenzó a leer con voracidad.

Poco a poco, una sonrisa se iba extendiendo por su rostro y, más sosegada, fue separando las hojas de sus ojos hasta depositarlas sobre el lecho. Mientras trenzaba sus cabellos, continuó leyendo.

                “Fedra: ¿Qué es eso que los hombres llaman amor?
                Nodriza: Algo agradable y doloroso al mismo tiempo, niña.
                Fedra: Podría decir que yo he experimentado el lado doloroso.
                Nodriza: ¿Qué dices? ¿Estás enamorada, hija mía? ¿De quién?”

Claudia se recostó sobre un diván y, apoyándose sobre el costado, dejó las hojas a su lado, sobre el tapizado, para proseguir la lectura.

                “Fedra: Del hijo de la Amazona, quienquiera que sea.
                Nodriza: ¿Te refieres a Hipólito?
                Fedra: De tus labios has oído su nombre, no de los míos."

De repente, algo golpeó, aunque sin mucha fuerza, el alabastro de la ventana.