lunes, 25 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VII: Las botas encharcadas


Chicos, como ya os habréis dado cuenta, dentro de la historia de cómo conocí a vuestro tío habitan otras muchas historias. La de hoy habla de un puñado de canciones desafinadas, de unas botas llenas de agua de lluvia y de cómo vuestro tío Nino y yo oímos nuestras respectivas voces por primera vez.

Ya os he contado que vuestro tío Nino y yo intercambiamos números de teléfono apenas unos días después de conocernos en aquel foro cavernícola, pero cada uno de nosotros sentía el suficiente apego hacia su dignidad como para no ser el primero en marcar el del otro. Así que, durante el primer mes de nuestra no-relación, nos limitamos al Messenger (qué tiempos aquellos…), a los SMS (qué tiempos aquellos…) y a los correos electrónicos (qué tiempos aquellos… ¡y estos! Porque dicen los sabios que todo pasa, nada permanece… ¡excepto el e-mail!).

El problema es que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y está claro que esa gran verdad debió de formularla alguien a quien se le colgó Internet durante más de veinticuatro horas seguidas, porque exactamente eso fue lo que le pasó a vuestro tío Nino en abril de 2007: se quedó sin conexión durante casi una semana. Y fue entonces cuando mi presunta dignidad saltó por la ventana y decidió que la nostalgia y las ganas de hablar con él eran mucho más fuertes.

Una tarde de miércoles lluviosa (como todas en Oviedo, en realidad), al bajar de la facultad, respiré hondo, conté las monedas que tintineaban en mi billetera y marqué por primera vez su número desde una cabina a dos manzanas de mi casa, con el paraguas en precario equilibrio sobre un hombro, los pies empapados, la carpeta con los apuntes de clase sujeta entre los muslos, el pelo encrespado y el móvil, que tenía la agenda abierta por la letra N, en la mano (era una kamikaze, lo sé). Porque, chicos, en la primavera de 2007, tanto vuestra tía Clara como cualquier otro ser humano racional se hubiese dejado electrocutar por un rayo antes que invertir todo el saldo de su tarjeta prepago en una única y, por aquel entonces, costosísima llamada. En aquellos tiempos remotos, por todos era sabido que los cinco euros de rigor de cada recarga debían estirarse hasta donde el dios de los SMS tuviera a bien permitirlo, y que para las llamadas ya estaban el teléfono fijo de casa (descartado cuando querías un poco de intimidad y esquivar alguna que otra pregunta inoportuna, como en este caso) y, por supuesto, las cabinas públicas.

Nino descolgó al tercer pitido mientras yo tiritaba por el frío y por los nervios, y esa fue la primera vez que escuché la voz de vuestro tío. Sin embargo, chicos… no fue la primera vez que vuestro tío Nino escuchó la mía.

Para mi absoluto bochorno, unos días antes (justo antes de que se quedara sin Internet y pudiera darme su veredicto), yo había cometido la insensatez de enviarle una maqueta grabada en el trastero de los abuelos, un cassette casero en el que vuestra tía Berta y yo destrozábamos algunos de los mayores greatest hits de la historia de la música. A aquel proyecto, por cierto, le pusimos por nombre Anplá Namber Chu (el volumen I había sido grabado el verano anterior en una tarde muy loca y muy aburrida).

Sí, chicos. Lo primero que vuestro tío Nino oyó de mis labios fue esa desafortunada versión de Clavado en un bar que todos conocéis y de cuya existencia nunca me arrepentiré lo suficiente.

¿Y sabéis qué fue lo primero que me dijo Nino, más nervioso que yo, en aquella tarde lluviosa de miércoles? ¿Sabéis lo que me dijo con esa voz suya tan peculiar (demasiado grave para alguien que habla tan bajito; demasiado aguda para alguien que mide casi dos metros y pesa más de ciento veinte kilos), y que ese día reverberó en mis tímpanos por primera vez mientras las plantas de mis pies comenzaban a nadar en el interior de mis botas? «¡Vaya! Qué voz más dulce tienes por teléfono. No me la esperaba así. Después de oír la maqueta, puedo afirmar que dices más tacos por minuto que cualquier otra persona que haya conocido nunca».

Y yo, que soy una rockera que bebe whisky y dice tacos, pero también una sentimental, olvidé que era una mujer comprometida los segundos suficientes para ponerme colorada bajo la lluvia y, finalmente, colgar con una sonrisa en los labios y las botas anegadas de agua.

Tuvieron que pasar por lo menos cuatro días hasta que las pobres botas se secaron del todo, abandonadas a su suerte bajo el radiador del cuarto de baño en la casa de los abuelos. Pero mereció la pena. Porque incluso hoy, más de nueve años después, vuestro tío Nino siempre se acuerda de ellas cada vez que vamos juntos a Oviedo y paseamos de la mano por delante de aquella cabina telefónica. 

4 comentarios:

Irdala dijo...

Supongo que ya lo sabes, pero no está de más que te lo diga: estoy enganchadísima. Siempre me sabe a poco :(
Muaaaack!

Mirian Muñoz dijo...

Que bonito!! Me recuerda mucho a mi primer novio, nos conocimos muy parecidos jejejeje y con mi marido también pillé messenger, los sms y emails 😂

Érika Gael dijo...

¡Gracias, Irdala! Aún quedan unos cuantos capítulos, vas a poder recrearte, jejeje.

Érika Gael dijo...

Es fantástico, Mirian. Una de las mejores cosas de esta experiencia de compartir nuestra historia es comprobar cuánta gente se siente identificada con ella porque vivió algo similar. ¡Muchas gracias por pasar por aquí! ;)