miércoles, 12 de febrero de 2014

Asmodeus



El rugido de una Ducati Diavel Dark rasgó el ambiente alborozado del Boulevard Saint Germain y resonó en las contraventanas del sexto arrondissement. A la altura de la pequeña plaza de Henri Mondor, la cola que esperaba ante la taquilla del cine se giró con la coordinación de una lombriz, y decenas de ojos siguieron la estela de la motocicleta desde sus asientos en las terrazas. Junto a la boca de metro de Odéon, mientras aguardaba la llegada del ser más impuntual a este lado del Sistema Solar, Angélica se sobresaltó e inspeccionó la calzada.

Lo que vio, la obligó a quitarse las gafas de sol y a abrir la boca. Por ese orden.

El piloto tiró del manillar del freno, y mil doscientos centímetros cúbicos se detuvieron de un envite justo delante de sus estupefactos ojos. El humo parduzco barbotó desde el tubo de escape en una serpenteante carrera hacia el abismo, y las bujías, montadas al aire, refulgieron con la fuerza de las llamas del Infierno. Dos palabras de un llamativo escarlata se superponían la una a la otra sobre una esquina del chasis.

From Hell.

Una bota tocó el suelo, seguida de otra más. Los músculos de las piernas del motorista se delineaban sugerentes bajo los pantalones, los mismos que, a la altura de las caderas, no dejaban lugar a la imaginación. Angélica tragó saliva; su mirada continuó en ascenso. Como si de una montañista se tratase, el oxígeno fue desapareciendo de sus pulmones a medida que subían sus ojos.

Con la agilidad de una gacela, el hombre se deshizo de los rígidos guantes. Al subir los brazos para desabrocharse las correas del casco, una estrecha franja de piel quedó al descubierto en la cintura. Piel sedosa, marcada tan sólo por la presencia inoportuna y demoledora de una sinuosa cola de reptil en los confines del ombligo. Llegados a ese punto, Angélica se vio forzada a tomar aire.

Una cascada de angelicales mechones rubios hizo acto de presencia sobre los hombros.

Asmodeus se giró hacia ella glorioso, arrogante. Había esperado encontrarse con un demonio huraño, malhumorado tras el encuentro interrupto de la jornada anterior. Sin embargo, tenía ante sí a un Asmodeus dispuesto a sacar partido de todo su poder. Consciente hasta la soberbia de la instintiva sensualidad que destilaba su cuerpo claro y su aura oscura. Un brillo de solitaria necesidad despuntó en sus ojos, y Angélica se mordió el labio al imaginar cuánto afecto sería capaz de darle ella con las muñecas atadas al cabecero de la cama...


© Érika Gael
Imagen: Travis Fimmel

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