lunes, 11 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte II: Las zorras


Chicos, que toda ruptura sentimental debe ir seguida de un período de duelo y de imprecaciones es algo incuestionable. En el año 2005, a vuestra tía Clara, que por aquel entonces había regresado a su ciudad natal, a las noches en una habitación con pósters infantiles, a estudiar una carrera que se coló en su vida de improviso y a empezar de cero, la dejaron el día de Navidad, por teléfono y en presencia de toda su familia.  Creo que entenderéis, por lo tanto, que ese período de duelo y de imprecaciones resultó especialmente complicado. Si a eso le sumamos que siempre he tenido una tendencia natural para el drama, podéis haceros una idea de lo que supusieron en casa de los abuelos las semanas que sucedieron a aquel 25 de diciembre.

Casi un mes después, cuando el cuatrimestre en la universidad estaba a punto de tocar a su fin y los exámenes se presentaron sin avisar (no nos engañemos: por mucho que uno se prometa estudiar desde el primer día de curso, los exámenes, no sé cómo se las apañan, siempre acaban presentándose sin avisar…), me dejé guiar como una autómata hacia ellos, tratando de emplear mi tiempo y mis pensamientos en algo mucho más provechoso que mi particular Sturm und Drang. No es fácil ganarle el pulso al intelecto cuando tus fuerzas están tan mermadas, pero siempre he tenido la suerte (o la desgracia, qué sé yo) de aprobar todos mis exámenes, incluso de sacar mejores notas, en época de crisis. Motivo quizá por el que, de puertas para afuera, la gente siempre ha pensado que soy más fuerte de lo que admito ser o, en su defecto, que las crisis me afectan menos.

Pero a lo que íbamos, que me pongo a hablar y siempre termino dándome una vueltecita por los cerros de Úbeda. Como os decía, chicos, casi un mes después de aquel fatídico día de Navidad que nunca olvidaré, mi alma seguía en stand-by. Iba a la facultad, charlaba con mis compañeros, me distraía observando a mi alrededor el estrés previo a los parciales, pero cuando regresaba a casa, todo volvía al mismo punto en el que lo había dejado antes de salir: el abismo. Y el abismo era tan grande y tan oscuro que había días en los que ni toda mi precaria fuerza de voluntad era capaz de arrastrarme fuera de la cama. Como aquel día de enero de 2006.

Era un viernes, lo recuerdo bien. Pertrechada con esa horrible bata de topos rosas que ha pasado de generación en generación y que estáis acostumbrados a ver en la casa de los abuelos, me apoltroné en el sofá desde primera hora de la mañana con los apuntes de Psicología Social en el regazo, como un ensayado mecanismo de defensa que me permitiera engañarme a mí misma y hacerme creer que, a pesar de todo, estaba estudiando, cuando lo único que mi cabeza tenía intención de repasar a lo largo de aquella jornada eran los momentos que ya nunca volverían, los errores cometidos, las posibles escapatorias a aquella pesadilla. Necesitaba un OFF en medio de tanto ON, así que, en un episodio de lucidez, hice lo que cualquier persona en pleno desuso de sus facultades mentales haría: engancharse a Internet como una yonqui.  

Chicos, en aquellos tiempos, Internet no era lo que conocéis hoy en día. No había smartphones, ni Whatsapp, ni iPad, ni Facebook. Hasta donde yo sé, ni siquiera había Youtube, y sí, eso ya son palabras mayores. Internet era un aparatito negro junto al teclado que chirriaba como el demonio cuando lo activabas, un monitor de color blanco que ocupaba toda la superficie del escritorio y una factura mensual que obligaba a andar con pies de plomo. Pero me enganché igual, y, al hacerlo, Google me ofreció, paradójicamente, justo lo que yo quería: desconectar. Por azares del destino, además, apenas unas semanas después el milagro llegó a casa de los abuelos en forma de tarifa plana, y eso, en mi caso, supuso un avance solo comparable a la invención de la rueda o la de las aceitunas rellenas de ajo. 

Y entre todas las páginas que visité, entre toda la información que indagué, entre toda la desconexión que recibí, caí en un foro. Y en aquel foro fue donde encontré a vuestra tía Belinda, a vuestra tía Carola, a vuestra tía Gisela y a vuestra tía Zoe. Cuatro personas que están tan presentes en mi vida a día de hoy que me cuesta asumir que durante un tiempo solo fueron un nickname parpadeante en la pantalla. Y a pesar de que cada una procedía de un punto cardinal diferente, vuestras tías se convirtieron, aunque suene ridículo, en mi mejor compañía invisible. Y durante meses, muchos meses, compartimos canciones y reímos y lloramos y aprendimos a celebrar cumpleaños vía Messenger y a emborracharnos cibernéticamente y a retransmitir a través de fotos y de una webcam pixelada toda nuestra vida. Y nos acostumbramos a los pantallazos azules, al «no os leo, zorras, ¿alguien me lee?», al «se me petó el Messenger, zorras. Que alguien me agregue a la conversación de nuevo, porfa», al «joder, son las 6 de la madrugada. Me levanto en dos horas y todavía no quiero irme a la cama» y, sobre todo, al «os quiero, zorras».

Y, aun sin saberlo, serían precisamente ellas las encargadas de conducirme hasta vuestro tío Nino. Pero todavía falta más de un año para eso…

3 comentarios:

Irdala dijo...

Aquí sigo enganchada a la historia. ¡Me encanta!, aunque viniendo de ti hasta tu lista de la compra me leo ;).

Érika Gael dijo...

Uf, mi lista de la compra es mucho menos interesante (y todavía más caótica, que ya es decir, jajaja).

Mirian Muñoz dijo...

Jajajajaa el messenger! Era lo mejor! Me está gustando mucho lo que leo :)