viernes, 12 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XIII: El edificio de la Universidad (que terminó derrumbándose)



Chicos, ¿recordáis ese hueco enorme que hay entre dos edificios en la calle Argüelles de Oviedo? Ese que queda justo enfrente de la trasera del Campoamor, donde os encanta brincar sobre los peldaños y correr en torno al Carbayón 2.0. Pues en ese hueco, hasta el año 2011, se alzaba uno de los edificios de la Universidad. Y desde el portal de ese edificio, dos años antes de que se derrumbara estrepitosamente para sorpresa de toda la ciudad, llamé «cariño» a vuestro tío Nino por primera vez.

Fue un día en que estaba pachucho, lo recuerdo bien. Me había escrito un mensaje a primera hora de la mañana para avisarme de que había amanecido con unas décimas de fiebre, pero que aun así había ido a trabajar. Vosotros ya conocéis las habilidades del tío Nino en lo que a tecnología se refiere. Quizá sea cierta esa leyenda urbana de que los hombres no son capaces de realizar dos cosas al mismo tiempo, pero hay un caso concreto en el que esa norma no se cumple: el tío Nino es capaz de escribir mensajes en el móvil mientras hace cualquier otra cosa con su vida. Una vez, incluso, batió el récord de hacer no solo dos, sino tres cosas a la vez: bajar unas escaleras, escribir un mensaje en el móvil y hacerse un esguince. Es un crack vuestro tío Nino, lo sé.

Pero vamos al meollo de la cuestión: puesto que vuestro tío Nino es capaz de escribir mensajes en cualquier situación, bajo cualquier circunstancia y desde cualquier lugar, haya o no cobertura, aquel día me extrañó no volver a recibir ninguna otra señal por su parte antes del mediodía. Así que decidí llamarlo por teléfono (por aquel entonces aún no lo hacía a menudo. Bah, y ahora tampoco, en realidad. Lo mío siempre ha sido la palabra escrita). Pues eso, que lo llamé. Y como estaba en la calle, y era Oviedo, y en Oviedo siempre llueve, y aquel día no iba a ser la excepción, y como no quería mojarme, ni que me mojaran los coches que circulaban junto a mí, ni que el ruido del agua interfiriera en nuestra conversación, ni que el paraguas molestara, me resguardé bajo el portal del número diecinueve de la calle Argüelles, detrás de aquella columna puesta por el demonio que afeaba el escaparate de la tienda oficial de la Universidad de Oviedo. Y sí, el edificio terminó derrumbándose, pero no conmigo dentro, chicos, sino dos septiembres después. Porque aquel edificio quejumbroso y renqueante sabía que tenía que esperar a que una chica pelirroja con las botas encharcadas otra vez  marcara el número de vuestro tío Nino para preguntarle cómo estaba y llamarlo «cariño» por primera vez al encontrarse del otro lado de la línea una voz lastimera apagada por las anginas.

Colgué tras una intensa sesión de mimos telefónicos frente a un maniquí vestido con la camiseta del equipo de rugby de la uni. Y poco después, recibí un mensaje de vuestro tío Nino, a quien al parecer ya se le habían pasado todos los males y volvía a ser el de siempre:

«¿Fue una alucinación producto de la fiebre o me acabas de llamar ‘cariño’?».

Se suponía que él era el miembro empalagoso de la relación, el zalamero, el romanticón, por lo que se estuvo riendo de mí y de mi lapsus lingüístico-afectivo durante días, pero ya no dejé de llamarlo así.

Además, la broma tampoco le duró demasiado: tan solo dos semanas después llegó Venecia, y su desliz superó con creces al mío. Aunque la venganza es un plato que se sirve frío, yo me lo tomé tibio y lo saboreé igual. Pero eso da para otro capítulo…