sábado, 11 de julio de 2009

Algunos pasos

Damos pasos en falso, pasos atrás, pasos firmes, pasos en el vacío, pasos desencaminados, pasos de baile, pasos sin compás.

Algunos pasos nos acercan a nuestro objetivo, otros nos alejan. Algunos pasos son el objetivo.


Los pasos son decisiones, acciones, palabras de cinco letras, guías, errores, terrores.


Hay pasos que nos gustaría llegar algún día a dar. Otros que preferiríamos no haber dado jamás. La mayoría, ni siquiera nos damos cuenta de ellos cuando los estamos dando, pero seguro que sí somos brutalmente conscientes de su importancia una vez que ya han sido dados.


Durante este año, he dado pasos imaginarios en muchas direcciones. He caminado sin descanso a lugares que me han seducido y he llegado a amar. Mi cabeza encontró buenas ofertas con las que pasearse hasta crisoles oscuros al otro lado del charco, hasta islas cerca del círculo polar y hasta culturas milenarias en el mediterráneo.


Ahora, es a mis pies a quienes les toca dar los pasos de verdad. Y mis pies se dirigen a Italia. Nos vemos cuando vuelvan.

miércoles, 8 de julio de 2009

Encanto fatal


La gente me decía: Léete Encanto fatal, que está genial. Y yo: No sé, no me convence mucho. Entonces la gente me decía: En serio, te va a gustar. Y yo de nuevo: Es que lo he intentado y el prólogo me aburre.


Voy a tener que empezar a hacerle caso a la gente más a menudo.


Encanto fatal ha sido un revelador descubrimiento de esos que va a guiarme en la dirección de Melissa Marr el resto del verano, lo veo venir... De momento, habrá que seguir esperando al 2010 para disfrutar de la segunda parte de esta historia que me ha sorprendido, me ha alegrado, me ha enseñado y me ha transmitido que, al fin, hay cosas cambiando dentro de la romántica, especialmente en la juvenil (esos análisis de sangre, por dios, esos análisis de sangre!! Que tenga que venir un chavalillo lleno de piercings a portarse con la madurez de la que carecen los protagonistas de treinta y tantos, los mismos que la meten donde se les antoja sin más miramientos...)


Y, aunque soy (o era, ya no lo sé, jajaja), una gran fan de Crepúsculo (bodas/bautizos/comuniones mormones aparte, quede claro), creo que voy a empezar a pasarme al bando de los elfos, de las Cortes Estivales y de la Reina de Invierno. ¿Edward Cullen? ¿Quién demonios es Edward Cullen? Pon un Seth en tu vida!! Yo me lo pido para Reyes...

martes, 7 de julio de 2009

La niña sin nombre

Hoy es una fecha especial, así que he decidido conmemorarla recuperando un viejo relato:

La niña sin nombre vino al mundo un día de primavera de 1985, el año en que se creó el Plan Nacional sobre Drogas (una más que necesaria medida preventiva para todos aquellos adictos a la niña sin nombre), a las 20:30 horas, la hora a la que comenzaba el telediario por aquel entonces y que, ese día, se hacía eco de cierta colisión naval en algún alejado mar del mundo.

Vino tarde. Se retrasó el día del alumbramiento, nació a una hora tardía... Tal vez la niña sin nombre intuía que, cuando saliera al exterior, le iba a tocar bregar con una familia en la que todos se creían con derecho a decidir sobre ella. Ésa es una de las principales implicaciones de llegar a una casa donde hasta el miembro más joven te saca un porrón de años. Y la niña sin nombre lo pudo comprobar ese mismo 30 de mayo.

La niña sin nombre se llamó la niña sin nombre porque no tenía nombre. Algunos dirán: "Pues vaya patochada". Ojo con los juicios inmediatos. Que una niña, nueve meses después de haber sido engendrada, e incluso con la delicadeza por su parte de dar unos días más de propina, no tuviera un nombre al nacer no es una patochada. Es un caso de negligencia familiar grave.

Como todos en la familia de la niña sin nombre eran lo suficientemente mayores como para tener voz y voto, todos dieron su propia opinión acerca del nombre que llevaría la niña sin nombre. Durante días, ya fuera sentados a la mesa, en la clínica acompañando a la mamá de la niña sin nombre, o en los trayectos en autobús hasta casa, los miembros de la familia realizaban votaciones, elecciones e, incluso, algún que otro referéndum. Para nada, porque al final el resultado siempre era el mismo:

Votos a favor de que la niña sin nombre se llame Carla: II
Votos a favor de que la niña sin nombre se llame Carlota: II

Porque, además de ser mayores, los miembros de la familia de la niña sin nombre constituían un grupo par.

Y, mientras todo eso sucedía, la niña sin nombre seguía sin un nombre que escribir en la pulserita del hospital. Por ello, las enfermeras acabaron poniendo un "24", que era la habitación donde se alojaba la mamá de la niña sin nombre, y se quedaron más anchas que largas.

Hasta que un día, por fin, uno de los miembros de la familia cedió y se pasó al otro bando (¿Qué no haría una madre por su hija, sobre todo si ésta es la niña sin nombre?). Así, la niña sin nombre se convirtió en Carla.

Sin embargo, para entonces ya había pasado tanto tiempo que a los miembros de la familia de la niña sin nombre (perdón, de Carla), ya les daba lo mismo que se llamase Carla, que Carlota, que ocho, o que ochenta. Y ése es el motivo de que, desde entonces, empleen indistintamente ambos términos para referirse a la niña sin nombre. Y ése es también el motivo, entonces, de que la niña sin nombre creciera sin saber muy bien cómo se llamaba y dándose la vuelta en la calle cada vez que alguien gritaba "Carla!", pero también cada vez que alguien gritaba "Carlota!".

Fue tal el desconcierto de la niña sin nombre al hacerse mayor que, cuando cumplió los cinco años de edad, decidió tirar por tierra los papeles del Registro Civil y pasó a autodenominarse "Paloma", que por aquel entonces le parecía mucho más bonito.

Y, a día de hoy, cuenta la leyenda que aún se da la vuelta por la calle cuando alguien grita "Paloma!".

FIN

miércoles, 1 de julio de 2009

Cortar la cinta II


Arrancamos. Ya puedo decirlo. Vuelvo a hincarles el diente a mis niños y revolotear con ellos del piso de abajo al piso de arriba, del piso de arriba al piso de abajo y, en esta nueva entrega de los Príncipes, van a tener que subir incluso hasta a la azotea...


La última vez conjuré una suerte de oración dirigida a Lucifer para que me amparase en este viaje largo y extraño (siempre he querido decir esa frase) que supone darles vida a sus satánicas criaturas. Se ve que le gustó ese ligero engrosamiento del ego por mi parte, porque con el primer volumen no me fue nada mal. Para no tentar a la fortuna (ni al demonio, y nunca mejor dicho), voy a instaurar dichas oraciones como un ritual a seguir con cada novela (luego la gente todavía tiene el valor de dudar si soy o no supersticiosa...)


Estrella de la Mañana. Lucero del Alba. Guía mis pasos en tu oscuridad. Arráncame el alma a través de las yemas de los dedos. Hágase tu voluntad sobre mis manos. Y, por supuesto, arrástrame a la tentación.


Lo mejor de todo es poder volver a disfrutar de las mismas caras, los mismos personajes, los mismos chistes. Lily volverá a sonreír. Luc volverá a enrabietarse. Astaroth volverá a protestar. Carlota volverá a mascar chicle. Era demasiado pronto para deshacerme de ellos y, por eso, aguardo con ilusión casi infantil su regreso a la vida. Esta tarde, cuando he visto escrito el título del Capítulo 1, con su fuente Blackladder, su subrayado simple, su negrita, su tamaño 22,5... he sentido unas ganas absurdas de llorar. Al principio pensaba que era por la emoción de volver a las andadas pero después de un rato me he dado cuenta de que yo, pesimista y agorera donde las haya, sólo podía llorar por tristeza. La que me produce saber que cada Capítulo 1 que empiezo es un Capítulo 1 menos en el trayecto hacia la última Noche.


Cortar la cinta

Y el verbo y mis nervios hierven de anticipación...

domingo, 28 de junio de 2009

De profesión, cartógrafa

He tardado un puñetero mes, con sus galopantes 30 días, sus ciclotímicas 720 horas y sus pulsátiles 43.200 minutos (bah, no me hagáis caso. En temporada de exámenes me da por exagerar más de lo normal) en idear, organizar y plasmar en la pantalla el mapa de Noche de Viernes Santo. He tardado tanto, de hecho, que he aburrido a las piedras, a las ratas de biblioteca, a las que no son de biblioteca pero tienen los ojos igual de rojos y, aunque parezca increíble, a mí misma. Me ha agotado más planificar esta novela que corregir Faery y Noche de Mardi Gras juntas.

Lo más cojonudo de todo es que no sé ni qué he hecho. Puede considerarse la novela de acción con más tramas, matices y complicadas interrelaciones entre personajes de la Historia. O puede considerarse la novela de personajes con más carreritas, espionaje y garrotazos de la Historia. O puede que sea, sin más, otro de mis espasmos cerebrales habituales. Yo qué sé. Sólo sé que cada vez me complico más la existencia y, de paso, se la lío parda a mis personajes.

Pero como el hombre (y la mujer, no os pongáis melindrosas que os conozco) son animales de costumbres, mi tropiezo particular está a la vuelta de la esquina y aquí me encuentro yo, deseando darle el pistoletazo de salida a la segunda historia de los Príncipes del Infierno con unas ansias que no pueden ser saludables. Me he propuesto esperar al día 2, ese día en el que la libertad universitaria llamará a mi puerta al fin pero, conociéndome, no sé si seré capaz de esperar tanto.

Bah, no me hagáis caso. Ya sabéis que en temporada de exámenes tiendo a exagerar más de la cuenta, y mañana toca Psicología de la Salud.