jueves, 28 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VIII: El perro del hortelano


El episodio de las botas encharcadas es uno de los mejores recuerdos que conservo de aquella época alocada en la que vuestro tío Nino entró a formar parte de mi vida.  Y eso a pesar de que, contra todo pronóstico, fue uno de los últimos.

Chicos, que soy una mujer con algunas virtudes, pero también con un buen puñado de defectos, es algo que no os pilla por sorpresa (para eso está vuestra abuela encargándose de recordarlo siempre que se tercie). En mayo de 2007, a punto de cumplir los veintidós, yo creía que ya me conocía a mí misma lo suficiente como para saber cuáles eran todos esos defectos, pero lo cierto es que me equivocaba. Porque resultó que esa primavera descubrí que, además de rencorosa, testaruda, orgullosa, introvertida y con tendencia al melodrama, yo era el perro del hortelano.

Los ánimos a mi alrededor, para qué negarlo, estaban caldeados. Después de un mes de abril de ensueño, mayo se presentó con una bofetada de realidad: ni Nino era mi pareja ni yo podía seguir evadiendo el hecho de que ya tenía una. 

La cuerda se empezó a tensar por ambas partes hasta que, poco tiempo después, se rompió por el lado más débil. Pero no, no os vayáis a pensar que se debió a un oportuno y civilizado brote de raciocinio y magnanimidad consensuado por todos. La cuerda la rompí yo, de la peor manera posible, y lo hice por celos. Los celos más abrasadores que he sentido nunca. Los celos que vuestro tío Nino (sí, sí, ese mismo tío Nino. El que parece que no ha roto un plato en toda su vida) empezó a azuzar en mi interior de forma sibilina. Y yo, que ni como ni dejo comer, ni estoy fuera ni estoy dentro, decidí resolver la situación de la única forma saludable que se le ocurrió a mi yo de menos de veintidós años: montando un pollo del quince y despidiéndome de vuestro tío, aparentemente para siempre, justo antes de eliminarlo de mi Messenger, mi cuenta de correo y mi teléfono. Y, chicos, para la gente de mi generación, que te eliminaran del Messenger era la peor catástrofe que te podía suceder. Algo todavía más terrorífico que gastarte todo el saldo de la tarjeta prepago en una única llamada.

Llena de dolor, de rabia, de nostalgia y de un ponzoñoso anhelo por lo que pudo haber sido y ya nunca sería, seguí con mi vida, mi vida sin Nino, y así termina el relato de la primera vez que este condenado perro del hortelano hizo llorar a vuestro tío. 

lunes, 25 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VII: Las botas encharcadas


Chicos, como ya os habréis dado cuenta, dentro de la historia de cómo conocí a vuestro tío habitan otras muchas historias. La de hoy habla de un puñado de canciones desafinadas, de unas botas llenas de agua de lluvia y de cómo vuestro tío Nino y yo oímos nuestras respectivas voces por primera vez.

Ya os he contado que vuestro tío Nino y yo intercambiamos números de teléfono apenas unos días después de conocernos en aquel foro cavernícola, pero cada uno de nosotros sentía el suficiente apego hacia su dignidad como para no ser el primero en marcar el del otro. Así que, durante el primer mes de nuestra no-relación, nos limitamos al Messenger (qué tiempos aquellos…), a los SMS (qué tiempos aquellos…) y a los correos electrónicos (qué tiempos aquellos… ¡y estos! Porque dicen los sabios que todo pasa, nada permanece… ¡excepto el e-mail!).

El problema es que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y está claro que esa gran verdad debió de formularla alguien a quien se le colgó Internet durante más de veinticuatro horas seguidas, porque exactamente eso fue lo que le pasó a vuestro tío Nino en abril de 2007: se quedó sin conexión durante casi una semana. Y fue entonces cuando mi presunta dignidad saltó por la ventana y decidió que la nostalgia y las ganas de hablar con él eran mucho más fuertes.

Una tarde de miércoles lluviosa (como todas en Oviedo, en realidad), al bajar de la facultad, respiré hondo, conté las monedas que tintineaban en mi billetera y marqué por primera vez su número desde una cabina a dos manzanas de mi casa, con el paraguas en precario equilibrio sobre un hombro, los pies empapados, la carpeta con los apuntes de clase sujeta entre los muslos, el pelo encrespado y el móvil, que tenía la agenda abierta por la letra N, en la mano (era una kamikaze, lo sé). Porque, chicos, en la primavera de 2007, tanto vuestra tía Clara como cualquier otro ser humano racional se hubiese dejado electrocutar por un rayo antes que invertir todo el saldo de su tarjeta prepago en una única y, por aquel entonces, costosísima llamada. En aquellos tiempos remotos, por todos era sabido que los cinco euros de rigor de cada recarga debían estirarse hasta donde el dios de los SMS tuviera a bien permitirlo, y que para las llamadas ya estaban el teléfono fijo de casa (descartado cuando querías un poco de intimidad y esquivar alguna que otra pregunta inoportuna, como en este caso) y, por supuesto, las cabinas públicas.

Nino descolgó al tercer pitido mientras yo tiritaba por el frío y por los nervios, y esa fue la primera vez que escuché la voz de vuestro tío. Sin embargo, chicos… no fue la primera vez que vuestro tío Nino escuchó la mía.

Para mi absoluto bochorno, unos días antes (justo antes de que se quedara sin Internet y pudiera darme su veredicto), yo había cometido la insensatez de enviarle una maqueta grabada en el trastero de los abuelos, un cassette casero en el que vuestra tía Berta y yo destrozábamos algunos de los mayores greatest hits de la historia de la música. A aquel proyecto, por cierto, le pusimos por nombre Anplá Namber Chu (el volumen I había sido grabado el verano anterior en una tarde muy loca y muy aburrida).

Sí, chicos. Lo primero que vuestro tío Nino oyó de mis labios fue esa desafortunada versión de Clavado en un bar que todos conocéis y de cuya existencia nunca me arrepentiré lo suficiente.

¿Y sabéis qué fue lo primero que me dijo Nino, más nervioso que yo, en aquella tarde lluviosa de miércoles? ¿Sabéis lo que me dijo con esa voz suya tan peculiar (demasiado grave para alguien que habla tan bajito; demasiado aguda para alguien que mide casi dos metros y pesa más de ciento veinte kilos), y que ese día reverberó en mis tímpanos por primera vez mientras las plantas de mis pies comenzaban a nadar en el interior de mis botas? «¡Vaya! Qué voz más dulce tienes por teléfono. No me la esperaba así. Después de oír la maqueta, puedo afirmar que dices más tacos por minuto que cualquier otra persona que haya conocido nunca».

Y yo, que soy una rockera que bebe whisky y dice tacos, pero también una sentimental, olvidé que era una mujer comprometida los segundos suficientes para ponerme colorada bajo la lluvia y, finalmente, colgar con una sonrisa en los labios y las botas anegadas de agua.

Tuvieron que pasar por lo menos cuatro días hasta que las pobres botas se secaron del todo, abandonadas a su suerte bajo el radiador del cuarto de baño en la casa de los abuelos. Pero mereció la pena. Porque incluso hoy, más de nueve años después, vuestro tío Nino siempre se acuerda de ellas cada vez que vamos juntos a Oviedo y paseamos de la mano por delante de aquella cabina telefónica. 

jueves, 21 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VI: Mujer que no tendré

Chicos, tengo que reconocer que, antes que vuestro tío Nino, ya se había cruzado en mi camino otro canario que me había robado el corazón. No, no os asustéis. Ese canario se llama Pedro Guerra, y una de sus canciones, Mujer que no tendré, se convirtió casi en un himno en aquellas noches de primavera en las que, salvando la distancia física, la hora menos en las islas, el sueño y, sobre todo, el hecho de que, os recuerdo, yo no era una mujer soltera, vuestro tío Nino y yo nos dedicamos a conocernos, a descubrirnos, a tantearnos el uno al otro hasta la madrugada entre las letras parpadeantes de un par de pantallas separadas por más de dos mil kilómetros.

En aquellas noches de primavera se mezclaron las bromas con las confidencias, las confidencias con los sueños, los sueños con los planes locos y los planes locos con los recuerdos que apenas estábamos empezando a construir entre los dos. Como el de la ocasión en que vuestro tío Nino bautizó una estrella con mi nombre. O como la vez en que casi se rompió el hombro durante un partido y lo primero que hizo, en lugar de ir a la enfermería, fue escribirme un mensaje con la mano izquierda solo para decirme que había jugado genial gracias a mí. O como aquella vez en que medio en broma, medio en serio se marcó un «Ted Mosby» y me dijo que me quería. «Solo como amiga», se apresuró a aclarar, pero los dos sabemos, y así me lo confesaría mucho después, que él no me ha querido solo como amiga nunca en su vida. A la mujer cuyos besos, como dice la canción, estaban más lejos de sus labios que el desierto del Sahara, el mercado de Estambul y la noche en Katmandú. A la novia de otro.

Chicos, aunque viéndonos ahora resulte difícil de digerir, debo admitir que durante mucho tiempo, años incluso, la relación entre vuestro tío Nino y yo fue una relación desigual. Una relación en la que solo uno de los dos estaba enamorado del otro de forma incondicional y sin esperar nada a cambio, aferrado a un imposible. Y ese alguien, chicos, no era yo. 



lunes, 18 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte V: La rubia


Chicos, creo que puedo hacerme una idea de la imagen que tenéis de vuestro tío Nino. Ese friki  tierno y apocado, de ojos limpios y sonrisa sincera, que viste camisetas de superhéroes, grande como un armario de tres puertas, exjugador de balonmano, casi sin pelo (sé que cuando lea esto último emitirá un grito ultrajado), que termina con las existencias de paté de cabracho cada Navidad, que soporta estoicamente todas las bromas que le gastamos sí, que le gastamos a costa de su fobia a las aceitunas, y en el que vuestros padres buscan asesoramiento cada vez que un microchip desata el pánico en algún cacharrito de alta tecnología.

Sin embargo, la primera imagen que yo tuve de vuestro tío Nino fue muy distinta. Chicos, la primera imagen que yo tuve de vuestro tío Nino fue la de una porno-star rubia. Un avatar erótico-festivo con una mujer bien entrada en silicona y con ganas de marcha que miraba a cámara con intenciones bastante evidentes. Y yo, que no me corto un pelo y que siempre he sentido cierta aversión por las porno-stars, y más en concreto por las rubias que me disculpen las que se puedan sentir ofendidas por ello, a pesar de que no habíamos cruzado ni media palabra, me dirigí directamente a él en medio de una conversación caótica de más de treinta usuarios solo para decirle: «Oye, tú, podías quitar a la rubia, ¿no?». 

Fue como activar una palanca. Ya sabéis que a las cuerdas vocales del tío Nino les cuesta arrancar al principio, pero que en cuanto se animan hay que pedirles que se relajen un poco, y eso mismo fue lo que ocurrió aquella noche. Vuestro tío empezó a teclear y a teclear y a teclear. Y eliminó el avatar de la rubia para sustituirlo por un logo precioso de un perenquén canario (fue mi primer perenquén canario). Y yo aluciné. Y él siguió hablando, como si le hubieran dado cuerda. Y después de chatear sin descanso a través del foro durante una semana entera (una semana en la que me negué a mí misma en repetidas ocasiones que lo de bajar casi corriendo de la facultad se debiese a mis ganas irrefrenables de volver a hablar con él; una semana en la que me sorprendí más de una vez con una sonrisa tonta en los labios cada vez que aquel perenquén aparecía como «conectado»), una noche se lanzó y me envió un mensaje privado con su dirección de correo electrónico y su número de teléfono.

Y ahí comenzó todo, chicos.

¡Ah, por cierto! Tiempo después vuestro tío Nino me confesaría que en el momento en que le pedí que quitara a la rubia supo que yo era la mujer de su vida. 

viernes, 15 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte IV: La caravana de mujeres


¿Que por qué a la metadona la llamo la metadona? La explicación es muy sencilla. Chicos, una de las cosas que vuestra tía Clara aprendió en la vida real antes de que algún profesor avispado se lo confirmara en las aulas de la facultad es que las adicciones y las relaciones de amor tóxicas siguen patrones sorprendentemente similares. Todas vienen precedidas de una fase de enamoramiento desenfrenado que nos marca para siempre. Hasta tal punto que lo que hacemos después, aunque suponga dejarnos el pellejo en el intento, no es más que tratar de resucitar esos efímeros momentos de euforia una y otra vez, una y otra vez… Después del enamoramiento, llega el «yo controlo». El «a nosotros eso nunca nos va a pasar». El «haría lo que fuera por ti». El «me muero si me deja; me muero de verdad». Después de eso, solo quedan los escombros, la ruina, la desolación.

En la primavera de 2007, yo estaba en plena fase de luna de miel con mi metadona. El problema es que ya había pasado antes por eso, así que sabía lo que vendría después. Y llegó, claro que llegó. Pero no adelantemos acontecimientos…

En la primavera de 2007, como os decía, yo estaba en plena fase de luna de miel con mi metadona particular, mientras mi corazón aún se retorcía de dolor por el daño que mi felicidad había horadado sin remedio en el chico de la camiseta azul… Por suerte, en los peores momentos de mi vida siempre he tenido la fortuna de estar rodeada de los mejores, y en aquella ocasión no iba a ser diferente. ¿Os acordáis de vuestras tías postizas, las zorras? Por supuesto, ellas no podían faltar.

Una noche en la que el drama ya había obtenido suficiente protagonismo y, por lo tanto, las cosas ya solo tenían dos opciones: salirse de madre o salirse de madre, a vuestra tía Zoe se le ocurrió una idea. Vosotros no las conocéis tanto como yo, pero creedme cuando os digo que si a una de vuestras tías se le ocurre alguna idea, la Vía Láctea en pleno debería echarse a temblar. Ese día en concreto vuestra tía Zoe estaba especialmente iluminada, así que ya podéis ir agarrándoos al escay rojo: íbamos a hacer una caravana de mujeres online. Sí, sí, habéis oído bien. Una caravana de mujeres online. Pero no una caravana de mujeres con sus carromatos, sus instancias y sus normas estrictas de cortesía. Pensándolo bien, de hecho, entre nuestra supuesta caravana de mujeres y un saqueo vikingo no hubo ninguna diferencia. Sin embargo, a todas nos pareció la mejor ocurrencia tenida jamás por cerebro humano, así que allá fuimos.

«¿Y cómo se hace una caravana de mujeres online?», diréis vosotros. Pues muy fácil: se acuerda un día y una hora para estar todas conectadas, algo que no resultaba difícil en aquella época en que las cinco vivíamos con los ojos inyectados en sangre delante de la pantalla. A continuación, se busca un foro de participación casi exclusivamente masculina y se entra en él como un elefante en una cacharrería. La lías parda una madrugada entera y… te sientas a esperar los resultados de la cosecha.

El foro elegido en nuestro caso era una de esas cavernas (nada que ver con la de Platón) donde, a grandes rasgos, se habla de videojuegos y de tías macizas. De series de televisión y de tías macizas. De informática y, por supuesto, de tías macizas.

¿Que si funcionó? ¡Claro que funcionó! No una, ni dos, sino tres parejas salieron de semejante experimento, y… ¡Eh, Rosi! ¡Vuelve aquí, que ahora empieza lo interesante!

Ya podéis imaginaros la que se armó entre lo más granado de los integrantes de aquel foro… Unos nos querían echar a patadas porque estábamos invadiendo su territorio, aunque terminaron por asumirlo pasado el shock inicial; otros fueron incapaces de articular palabra (ni siquiera una vez pasado el shock inicial). Y, por último, los que no sufrieron ni shock inicial ni leches, aprovecharon la coyuntura para empezar a descolgar anzuelos a ver si en el río revuelto caía algo de provecho. 

Y entre todos esos tíos raros, frikis, solitarios y alucinados, detrás de un nickname que no mucho después acabaría por resultarme tan familiar como mi propio nombre, en medio de todo ese follón, en la primavera de 2007, cuando yo creía estar en plena segunda luna de miel con la metadona y mi corazón aún dolía por el chico de la camiseta azul, y cuando tú, Marco, estabas a punto de nacer, apareció vuestro tío Nino. 

miércoles, 13 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte III: El chico de la camiseta azul


Chicos, toda ruptura traumática, además de seguida de un período de duelo y de imprecaciones, siempre va acompañada, de forma ineludible, de lágrimas. Y las lágrimas se secan con un clínex, a ser posible en forma de buen chico, comprensivo y generoso. Mi clínex fue el chico de la camiseta azul.

Aunque hoy no me sienta orgullosa de que nuestra relación quedara reducida a unos cuantos restos de celulosa empapada, sé que tuvo que pasar y no me arrepiento. Porque el chico de la camiseta azul me enseñó muchas cosas, como cuánto puede sanar una sola mirada a una persona abatida por los golpes, lo racionales que pueden parecer algunas locuras cuando dos personas padecen los mismos síntomas o lo fácil que resulta que las cosas marchen bien en una relación sin que nadie tenga que hacer cada día un esfuerzo titánico para que no se vaya por el desagüe.

El chico de la camiseta azul me enseñó todo eso, pero también me enseñó la lección más grotesca que aprendí en mi juventud: que los seres humanos somos naturalmente gilipollas antes de cumplir los veinticinco. ¿Os acordáis de la metadona? Volvió. Y yo me pregunté qué tal sería inyectarme de nuevo solo unos mililitros más. Y el chico de la camiseta azul sufrió. Y empecé a recibir ramos de flores y paquetes de regalo con orígenes distintos, y mensajes en el móvil a las cinco de la mañana. Y la celulosa se empapó más y más. Y me vi a mí misma en la tesitura de tener que elegir entre lo malo conocido y lo bueno por conocer, cuando, en el fondo, todos sabíamos que la decisión estaba tomada desde que la metadona se había presentado de nuevo ante mi puerta. Y, al final, como no podía ser de otra manera tratándose de mí, el malo ganó al final. El chico de la camiseta azul se esfumó. Y mi cerebro cortocircuitó.

Pero justo antes de que yo cortocircuitara, justo antes de que el chico de la camiseta azul se desvaneciera y justo antes de que la metadona ganara la batalla, cuando todavía me hallaba en pleno dilema moral conmigo misma, sucedió algo. Una de vuestras tías (hablan tanto y tan rápido que ahora mismo ya no sé cuál de ellas fue), compadeciéndose de mí, quiso echarme un cable. O una maldición gitana. O una premonición, no lo sé, porque sus palabras textuales fueron: «Menudo panorama. Solo falta que aparezca un tercero y termine de volverte loca».

Llamadla bruja, porque, contra todo pronóstico, tan solo unos días después el tercero llegó. Y, por un capricho inexplicable del destino, ese es el hombre con el que me voy a casar mañana.