jueves 5 de noviembre de 2009

Entre el crimen y el beso


La Reina Negra desespera en comisaría, preguntándose por qué nunca soñó, como las demás, con un rescate a lomos del Caballo Blanco. Su marido lloriquea junto a ella; la nena pasará cien años en coma tras engullir el licor de manzana envenenado que quedaba en el mueble-bar. Los enanos deben cuatro meses de alquiler y ya no queda ni para la fianza.


El comisario, con arnés y bigotito, toma declaración a la Dama de Tréboles. La ventanilla se ahúma cada vez que la señora da una calada al cigarro y exhala siglos de mala suerte por los orificios nasales. No fue ella quien apuñaló al mayordomo asesino. Fue un error del Siete de Espadas. Además, él se lo buscó.


Las baratijas del Rey Blanco tintinean en su pecho mientras Campanilla anuncia su llegada. Viene arrastrando al Principito, enfurruñado porque los mayores no le dejan jugar. Amenaza con arrancar los pétalos de su Rosa, sabiendo que, si lo hace, la Bestia irá a la silla eléctrica. El Tres de Diamantes guiña un ojo, pero el monarca disimula. En Nunca Jamás, los gigolós de los bajos fondos no dan buena reputación.


Los peones se amontonan en celdas de polvo y desconsuelo. El reloj que cierto forense recuperó del estómago de un cocodrilo marca la medianoche, pero allí nadie descansa. No mientras el Rey de Copas siga arrastrando su cáliz entre los barrotes, sediento de ambrosía. Ni tampoco mientras la Ratita Presumida se ocupe de devolver el brillo al suelo ajedrezado. Ni mucho menos mientras la Reina de Corazones se empeñe en contemplar en su espejito de mano, fascinada, la cicatriz que un leñador, despechado por una pequeña encapuchada, dejó en su cuello.


Dicen que una niña rubia la observa del otro lado. Eso, no me lo creo.



© Érika Gael

jueves 29 de octubre de 2009

La voz de mi conciencia


La voz de mi conciencia nació en el Peloponeso, un sitio muy cuco que viene a quedar saliendo de Bilbao en dirección a Santurce. Sin embargo, es difícil que la veas con la falda arremangada y luciendo la pantorrilla, ya que tiende a esconder la verdadera naturaleza de su alma bajo chispeantes dosis de acidez y cinismo.


Tiene tendencia al estrés, como yo, a la ponzoña verbal, como yo, al pesimismo innato, como todo el mundo, y también a estados carenciales de motivación y confianza. Es una voz refunfuñona, peleona, insistente, dubitativa y viperina, pero es la mejor voz que te puedes encontrar si quieres dedicarte a la cosa ésta que se llama literatura (me acabo de dar cuenta de que rima con basura).


Mi voz me dice exactamente en qué momento tengo que dejar de lloriquear y ponerme las pilas. Nunca me cuenta lo que quiero oír (bueno, sí a veces), pero es mi principal contenedor de autoestima industrial cuando las cosas salen mal. No es que tenga criterio, es que ella en sí misma es un auténtico X+Z=Y, de esos que no tienen precio por lo escasos que son. Es franca, original, divertida, generosa, sensible y… ¿en cuántas ocasiones me ha ayudado a salir del bache? No puedo contarlas. No termino hoy.


Así es la voz de mi conciencia. Con sus defectos y virtudes (especialmente defectos, heredados todos de una abuela algo cascarrabias), pero no sé cómo sería capaz de llevar todo esto sin ella.

lunes 26 de octubre de 2009

O paras o te paro yo


Sí, soy yo. Deja de hacerte la distraída y préstame atención. Ya sé que una conductista radical declarada como tú no cree en mentalismos estúpidos, pero deberías saber que existo. Estoy aquí. Tu cuerpo no es una máquina, Érika. No busques engranajes mecanicistas.


No los vas a encontrar.


A veces, no todo en la vida se reduce a un simple esquema. A veces el estímulo no va seguido de nada. A veces la respuesta se produce de forma espontánea. A veces no podemos controlar lo que nos pasa, es cierto, pero otras muchas sí. Dices que llevas 24 años oyendo la misma canción de responsabilidades, expectativas y autoexigencias en tu cabeza.


Pues no sabes lo que es SER tu cabeza. El martilleo ya no me deja dormir.


Te lo ha dicho el médico. Sí, sí, ya sé que huyes de la medicina con el mismo pavor con que te alejas de las teorías de Bandura, pero hoy te ha gritado la realidad a la cara y creo que, por una vez (y sin que sirva de precedente, claro), deberías hacerle caso.


Tu cero negativo está perfecta. Tu tensión está baja, como siempre, pero eso no debería pillarte por sorpresa.


Es tu alma la que no puede más.


Soy tu cuerpo, Érika. Acuérdate de mi existencia de vez en cuando. Las cargas que tú te impones pesan en mi espalda. Es mi estómago el que se revuelve con cada nueva crisis de estrés tuya. Son mis sienes las que palpitan cuando tus retinas dicen basta.


Estoy aquí, Érika. Estoy al límite. O te paras tú o te paro yo. Y, créeme, no te va a gustar.

lunes 19 de octubre de 2009

Todo muro tiene un contrafuerte

-Estoy bloqueada, Nico. Muy bloqueada. Tengo miedo de no volver a sentir la misma fascinación al escribir que antes, cuando me quemaban los dedos y el alma por hacerlo. Miedo de no volver a apasionarme como solía.

-¿Crees que si ya no te apasionara estarías así?

-Me siento mediocre. Es como si nada pudiera volver a llenarme igual. Como si nada de lo que hiciera a partir de ahora pudiera estar a la altura de Mardi Gras.

-Una vez me dijiste que en Noche de Mardi Gras habías puesto toda tu alma. Todo lo que fuiste y serás. Si tu alma está ahí, ya no puedes disponer de ella a tu antojo. No trates de copiarte a ti misma. Tan sólo disfruta.



Nunca he sido una gran devota de la arquitectura románica, pero tengo que reconocerles a los del medievo su mérito al imaginar que, si adosaban a las paredes de piedra un elemento compuesto del mismo material, de tal forma que se engrosara su tamaño y se repartiera el peso de la bóveda de forma más equitativa, la resistencia de los edificios aumentaba.

Así nacían los contrafuertes.

En los últimos tiempos, yo me he sentido como un muro. Uno de esos antiguos y desvencijados muros cubiertos de moho y que sufría a escondidas el mal de la piedra. Mi aguante, ése del que decían que resultaba asombroso, estaba alcanzando sus propios límites. Hasta las más imponentes catedrales tienen que asumir los golpes y la erosión que las peores ventiscas azotan en ellas.

Mi muro, por decirlo de algún modo, no sólo estaba a punto de derrumbarse, sino que, además, estaba tan debilitado que amenazaba con afectar a los muros laterales, a las capillas, los retablos. Desafiaba con la destrucción absoluta.

Hasta que llegó algún sabio, lo vio, y le hizo el boca a boca.

Ahora mi muro tiene contrafuertes, y se eleva hacia las nubes con ganas de demostrarle al cielo, al infierno y a la tierra, todas las cosas que aún le quedan por decir. Con la ilusión de demostrar cuánto vale y, sobre todo, de saber que hay más piedrecitas labradas sosteniéndole y deseando escucharlas.

El primer contrafuerte lo construyeron hace una semana, con las palabras que figuran arriba del todo. El segundo terminó de erigirse ayer, gracias a otra persona y otras palabras que lograron que parte de mi confianza rota resurgiera de sus cenizas.

Hace tiempo dije yo que me dolían las alas de cargar con ellas. Hoy, sólo puedo decir GRACIAS a las personas que me ayudan a sobrellevar su peso.

jueves 8 de octubre de 2009

Claudia

El polvo lo cubre todo. Baelo es una ciudad muerta. Y, sin embargo, el cielo permanece azul, y el sol sigue brillando en lo más alto los días de calor, y las olas del océano -su océano- continúan estrellándose ruidosamente contra la orilla...

Tenía 17 años cuando escribí Claudia. Han cambiado muchas cosas, incluso -particularmente- yo misma lo hice. Tantas, que a veces ni siquiera reconozco, si me detengo a leer entre líneas, a la adolescente ingenua y dispuesta a comerse el mundo que escribió esas palabras en el epílogo de su primera novela.

Pero era yo. Sigo siendo yo. Aunque trate de ocultarlo, sigo siendo esa adolescente ingenua. Y sigo dispuesta a comerme el mundo. Letra a letra.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Milgram


A comienzos de los 60, el psicólogo norteamericano Stanley Milgram llevó a cabo una serie de experimentos en la Universidad de Yale con los que pretendía demostrar si la obediencia a la autoridad bastaba para lograr que alguien cometiese asesinato. Para ello, reclutó a más de 1000 sujetos a través de las páginas de un periódico, a los que citó como conejillos de indias de un estudio cuyo fin desconocían.


Cuando llegaban al laboratorio, los sujetos, de forma individual, eran trasladados a una pequeña habitación donde sólo había una silla, un panel de descargas eléctricas y un "colaborador" en la investigación que vestía bata blanca. Los cables eléctricos estaban conectados a un sujeto cómplice al otro lado de la pared.


La supuesta tarea se desarrollaba así: el experimentador leía pares de palabras que su cómplice debía memorizar y repetir correctamente. En caso de fallar, el sujeto evaluado debía proceder, bajo órdenes estrictas de su "colaborador" de bata blanca, a proporcionar una descarga eléctrica de mayor intensidad cada vez, hasta un máximo de 450 voltios. El cómplice estaba entrenado para protestar a partir de los 120 voltios, aullar de dolor y suplicar clemencia a los 180 y guardar silencio agónico (muerte fingida) a partir de los 300.


Milgram pensaba que TODOS los sujetos abandonarían la tarea a la primera, independientemente de las órdenes que se les dieran.


El 63% de los examinados llegó hasta el final.


Hace cuatro años entré en una facultad en la que, por no saber, no sabía ni dónde estaba la máquina del café. Nunca, en veinte años, me había planteado estudiar Psicología, hasta que seis meses antes mi vida cambió y cambió también el rumbo de mi vocación. El primer día de clase no entendía nada. El segundo, aún no tenía claro por qué estaba allí. El tercero, llegó Milgram.


Y entonces tuve claro que los caprichos del destino son inescrutables, y que me había elegido a mí por alguna razón.


Ahora empieza la cuenta atrás. Estoy en quinto y pronto la facultad será sólo un recuerdo. El recuerdo de cinco años de vértigo que me han convertido en lo que soy.

domingo 20 de septiembre de 2009

Otros pasos

De nuevo mis pasos me alejan de aquí. Prometo volver limpia de erupciones volcánicas una vez más.

Primero fue Carlota la que hizo las maletas y vivió la mayor aventura de su vida durante su viaje de fin de carrera. Ahora le toca a su creadora.

Nos encontraremos de nuevo dentro de unos días, con fotos, cansancio, vivencias y un montón de anécdotas que contar. Y, ¿quién sabe? Tal vez también con alguna que otra idea reveladora en mi cabecita...

Un beso.


martes 15 de septiembre de 2009

Fue por unas bragas


—Todo empezó por unas bragas.


—¿Unas bragas?


—Sí, te lo juro. Todo fue culpa de unas bragas.


—¿Me estás diciendo que te has vuelto una devoradora de hombres por culpa de unas bragas?


—Shhh. ¡Baja la voz! No me he vuelto una devoradora de hombres. Es sólo que… Bueno, que ahora me como más roscos que antes.


—No. Es que ahora te comes alguno, criatura. Es una diferencia sutil pero importante.


—Bueno, como tú digas. ¿Quieres oír la historia o no?


—Por supuesto.


—Pues eso. ¿Cuánto hacía que no estaba con nadie? ¿Un año? ¿Más?


—Casi dos, cariño. Casi dos laaaaargos años.


—Dos, tú lo has dicho. Y no pongas esa cara que tampoco estaba tan insoportable.


—Si tú lo dices…


—¿Sigo?


—Sigue.


—Llevaba dos años sin comerme un colín, a excepción de aquel affaire de madrugada que ni siquiera recordaba a la mañana siguiente. Por un lado no me preocupaba mucho. Todo el mundo tiene derecho a lamerse las heridas el tiempo que haga falta, ¿no? Pero por otro… Tú sabes cómo me sentía. Como si fuera un cervatillo invisible en mitad de la vía y los trenes me arrollaran sin provocarme dolor. Como si necesitara que alguien hiciera el cambio de agujas, me rescatase a hombros y me pusiese una tirita en el corazón. Y entonces aparecieron esas bragas.


—Esto se pone interesante.


—Lo es. Hacía mucho calor aquel día. Julio arremetía contra los bañistas como un siroco sin tregua y yo no estaba de ánimos para luchar contra el salitre ni los sofocos. Así que me fui al centro comercial; nada mejor que un lugar amplio, sombrío y con buen aire acondicionado para pasar la tarde. Y allí, en una tienda de saldos, encontré las bragas.


—¿Y cómo eran? Porque ya me tienes en ascuas con todo el asunto de las bragas…


—Son unas bragas de esas que en los desfiles de moda se llaman lencería fina pero que entre amigas son consideradas bragas de golfa. Estaban rebajadas, en el revoltijo del cajón de los stocks, y yo las acaricié casi sin darme cuenta. Eran tan… especiales. Me quedé embobada contemplándolas. Eran las típicas bragas que te encantaría que alguien te viera puestas para dejarlo petrificado en el sitio.


—Sí, sí, ya sé a qué bragas te refieres…


—Las sostuve entre mis manos. Eran de mi talla. De mi color. De mi tela. Eran perfectas para mí. Había visto bragas así muchas veces antes, pero siempre me había asaltado esa punzada de tristeza al tocarlas. La de pensar que él ya no me las vería puestas nunca más. O que, en las condiciones actuales, no debería estar pensando en algo tan lejano e improbable como que alguien se quedara sin habla por mis bragas. Sin embargo, esta vez fue diferente.


—No puedo con tanta intriga. ¿Por qué fue diferente? ¡Vamos, habla!


—Porque mientras acariciaba la seda transparente, por primera vez en todo este tiempo (¿dos años dijiste? ¡Wow! Dos años), no fue su imagen la que me golpeó y me dejó hecha polvo. Ni siquiera la incertidumbre de no saber si alguna vez volvería a tener la oportunidad de parecerle sexy a alguien. Tan sólo tuve el firme convencimiento de que así sería. Que la persona adecuada aparecería en el momento oportuno. Que se quedaría patidifuso al verme en ropa interior. Y, sobre todo, que ese alguien ya no sería él. Tenía todo mi futuro pasando ante mis ojos, aferrada a las bragas del cajón de los saldos, y en ese futuro yo no estaba sola, como ahora, ni tampoco con él, como antes. Estaba como quería estar. En la mejor compañía.


—Dios mío, voy a llorar…


—En ese momento, me di cuenta de que lo había superado. Y ahora… Bueno, el resto de la historia ya la sabes.


—Sí. Te convertiste en una devoradora de hombres.


—¡No! ¡No soy una devoradora de hombres! Tan sólo una mujer dispuesta a rehacer su vida. Lo ves? Fueron las bragas. Ellas me cambiaron.


—…


—¿No dices nada?


—No. Sólo pensaba.


—¿En qué?


—En que a lo mejor no fueron las bragas las que te cambiaron. A lo mejor fuiste tú la que cambió sin darse cuenta. Tu sonrisa. El brillo de tus ojos. El brío de tu pelo. Quizá fue por eso por lo que decidiste comprarte esas bragas que habías ojeado mil veces sin atreverte a más. Tú eres la distinta. No tu ropa. Es de ti de donde procede la fuerza.

jueves 10 de septiembre de 2009

Reptiles

Primero fui la serpiente que se comió un elefante, pero todo el mundo me confundió con un sombrero. No le di mucha importancia.

Después, una retorcida culebra que se enredaba entre los cabellos de la Medusa. Creo que ahí empezó realmente lo gordo.

A continuación, me pusieron unos tacones y un poco de sombra de ojos. Ya era la víbora. Me olvidé de todo lo demás.

¿Y ahora? ¿Quién soy ahora? Tengo a mis espaldas a la serpiente, a la culebra y la víbora, pero, en cuanto a identidad, aún no tengo claro cómo definirme. Sólo sé que tengo personalidad de arte y cerebro de ciencia, cara de ángel y cuerpo de demonio, gestos de princesa y lenguaje de marinero.

¿Qué soy yo?

lunes 7 de septiembre de 2009

Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden




Estoy harta de tener que salir en defensa de un género (MI género) sólo por el hecho de ser feliz formando parte de él. Nadie debería nunca tener que dar tantos argumentos acerca de sus preferencias como nos vemos obligadas, casi a diario, a hacerlo nosotras, pero sirva este post para dejar constancia de mis sentimientos al respecto una vez más:




A todos aquellos que critican la novela romántica en este país, blandiendo el socorrido estandarte de la denigración y la libertad, les pregunto cómo es posible que un género denigre si lo que consigue es que las mujeres lean MÁS, que su creatividad y su imaginación se desarrollen o potencien MÁS, que se muevan MÁS.




La novela romántica no anula a las mujeres, a no ser que entendamos por anulación el devorar libros con ansiedad, el aprendizaje de las nuevas tecnologías y lo que estas pueden ofrecernos, la búsqueda de otras personas, el contacto cara a cara o vía foro, vía chats, vía Facebook, con gente con la que se comparte una afición. No entiendo cómo puede considerarse denigrante ver a las mujeres ocupar ese tiempo libre que tan escaso es al final del día y que tan merecido se lo tienen, en leer un libro, hable éste de lo que hable.




Las mujeres que leen (que leemos) romántica, buscamos información, compartimos opiniones, sopesamos críticas, creamos nuestras propias historias, nos sentimos identificadas con los sentimientos ajenos, conocemos un pedacito de la Historia, abrimos nuestra mente a nuevos mundos, nuevos universos. Hablamos, reímos, gritamos, babeamos, incluso tratamos de mejorar nuestro inglés para poder disfrutar de esas novelas que nunca llegan a las librerías españolas. Soñamos despiertas; dormimos, quizá, un poco más tranquilas. Aprovechamos las ventajas de la evasión y recuperamos fuerzas para seguir en el día a día.




Las mujeres que leemos romántica no sólo leemos. Vivimos la romántica. Y eso, sólo puede hacernos crecer, nunca denigrarnos, eclipsarnos ni ningunearnos.




Estoy harta de tener que salir en defensa del amor. Ahora, sólo quiero vivirlo.