
Estimado lector:
¿Recuerdas tu adolescencia?
¿Recuerdas tu adolescencia?
¿La recuerdas?
Es probable que te sintieras fuera de lugar. Que todo aquello que te rodeaba y que creías conocer cobrara un cariz diferente bajo tu nueva mirada. Creo que también sentiste la soledad, el abatimiento, la vergüenza, ¿me equivoco?
Al parecer, también es bastante frecuente que los adolescentes piensen que nada malo les va a ocurrir. Su umbral de miedo está tan alto que caminan por la vida con una confianza en la vida eterna más allá de lo humanamente posible. No es una casualidad, entonces, que su mente tome en más de una ocasión la ruta desviada. Los límites entre el bien y el mal se difuminan, las fechorías no parecen tan graves y, desde luego, sí que resultan mucho más divertidas. Excitantes.
¿Alguna vez has sentido el irrefrenable impulso de meter la mano dentro de tus pantalones en los sitios menos indicados para ello? ¿Notabas la tensión, por otro lado interesante, que te producía el riesgo de ser descubierto cuando te acariciabas bajo las sábanas? ¿No era increíble ese colocón hormonal con el que te despertabas cada mañana y con el que tenías que convivir hasta la noche?
Todo eso por no hablar de la más que mentada rebelión a la autoridad. ¿Quiénes se creen ellos que son para decirte lo que tienes que hacer? Por favor, si a estas alturas todos sabemos que lo único que tuvieron que hacer para traerte a este mundo fue echar un polvo y esperar nueve meses. ¿Cómo pueden creerse con derecho sobre ti? No dudo que de tu boca haya salido más de una vez la trillada expresión de “para—eso—no—haberme—tenido”, porque de las nuestras también lo hizo.
Quieres independencia, y no te la dan. Sin embargo, son los primeros en reprocharte tus omisiones de responsabilidad. Quieres libertad, y no te la dan. No se dan cuenta de que no es un capricho, ni un abuso, ni una condena a la horca. Lo único que quieres es conocerla. Probar ese dulce sabor del que todo el mundo habla.
Quieren que confiemos en ellos, que les contemos nuestras cosas, nuestros más íntimos secretos y pensamientos. Y, cuando lo hacemos, ¿cómo lo pagan? Poniendo el grito en el cielo. Llamándonos depravados. Pidiendo disculpas por haber criado a un ser tan corrompido y disoluto. No entienden nada de lo que haces. Tus amigos son tu único apoyo, y ellos sí que son de fiar, porque estarían dispuestos a batirse el cobre por ti en cualquier combate.
¿Has pasado alguna vez por esto? ¿Te sientes identificado con mis palabras?
Seguro que sí.
Pues yo también pasé por todo eso, deberías saberlo. Todos los criterios del manual me los puedes aplicar a mí. Es una faena gorda eso de la crisis de la adolescencia, ¿verdad? Uf, y que lo digas.
La única diferencia entre tú y yo es que a ti, a lo sumo, te dejaron sin paga un mes. O te prohibieron acudir a esa fiesta de cumpleaños tan especial, donde iba a pasar al fin. Tal vez, hasta tuvieron la desfachatez de confiscarte el móvil.
A mí, me condenaron al Infierno. Me abrieron en canal y volcaron sal yodada en el interior. Destaparon la jaula de los cuervos y los arrastraron en su alborotado vuelo hasta mí. Descolgaron mi excelso cuerpo por escarpados abismos y golpearon mi inmaculado rostro contra las rocas. Me cubrieron de azufre. Me sangraron. Me azotaron. Me mutilaron. Se burlaron de mí. Me abandonaron a mi suerte.

¿Y todavía crees que puedes juzgarme?
Fdo.: Lucifer.
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