De la "Colección de microrrelatos" de 2005 Y la culpa se hace miedo. Miedo a perder mi propia identidad, mi propia vida, a verla pasar huyendo a través de tus ojos de óleo, que entonces se harán roca, burdo cristal opaco al igual que los míos. Y la desesperación me confunde, me angustia, porque ya no sé si es que te quiero o es que no soy capaz de abandonar yo sola el infierno, si te necesito para ser feliz o te necesito para seguir con vida. Si te reclamo para sentirme mejor o para lograr, por una maldita noche, conciliar el sueño sin vislumbrar el movimiento de las agujas en el reloj desde la almohada, una almohada en la que falta tu aroma, faltan tus labios, se ausenta tu piel…
Y, por encima de todo, sé que te odio, que te odio por dejarme sola, por alejarte de mí, por romper promesas como quien rasga un papel y por haberte propuesto, sin duda, mandar al infierno todos mis principios y mi orgullo. Porque aunque no me dejes dormir, ni estés aquí conmigo (justo ahora que tanto te necesito…), ni tampoco me permitas odiarte como debería, de nuevo vuelvo a aferrarme a la imagen de alguien que ya no sé si merece la pena, a sus cartas, sus sonrisas y mis recuerdos.
Y quiero gritar para expulsar de mí toda esta ansiedad que me atenaza, pero no puedo porque la ciudad está dormida y, si yo grito, la ciudad se despierta. Pero voy a gritar, me importa un bledo la ciudad, incluso el mundo. Voy a chillar lo más fuerte que pueda con tal que tú me oigas y te des cuenta de una vez de lo nefasta que es la culpa, y veas al fin cómo el remordimiento no me deja vivir, ni lo hará jamás si tú te vas del todo.
3:47 a.m. Tendré que esperar a mañana.