jueves 17 de diciembre de 2009

The cat´s alive, Brick


Todo se reduce a un click.




Un click que, sin embargo, no llega, ¿eh, Maggie?




No llega.




¿Y mientras tanto?




Mientras tanto la asfixia.




Sigue asfixiándote, pudriéndote, rebajándote, anulándote.




Sigue quemándote en tu estúpido tejado.




La luna está llena. Y tú estás vacía.




¿Costó, eh? Pero al fin la viste. Entera. Redonda. De verdad.




Ya lo decía tu gran amigo Tennessee: Ha salido la luna y está pálida, un poco amarilla...








viernes 11 de diciembre de 2009

Entrevista en el blog de Nieves Hidalgo

Hace poco más de un año, una mujer de la que yo sólo conocía el nombre que figuraba en la portada de un libro, me daba las gracias a través de mi blog por la crítica que realicé sobre su novela "Lo que dure la eternidad". Hoy, soy yo quien tiene que agradecerle a ella la oportunidad maravillosa que me ha brindado. Esa oportunidad podéis leerla aquí ;):

http://nieveshidalgo.blogspot.com/2009/12/autora-erika-gael.html

Gracias, Nieves. Faltan autoras como tú.

martes 1 de diciembre de 2009

De La Mole, M.

Diría si alguien me lo preguntara -y juro que no miento- que no sé cuál es el primer libro que cayó en mis manos, al igual que tampoco recuerdo con exactitud el título del primero que fui capaz de liquidar yo solita. No sé cuál fue el primero que me regalaron, ni mucho menos el primero que tomé prestado en la biblioteca de mi ciudad. Me parece imposible recordar el primer libro que me hizo llorar, el primero que me hizo reír o el primero que me hizo temblar -aunque, si me pongo, estoy segura de que algo acabaría saliendo a la luz-. Sin embargo, nunca fui capaz de olvidar el primer libro en el que existí.


Resulta muy curioso abrir las tapas de un ejemplar y tener que cerrarlas poco después, estupefacta, cuando te das cuenta que tú misma ocupas páginas y páginas de esa historia. A todo el mundo le ha pasado eso en algún momento de su vida mientras escuchaba una canción, todos hemos salido alguna vez del cine con la sensación de haber pasado una hora y media reviviendo parte de nuestra vida pasada. Pero, ¿con un libro? ¿Cuántas personas pueden decir eso de la palabra escrita? No me refiero a la identificación, ése es un fenómeno demasiado simple de explicar. El ser humano tiende a la normalidad, ya lo dijo Gauss, así que no debería extrañarnos en absoluto saber que otros sienten lo que sentimos, dicen lo que decimos y viven lo que vivimos.


No, para nada. No es de la identificación de lo que estoy hablando. Es de la posesión más pura. De cómo un cuerpo puede poseer una mente. Y de cómo una mente, por tanto, puede poseer otra. Ya ha quedado claro que los demás tienen la capacidad -y el derecho- de sentir lo que sentimos, decir lo que decimos y vivir lo que vivimos. Pero, ¿tienen el derecho a ser lo que somos? ¿Puede un personaje ser uno mismo? ¿Uno creado, además, ciento cincuenta y cinco años antes de mi nacimiento? Como dice mi madre, si nos parecemos es porque tú te pareces a mí, no porque yo me parezca a ti, no seas retorcida. Stendhal publicó Rojo y negro en 1830. Mi madre me publicó a mí en 1985. No, mamá, no quiero ser retorcida, pero es que asumir que a medida que crecía me convertía en un personaje del que ni siquiera tuve conocimiento durante mis primeros diecisiete años de vida es más difícil de asumir que el que las casualidades existan y que todos tenemos un doble, no sólo físico, en este mundo.



Tropecé con Mathilde de La Mole un aburrido verano, en una época de mi vida en la que, como todo el mundo, el afán de enriquecimiento y el ingenuo e inconfesable deseo de proclamarme superior al resto de la raza humana me absorbían. Para quienes no conozcan la obra de Stendhal, basta decir que Mathilde es una de las protagonistas de peso de la novela, la segunda amante del seminarista Julien Sorel, hija de un acaudalado aristócrata parisimo y descendiente directa del legendario Boniface de La Mole, malogrado favorito de la reina Margot.


Pero todos los títulos nobiliarios y genealogías diversas de Mathilde perdieron sentido en el momento en el que ella perdió la chaveta y yo me enganché a su pose trágica y sus atribulados devaneos emocionales. Dicen los expertos, que son gente que sabe mucho de Mathilde de La Mole porque Mathilde de La Mole sin duda se merece que haya teóricos de todo el planeta estudiándola a ella, que Mathilde es un ser emocionalmente estúpido. Yo añado, además, que Mathilde de La Mole es el personaje más histriónico, caprichoso, melodramático, inestable, romántico -desde el punto de vista más estricto posible-, entregado, leal, incomprensible, inteligente, trasnochado, áspero, llorica, valiente, crédulo, cultivado y complejo de cuantos me he encontrado. Vive anclada en su mundo de fantasías y cuentos de hadas truculentos al más puro estilo Werther. Se niega a vivir la realidad, desde el principio hasta el fin de sus días; se niega a adoptar una perspectiva objetiva sobre el mundo, los sentimientos y los que la rodean. Es pesada, mojigata, seductora, hiperreflexiva a la vez que inconsciente e irresponsable, clasista, malcriada, sosa e insufrible.


Pero es única de un modo que me aterra. Y me aterra porque, en un momento determinado de mi propia existencia, yo sí tuve que abrir los ojos y dejar de jugar a las tragedias griegas. Menos mal que aún me quedan mis escritos para dejar salir a la Mathilde que, muy a mi pesar, tuve que guardar bajo tres vueltas de llave.
Foto 1: Julien Sorel & Mathilde de La Mole, por Perinic.
Foto 2: Rouge et noir, por Balade visuelle.

sábado 28 de noviembre de 2009

Amor, ven a mí


Y cuando pensé que nada más podría sorprenderme, que ninguna novela romántica volvería a engancharme como antaño, que las lectoras habíamos tenido que pagar un peaje demasiado costoso, el de la calidad, a cambio de ver incrementadas las novedades que cada mes pueblan las mesas de la librerías, vino la Kleypas y me dio una bofetada.

Maldita Kleypas, siempre ella. Ella me enganchó al género y ella, sólo ella, ha conseguido reengancharme más de dos años después de aquel Diablo en Invierno.

A las que pensáis, como yo, que la edad de oro de la Romántica es agua pasada. A las que comenzáis a temer -si es que no estáis ya completamente aterrorizadas- que en este género está todo escrito. A las que sois incapaces de ver en el siglo XIX otra cosa que no sean carnets de baile, guantes de cabritilla y pérgolas en el jardín. A las que soñáis con personajes con matices, relaciones complejas, tramas lentas -y seguras-. A las que os apetece deleitaros con una de esas épicas historias de amor cada vez más escasas. A las que siempre se preguntaron qué demonios hubiese sucedido si Escarlata se hubiese dado cuenta antes de sus errores y no hubiese permitido que Rhett saliese por la puerta. A las fans de la Guerra de Secesión -bendita Guerra de Secesión, siempre viene ella a sacarnos del atolladero-. A las que se emocionan, enfadan, ríen, sueñan, reflexionan y ni pestañean delante de un buen libro.

A las que necesitan que el amor en tinta y papel vuelva a ellas. Ya conocéis el secreto: sólo hay que llamarlo.


viernes 20 de noviembre de 2009

Noche de Diavolata - Avance

-La Diavolata no es una fiesta que tenga lugar una vez al año, Lea. No hay manzanas de caramelo ni galletas de jengibre en mi mundo; los niños no juegan con espadas de madera porque ni siquiera se les permite jugar. No hay ningún ángel redentor que venga a salvarnos a todos. La Diavolata es algo serio, una cuenta pendiente que necesita ser ajustada para que podamos vivir en paz el resto de la eternidad. Comenzó hace seis mil años y aún no ha acabado.

Samael tomó aire. La miró como si no fuera a hacerlo nunca más, como si con un sólo vistazo de sus ojos azules pudiese transmitir la intensidad de sus palabras, y prosiguió.

-¿Y tú en qué bando estás? Tienes que decidirte, Lea. Tienes que dejar de jugar con espadas de madera y de comer manzanas de caramelo mientras esperas a que tu ángel de la guarda baje a indicarte cómo debes vivir. Tienes que decidir ya en qué bando quieres estar -la taladró con sus pupilas de reflejos escarlata una vez más. La última-. Por quién quieres luchar.

Lea registró cada segundo transcurrido con un latido de su corazón. Uno, dos. Tres. Al cuarto, se dio la vuelta despacio y la suite Pompeii desapareció de su campo de visión.

Sam no dijo nada cuando la vio asir el pomo. Ella lo agradeció.

Después... tan sólo se limitó a tirar de él con decisión. Tiró de él, la puerta se abrió y Lea salió.

Ni siquiera se quedó a escuchar el ruido que, como un disparo de fogueo en mitad de la noche, hizo el pestillo al cerrarse.
© Érika Gael

lunes 16 de noviembre de 2009

Para todo lo demás...



Comerte un tute de kilómetros y trenes y estaciones y más trenes en poco más de cuarenta y ocho horas, ver más caras de las que tu sistema receptivo puede procesar, oír todo tipo de comentarios acerca de la novela romántica -unos bastante afortunados, otros... no tanto- durante todo un fin de semana, dormir poco -no voy a decir que mal porque cierta griega que ocupaba la cama de al lado me mata-, quedarte afónica, recuperar viejas amistades, dejar otras por el camino, comer mucho -y bien-, reír, echar de menos gentes, lugares, momentos...




Asistir a las III Jornadas de Novela Romántica es agotadoramente caro.




Llegar a casa el domingo por la noche y encontrar en el correo electrónico merchandising gratuito para mis novelas, con Lucifer calentito y recién salido del horno, dándome ánimos para seguir adelante y un motivo de peso para hacerlo, no tiene precio...
Nota: El texto que acompaña a la fotografía pertenece a la novela Noche de Mardi Gras y, como tal, está protegido por los derechos de autor. Las fotografías pertenecen, asimismo, a la autora de este blog, y han sido cedidas personalmente a Icenico´s Arts para la elaboración de los montajes. Se prohíbe su reproducción con fines lucrativos y el uso indebido tanto de las imágenes como de los textos.
© Érika Gael, 2009.

miércoles 11 de noviembre de 2009

El trueno en la memoria


¿Qué? ¿Pensábais que me había olvidado? Pues no (que me hacen falta dos blogs, madre mía, que empiezan a hacerme falta dos...)


Si ayer me hacía eco de la salida al mercado de "Dama de Tréboles", hoy tengo el gusto de anunciar que, precisamente ayer, también se puso a la venta "El trueno en la memoria", libro de Ediciones Rubeo donde se incluye un relato de otra amiga, querida, admirada, compañera de fatigas, charlas, consejos, ánimos y desánimos y, sobre todo, de una gran escritora aún por descubrir en el género largo: Ana Iturgaiz.


"Año de Nieves" fue una sorpresa para todos, incluida su autora, y por eso probablemente resulte más dulce su éxito editorial. Ése ya lo tiene asegurado, ahora sólo queda esperar el éxito entre el público, que también llegará.


Muchas felicidades, Ana, ¡y mucha suerte!

martes 10 de noviembre de 2009

Dama de Tréboles


Hoy es un día especial con una noticia especial. Para las que aún seguimos en la estacada editorial, ver "Dama de Tréboles" en las librerías es, más que una novedad literaria, una muestra de las vueltas que puede dar la vida y un regalo a la perseverancia y, sobre todo, a la confianza plena en lo que se hace.


Hace un año, nadie daba un duro por esta novela. Hoy, entra por la puerta grande del recién estrenado sello Romanticae (La Esfera de los Libros). Y todo porque Olivia se negó a guardarla en un cajón y dejar que se llenase de polvo (de ése mismo que, según le auguraban, tendrían que acabar barriendo sus vaqueros en el medio del camino).


Yo no conozco el subgénero (ésta es la única obra del Oeste que he leído en mi vida), ni tampoco sé mucho de Historia americana ni de costumbres rancheras. Sin embargo, he tenido un par de décadas para entrenar mis conocimientos en literatura y esta novela, frente a la cada vez más premiada mediocridad en favor de las cifras de ventas, es más de lo que podríamos esperar en una obra novel. Está escrita con mucho mimo técnico y, sobre manera, con un cariño especial por los personajes y el ambientación. Y eso se nota.


Desde aquí quiero desearle a Olivia toda la (merecida) suerte del mundo en esta aventura que, aunque ya arrancó hace unos meses, hoy da el pistoletazo oficial de salida. Como autora, porque sé que aún tiene mucho que decir, y como persona, porque a pesar de todo mantiene la coherencia en el suelo y la ilusión en las nubes.

jueves 5 de noviembre de 2009

Entre el crimen y el beso


La Reina Negra desespera en comisaría, preguntándose por qué nunca soñó, como las demás, con un rescate a lomos del Caballo Blanco. Su marido lloriquea junto a ella; la nena pasará cien años en coma tras engullir el licor de manzana envenenado que quedaba en el mueble-bar. Los enanos deben cuatro meses de alquiler y ya no queda ni para la fianza.


El comisario, con arnés y bigotito, toma declaración a la Dama de Tréboles. La ventanilla se ahúma cada vez que la señora da una calada al cigarro y exhala siglos de mala suerte por los orificios nasales. No fue ella quien apuñaló al mayordomo asesino. Fue un error del Siete de Espadas. Además, él se lo buscó.


Las baratijas del Rey Blanco tintinean en su pecho mientras Campanilla anuncia su llegada. Viene arrastrando al Principito, enfurruñado porque los mayores no le dejan jugar. Amenaza con arrancar los pétalos de su Rosa, sabiendo que, si lo hace, la Bestia irá a la silla eléctrica. El Tres de Diamantes guiña un ojo, pero el monarca disimula. En Nunca Jamás, los gigolós de los bajos fondos no dan buena reputación.


Los peones se amontonan en celdas de polvo y desconsuelo. El reloj que cierto forense recuperó del estómago de un cocodrilo marca la medianoche, pero allí nadie descansa. No mientras el Rey de Copas siga arrastrando su cáliz entre los barrotes, sediento de ambrosía. Ni tampoco mientras la Ratita Presumida se ocupe de devolver el brillo al suelo ajedrezado. Ni mucho menos mientras la Reina de Corazones se empeñe en contemplar en su espejito de mano, fascinada, la cicatriz que un leñador, despechado por una pequeña encapuchada, dejó en su cuello.


Dicen que una niña rubia la observa del otro lado. Eso, no me lo creo.



© Érika Gael

jueves 29 de octubre de 2009

La voz de mi conciencia


La voz de mi conciencia nació en el Peloponeso, un sitio muy cuco que viene a quedar saliendo de Bilbao en dirección a Santurce. Sin embargo, es difícil que la veas con la falda arremangada y luciendo la pantorrilla, ya que tiende a esconder la verdadera naturaleza de su alma bajo chispeantes dosis de acidez y cinismo.


Tiene tendencia al estrés, como yo, a la ponzoña verbal, como yo, al pesimismo innato, como todo el mundo, y también a estados carenciales de motivación y confianza. Es una voz refunfuñona, peleona, insistente, dubitativa y viperina, pero es la mejor voz que te puedes encontrar si quieres dedicarte a la cosa ésta que se llama literatura (me acabo de dar cuenta de que rima con basura).


Mi voz me dice exactamente en qué momento tengo que dejar de lloriquear y ponerme las pilas. Nunca me cuenta lo que quiero oír (bueno, sí a veces), pero es mi principal contenedor de autoestima industrial cuando las cosas salen mal. No es que tenga criterio, es que ella en sí misma es un auténtico X+Z=Y, de esos que no tienen precio por lo escasos que son. Es franca, original, divertida, generosa, sensible y… ¿en cuántas ocasiones me ha ayudado a salir del bache? No puedo contarlas. No termino hoy.


Así es la voz de mi conciencia. Con sus defectos y virtudes (especialmente defectos, heredados todos de una abuela algo cascarrabias), pero no sé cómo sería capaz de llevar todo esto sin ella.