
Mis sospechas comenzaron ayer y hoy lo pude confirmar.
Un asesino anda suelto.
Lo sé porque ya se ha cobrado su tercera víctima, y sé que el culpable es la misma persona porque el modus operandi no es difícil de identificar: decapita a los sujetos elegidos, los tumba boca arriba sobre el césped o el asfalto e intenta que no se vea el borde sangrante del cuello adosándolo al bordillo de la acera o semienterrándolo bajo la hierba.
A la gente no parece preocuparle lo más mínimo. De hecho, todos campan a sus anchas sin ninguna precaución en los aledaños de los lugares del crimen. Hay niños correteando, madres dando la cháchara, ambulancias que rodean los cadáveres sin detenerse y jubilados camino del gimnasio que no dejan de silbar ni ante unas vistas tan atroces.
A veces me pregunto si sólo yo las veo. A veces me pregunto si estoy sola en esta ciudad. Sé que sí, y eso es lo más duro.
Hay un asesino de palomas y yo ya he visto tres fiambres en tres zonas distintas, pero ni siquiera yo me detengo. Ni siquiera el morbo me incita a no apartar la mirada; ni siquiera la escasa compasión que pudiera sentir por unos bichos tan asquerosos me obliga a tomar cartas en el asunto.
Hace demasiado sol y me molesta. Hay demasiada gente feliz a mi alrededor y me molesta. Hay una sobrecarga de cosas que hacer en el día a día y me molesta. Hay pocas ilusiones, muchos fracasos, y sobre manera me molestan.
La vida me molesta. Y, de un modo rastrero y egoísta, las palomas muertas, también. Aunque sea yo la única que les presta unas migajas de mi atención.
A quienes podáis contemplarla... disfrutad de la hermosura de la flor del agua.