viernes, 26 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XVII: La teoría de las aceitunas

Fotografía: Fran Decatta

Chicos, os voy a contar una última historia. Es la última, lo prometo; después os podréis marchar a jugar, como lleváis deseando hacer toda la tarde (¿en serio solo han pasado unas horas? Tengo la sensación de no haber parado de hablar en casi dos meses…). Además, para vuestra tranquilidad, esta historia no contiene besos ni cursilerías, también lo prometo. Simplemente os quiero hablar de la teoría de las aceitunas.

La teoría de las aceitunas apareció por primera vez en una serie de televisión (¡sí, esa! Esa en la que un padre entrado en canas les cuenta a sus hijos adolescentes, sentados con cara de aburrimiento sobre un sofá, la interminable historia de cómo conoció a su madre. ¿No os suena de algo?), y viene a decir que las parejas perfectas son aquellas en las que uno de sus miembros adora las aceitunas y el otro las detesta.

Para mi generación, la teoría de las aceitunas es el baremo más fiable para predecir el éxito sentimental que puede existir. Y a vuestra tía Clara, chicos, como ya sabéis, no hay nada en el mundo que le guste más que las aceitunas. 

Mi última historia tiene que ver con las aceitunas y, como ya os anticipé durante la primera, con el destino y con cómo las piezas siempre acaban encajando unas en otras aunque no seamos conscientes de ello. Porque, al echar la vista atrás, me doy cuenta de que si nunca hubiese conocido de primera mano lo que significa estar enganchada a alguien, nunca habría conocido de primera mano lo que es que ese alguien del que estás enganchada te vuele el corazón en pedazos, nunca me habría conectado a Internet en una tarde lejana de angustia y soledad, nunca habría conocido a las Zorras, nunca habría aparecido el chico de la camiseta azul, nunca habría formado parte de aquella locura de la caravana de mujeres online, nunca me habría registrado en aquel foro y nunca habría sabido de la existencia de vuestro tío Nino, al que, como ya sabéis, chicos, no hay nada en el mundo que le horrorice más que las aceitunas.

Y así es como termina la historia de cómo conocí al hombre de mi vida y de por qué mañana me voy a casar con él. 

martes, 23 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XVI: Tenerife


Chicos, siempre que alguien nos pregunta por qué vivimos en Tenerife, por qué finalmente fui yo la que hizo las maletas y se plantó en una isla en medio del Atlántico con un perímetro de trescientos cuarenta y dos kilómetros y un volcán que ocupa casi la mitad, los dos nos apresuramos a dar la misma respuesta preestablecida. «Por cuestiones de trabajo». «Porque Nino tenía un trabajo fijo en la isla, y yo no tenía un empleo estable ni perspectivas de ello en ninguna otra parte».

            Es mentira, chicos. La verdadera razón por la que hice las maletas y me planté en una isla en medio del Atlántico con un perímetro de trescientos cuarenta y dos kilómetros y un volcán que ocupa casi la mitad no tuvo absolutamente nada que ver con nuestras respectivas salidas laborales, y os la voy a contar:

            No es un secreto para nadie que los primeros meses de relación entre vuestro tío Nino y yo fueron, de un modo inesperado y esperable a la vez, bastante complicados. Y no solo debido a la distancia y al hecho de que únicamente podíamos vernos de vez en cuando, en Oviedo o en Madrid, sino porque creo que a los dos nos llevó nuestro tiempo asimilar que el otro ya no era solo un amigo virtual, sino nuestra pareja oficial. Y, aunque hubo muchos momentos inolvidables a lo largo de esos primeros meses, aunque ambos estábamos seguros de querer intentarlo, de probar suerte y llevar nuestra relación un paso más allá, también hubo muchos momentos incómodos, tensos y frustrantes.

            Hasta que llegó la Semana Santa de 2010, yo volé por primera vez a Tenerife para pasar las vacaciones con vuestro tío y, entonces, todo cambió. Porque durante aquellos cinco días increíbles me enamoré por completo del Nino de verdad, ese que solo muestra con las personas que son dignas de toda su confianza. El Nino que yo descubrí durante aquellas vacaciones jugaba en casa por primera vez, y por eso berreaba canciones de Disney en el coche, bebía Aloe King por litros, me preparó con sus propias manos un plato de costillas con papas, me convirtió en adicta al mojo, me llevó a conocer todos los rincones en los que había crecido y corrió bajo la lluvia de La Laguna solo para comprar un kebab en Casa Peter («el mejor de la isla, amor, es el mejor de la isla. Tienes que probarlo») que acabamos devorando en el bochorno asfixiante de la playa de Las Teresitas. Hizo que me enamorara de esta isla sin remedio y de la persona que es él cuando está en ella.

Nadie sabrá nunca lo mucho que me costó subir al avión que me llevó de regreso a Asturias cuando las vacaciones tocaron a su fin, ni la cantidad de veces que me di la vuelta en las escaleras mecánicas del aeropuerto con la indecisión dibujada en la cara. Al final me marché, claro, porque tengo el sentido de la responsabilidad incrustado en el hipotálamo desde que nací, pero lo hice sabiendo que algún día volvería para quedarme. Con la certeza de que cuando nuestros caminos pudieran unirse en uno solo, lo harían en Tenerife. Que quería disfrutar de ese Nino todos los días de mi vida. Que él no sería totalmente feliz en ningún otro lugar, y yo tampoco.

Y así fue. Y así es. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XV: Medicentro Gijón 28-25 BM Puerto Cruz


Chicos, ha habido dos ocasiones en mi vida en las que me he sentido tan nerviosa que en las dos creí que nada podría evitar el colapso, y lo curioso es que ambas tuvieron lugar con apenas unos meses de diferencia. Una de ellas fue cuando presenté Faery, mi primera novela, delante de toda mi gente y de un montón de desconocidos en la Feria del Libro de Oviedo. La otra había ocurrido solo unos meses antes, en Gijón, y fue el día en que vuestro tío Nino y yo nos vimos en persona por primera vez. Porque sí, chicos, todo lo que os he contado hasta ahora es la historia de dos extraños separados por dos mil kilómetros de distancia. Increíble, ¿verdad?

El 3 de octubre de 2009, el equipo en el que vuestro tío Nino jugaba como pivot por aquel entonces, el Balonmano Puerto Cruz, se desplazó hasta Asturias para medirse frente al Medicentro Gijón. Pero hay algo que los cronistas, periodistas deportivos y aficionados no os relatarán jamás acerca de aquel partido, chicos. Ninguno de ellos os podrá decir nunca que una hora y media antes del partido yo viajaba en un Alsa entre Oviedo y Gijón, con el pulso acelerado y la nuca empapada en sudor frío. Ellos tampoco os hablarán del momento en el que vuestro tío Nino, ya convocado en el pabellón junto al Piles, me llamó para preguntarme por dónde iba, ni de la forma en que yo le mentí descaradamente, diciéndole que me quedaban apenas diez minutos de camino cuando en realidad estaba en el extremo opuesto de la ciudad. Nadie os contará cómo corrí por el maldito Muro para llegar a tiempo, ni os podrán describir el escalofrío que me recorrió cuando Nino, tan nervioso como yo o más, me llamó una segunda vez para decirme, con voz temblorosa, que ya podía verme caminando a toda prisa entre los árboles de la avenida. Vuestro tío Nino y su vista biónica… Yo, chicos, iba sin gafas. Ya sabéis cómo funciona eso, ¿no? Estuve a punto de darme de bruces contra el polideportivo antes de verlo a él.

El 3 de octubre de 2009, el BM Puerto Cruz se desplazó hasta Asturias para medirse contra el Medicentro Gijón.

Perdió de tres.

Pero a todos nos dio igual.

Porque jamás recordaremos ese partido por el resultado, sino por todo lo demás. Las primeras miradas. Las primeras caricias. Los primeros besos. Las primeras sonrisas. Las primeras fotos. Las primeras sensaciones. El tío Nino dejó de ser un perenquén en la pantalla, partidas de Buscaminas en el Messenger, horas de payasadas a través de la webcam y SMS archivados hasta el infinito en la memoria del móvil para convertirse justamente en eso: en vuestro tío Nino. Y mañana los dos firmaremos para que siga siéndolo durante mucho tiempo más. Todo el tiempo que quiera. Todas las vidas que quiera.

Os prometo, chicos, que he tenido que tirar de hemeroteca para poder narrar este capítulo, porque yo no me acuerdo de nada. Los sesenta minutos de juego pasaron para mí en una nebulosa extraña y vertiginosa en la que solo veía a vuestro tío Nino correr de un lado a otro y acumular tarjetas, algo que con el tiempo aprendí que hacía para autoexpulsarse cuando ya no podía con su alma (y no, ni siquiera ese día cambió su rutina para impresionarme. Vuestro tío es así). Lo que sí recuerdo a la perfección son las reacciones de sus compañeros de equipo cuando me vieron aparecer en el pabellón; la mirada alucinada de los que no sabían nada; los aplausos y ovaciones de los que ya estaban enterados de todo. Ese día aprendí que solo hay una cosa en el mundo capaz de provocar más vergüenza que darle un primer beso al chico al que conoces desde hace más de dos años y al que nunca has visto en persona: hacerlo delante de toda la plantilla de un equipo de balonmano.


Tras aquel primer partido, y tras la primera despedida, apurando cada segundo al pie del autobús que los trasladaría al aeropuerto (la primera de muchas despedidas amargas que iríamos acumulando con los años entre estaciones y aeropuertos), vuestro tío Nino me contó que, al subirse a la guagua, sus compañeros lo recibieron con vítores y gritos triunfales. ¡Y eso que perdieron de tres! 

martes, 16 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XIV: Venecia


Chicos, vuestro tío Nino me dijo que me quería por primera vez (sin la coletilla en la que especificaba que “solo como amiga”) en Venecia, algo que, se mire por donde se mire, no puede resultar más romántico. El problema es… que vuestro tío no estaba allí. Solo yo estaba en Venecia.

Unos días antes, me había visto obligada a salir de la burbuja de amor que estaba empezando a compartir con Nino para embarcarme en el viaje de fin de carrera que mis compañeros y yo llevábamos meses planificando: un crucero por el Adriático y el Egeo que zarpaba, precisamente, desde Venecia.

Allí, mientras arrastraba conmigo la inexplicable sensación de echar de menos el tacto de alguien a quien no había tenido ocasión de acariciar jamás, en una de las calles aledañas a la Piazza San Marco, rodeada de soportales y de turistas, entre una librería de segunda mano y una joyería especializada en cristal de Murano, recibí el mensaje que cambió para siempre el curso de nuestra relación. Un mensaje en el que, por azares del destino, vuestro tío no decía que me amaba de forma premeditada y consciente, sino que se le escapó en un juego de palabras. En el momento en que lo leí, las hordas de turistas que me rodeaban frenaron en seco; el tiempo se detuvo en seco; yo me paré en seco. La hermosura de Venecia dejó de existir. Y, mandando a la porra el roaming, le envié dos mensajes, uno tras otro.

El primero, como no podía ser de otra forma, fue para burlarme por su desliz.

El segundo fue mucho más breve.

«Yo también a ti».

A partir de ese momento, el resto del viaje se convirtió en una amalgama sin sentido de lugares a los que soñaba con volver algún día con vuestro tío Nino y de recargas de la tarjeta prepago que pudiesen hacer frente a las despiadadas tarifas de comunicación desde aguas internacionales.

Y ese es el motivo por el que los dos siempre tuvimos claro que, aunque fuese en otras aguas y bajo otra bandera, nuestra luna de miel, esa para la que contamos los minutos, transcurriría a bordo de un crucero. 

viernes, 12 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XIII: El edificio de la Universidad (que terminó derrumbándose)



Chicos, ¿recordáis ese hueco enorme que hay entre dos edificios en la calle Argüelles de Oviedo? Ese que queda justo enfrente de la trasera del Campoamor, donde os encanta brincar sobre los peldaños y correr en torno al Carbayón 2.0. Pues en ese hueco, hasta el año 2011, se alzaba uno de los edificios de la Universidad. Y desde el portal de ese edificio, dos años antes de que se derrumbara estrepitosamente para sorpresa de toda la ciudad, llamé «cariño» a vuestro tío Nino por primera vez.

Fue un día en que estaba pachucho, lo recuerdo bien. Me había escrito un mensaje a primera hora de la mañana para avisarme de que había amanecido con unas décimas de fiebre, pero que aun así había ido a trabajar. Vosotros ya conocéis las habilidades del tío Nino en lo que a tecnología se refiere. Quizá sea cierta esa leyenda urbana de que los hombres no son capaces de realizar dos cosas al mismo tiempo, pero hay un caso concreto en el que esa norma no se cumple: el tío Nino es capaz de escribir mensajes en el móvil mientras hace cualquier otra cosa con su vida. Una vez, incluso, batió el récord de hacer no solo dos, sino tres cosas a la vez: bajar unas escaleras, escribir un mensaje en el móvil y hacerse un esguince. Es un crack vuestro tío Nino, lo sé.

Pero vamos al meollo de la cuestión: puesto que vuestro tío Nino es capaz de escribir mensajes en cualquier situación, bajo cualquier circunstancia y desde cualquier lugar, haya o no cobertura, aquel día me extrañó no volver a recibir ninguna otra señal por su parte antes del mediodía. Así que decidí llamarlo por teléfono (por aquel entonces aún no lo hacía a menudo. Bah, y ahora tampoco, en realidad. Lo mío siempre ha sido la palabra escrita). Pues eso, que lo llamé. Y como estaba en la calle, y era Oviedo, y en Oviedo siempre llueve, y aquel día no iba a ser la excepción, y como no quería mojarme, ni que me mojaran los coches que circulaban junto a mí, ni que el ruido del agua interfiriera en nuestra conversación, ni que el paraguas molestara, me resguardé bajo el portal del número diecinueve de la calle Argüelles, detrás de aquella columna puesta por el demonio que afeaba el escaparate de la tienda oficial de la Universidad de Oviedo. Y sí, el edificio terminó derrumbándose, pero no conmigo dentro, chicos, sino dos septiembres después. Porque aquel edificio quejumbroso y renqueante sabía que tenía que esperar a que una chica pelirroja con las botas encharcadas otra vez  marcara el número de vuestro tío Nino para preguntarle cómo estaba y llamarlo «cariño» por primera vez al encontrarse del otro lado de la línea una voz lastimera apagada por las anginas.

Colgué tras una intensa sesión de mimos telefónicos frente a un maniquí vestido con la camiseta del equipo de rugby de la uni. Y poco después, recibí un mensaje de vuestro tío Nino, a quien al parecer ya se le habían pasado todos los males y volvía a ser el de siempre:

«¿Fue una alucinación producto de la fiebre o me acabas de llamar ‘cariño’?».

Se suponía que él era el miembro empalagoso de la relación, el zalamero, el romanticón, por lo que se estuvo riendo de mí y de mi lapsus lingüístico-afectivo durante días, pero ya no dejé de llamarlo así.

Además, la broma tampoco le duró demasiado: tan solo dos semanas después llegó Venecia, y su desliz superó con creces al mío. Aunque la venganza es un plato que se sirve frío, yo me lo tomé tibio y lo saboreé igual. Pero eso da para otro capítulo… 

martes, 9 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XII: El regreso del perro del hortelano



Chicos, en agosto de 2009, para cuando regresé de mis vacaciones estivales en el sur y vuestra tía Zoe ya me había calentado la cabeza cuanto quiso respecto a lo contenta que estaba y lo conveniente que resultaba darle por fin una oportunidad a vuestro tío Nino, habían sucedido dos cosas: por un lado, yo había descubierto de repente que me gustaba Nino, que me gustaba un montón, que me gustaba más que a un tonto un lápiz (en realidad, eso ya lo sabía desde mucho tiempo atrás. Desde aquellos tiempos en los que bajaba corriendo de la facultad y esperaba sin uñas a que el icono del perenquén apareciera como «conectado») y que estaba dispuesta a no hacerle esperar más. Por otro lado, vuestro tío Nino había comprendido que era absurdo seguir esperando algo que nunca iba a llegar, había caído del guindo al fin y… se había echado novia.

Mis planes de seducción, cuidadosamente planificados durante todo un verano, se fueron a pique en menos de un minuto con un único mensaje: «Subimos de categoría, así que este año volveré a jugar en Asturias. Espero que podamos vernos al fin, pero, sobre todo, aunque ahora esté con otra persona, espero poder darte ese beso que necesito darte desde que te conozco».

Chicos, si hay algo que le gusta en el mundo al hacker consumado de Nino es todo ese rollo de encriptar información. Y no me negaréis que en esas treinta y nueve palabras hay mucha información encriptada (por no hablar de alguna otra totalmente explícita). Viví analizando el contenido de ese mensaje durante días. Lo leí, lo releí y lo volví a leer. Lo contemplé del derecho y del revés; sopesé la intención encapsulada detrás de cada sílaba. Y, finalmente, supe lo que tenía que hacer. Lo único que mi corazón quería hacer, en realidad: volvió el perro del hortelano.

Después de haber sido el indiferente destinatario de las atenciones de Nino durante casi dos años y medio, el perro del hortelano comenzó la mayor campaña de acoso y derribo que las nuevas tecnologías han tenido el privilegio de presenciar jamás, y que vuestro tío Nino aún recuerda con cariño y con una dosis mortífera de la estupefacción con que vivió aquellos días de finales de agosto en los que, contra todo pronóstico, la chica de sus sueños empezó a hacerle caso de repente. A él. Porque sí.  

          No hace falta decir que aquella otra relación no prosperó, claro. El perro del hortelano jamás se detiene hasta lograr sus propósitos, y en aquella oportunidad se esmeró a fondo en conseguirlos. Vamos, que hasta que vuestro tío no dejó a aquella novia repentina que había aparecido inesperadamente en su vida, no paré. Lo único que puedo decir en mi defensa, chicos, es que esa chica no era una buena persona, y mucho menos era una buena compañera para vuestro tío. Creedme cuando os digo que, a excepción de Nino, el Patidifuso, nadie sufrió durante la narración de este capítulo.

Ese fue el instante en el que por fin, por primera vez en más de dos años, nuestros relojes se coordinaron. Aunque durante un tiempo todavía ninguno de los dos se atrevió a expresarlo de forma abierta, los dos sabíamos que el momento de estar juntos había dejado de ser una quimera absurda e irracional y que estaba cerca, condenadamente cerca. Que el momento de estar juntos, aunque ninguno de los dos osara decirlo en voz alta, había llegado.

Y así termina el relato de la última vez que este condenado perro del hortelano hizo llorar a vuestro tío. La diferencia con la ocasión anterior es que en esta las lágrimas solo fueron de alegría…

viernes, 5 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte XI: Las bragas



(Primera publicación en este blog: 15 de septiembre de 2009)

—Todo empezó por unas bragas.

—¿Unas bragas?

—Sí, te lo juro. Todo fue culpa de unas bragas.

—¿Me estás diciendo que te has vuelto una devoradora de hombres por culpa de unas bragas?

—Shhh. ¡Baja la voz! No me he vuelto una devoradora de hombres. Es solo que… Bueno, que ahora me como más roscos que antes.

—No. Es que ahora te comes alguno, criatura. Es una diferencia sutil pero importante.

—Bueno, como tú digas. ¿Quieres oír la historia o no?

—Por supuesto.

—Pues eso. ¿Cuánto hacía que no estaba con nadie? ¿Un año? ¿Más?

—Casi dos, cariño. Casi dos laaargos años.

—Dos, tú lo has dicho. Y no pongas esa cara que tampoco estaba tan insoportable.

—Si tú lo dices…

—¿Sigo?

—Sigue.

—Llevaba dos años sin comerme un colín, a excepción de aquel affaire de madrugada que ni siquiera recordaba a la mañana siguiente. Por un lado no me preocupaba mucho. Todo el mundo tiene derecho a lamerse las heridas el tiempo que haga falta, ¿no? Pero por otro… Tú sabes cómo me sentía. Como si fuera un cervatillo invisible en mitad de la vía y los trenes me arrollaran sin provocarme dolor. Como si necesitara que alguien hiciera el cambio de agujas, me rescatase a hombros y me pusiese una tirita en el corazón. Y entonces aparecieron esas bragas.

—Esto se pone interesante.

—Lo es. Hacía mucho calor aquel día. Julio arremetía contra los bañistas como un siroco sin tregua, y yo no estaba de ánimos para luchar contra el salitre ni los sofocos. Así que me fui al centro comercial; nada mejor que un lugar amplio, sombrío y con buen aire acondicionado para pasar la tarde. Y allí, en una tienda de saldos, encontré las bragas.

—¿Y cómo eran? Porque ya me tienes en ascuas con todo el asunto de las bragas…

—Eran unas bragas de esas que en los desfiles de moda llaman lencería fina pero que entre amigas son consideradas bragas de golfa. Estaban rebajadas, en el revoltijo del cajón de los stocks, y yo las acaricié casi sin darme cuenta. Eran tan… especiales. Me quedé embobada contemplándolas. Eran las típicas bragas que te encantaría que alguien te viera puestas para dejarlo petrificado en el sitio.

—Sí, sí, ya sé a qué bragas te refieres…

—Las sostuve entre mis manos. Eran de mi talla. De mi color. De mi tela. Eran perfectas para mí. Había visto bragas así muchas veces antes, pero siempre me había asaltado esa punzada de tristeza al tocarlas. La de pensar que él ya no me las vería puestas nunca más. O que, en las condiciones actuales, no debería estar pensando en algo tan lejano e improbable como que alguien se quedara sin habla por mis bragas. Sin embargo, esta vez fue diferente.

—No puedo con tanta intriga. ¿Por qué fue diferente? ¡Vamos, habla!

—Porque mientras acariciaba la seda transparente, por primera vez en todo este tiempo (¿dos años dijiste? ¡Wow! Dos años), no fue su imagen la que me golpeó y me dejó hecha polvo. Ni siquiera la incertidumbre de no saber si alguna vez volvería a tener la oportunidad de parecerle sexy a alguien. Tan solo tuve el firme convencimiento de que así sería. Que la persona adecuada aparecería en el momento oportuno. Que se quedaría patidifuso al verme en ropa interior. Y, sobre todo, que ese alguien ya no sería él. Tenía todo mi futuro pasando ante mis ojos, aferrada a las bragas del cajón de los saldos, y en ese futuro yo no estaba sola, como ahora, ni tampoco con él, como antes. Estaba como quería estar. En la mejor compañía.

—Dios mío, voy a llorar…

—En ese momento, me di cuenta de que lo había superado. Y ahora… Bueno, el resto de la historia ya la sabes. […]



            Chicos, aquella noche de julio de 2009, la noche del día en que esperé una cola infernal en las rebajas de cierto centro comercial solo para comprar unas bragas que había encontrado en el cajón de los stocks; la noche del día en que sentí que mi alma, entumecida por los golpes, comenzaba a salir de verdad de su letargo, soñé con vuestro tío Nino. Y cuando desperté, supe lo que debía hacer con mi vida. Había decidido estar sola por voluntad propia durante un año y medio, y no hay nada mejor que estar solos por primera vez para darnos cuenta de la clase de persona que queremos que camine junto a nosotros. Incluso aunque eso implique descubrir, como sucedió en esta ocasión, que la persona que queremos que esté a nuestro lado ya lleva ahí mucho tiempo.


El problema es que a vuestro tío Nino y a mí siempre se nos ha dado fenomenal eso de ir a destiempo. Pero no adelantemos acontecimientos…

miércoles, 3 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte X: La pelirroja


Chicos, quizá el mes de marzo de 2008 no supuso un antes y un después en nuestra relación, pero sí supuso un auténtico antes y después en mi vida. Durante aquel mes, justo un año después de conocer al tío Nino, pasaron tres cosas, una detrás de otra: leí el libro Posdata: te amo, abandoné la metadona de una vez por todas y me teñí el pelo de rojo. Por ese orden.

Pero vayamos por partes… Si no me equivoco, nos habíamos quedado en que mi vida gozaba de cierta estabilidad, ¿no es así? El problema es que la estabilidad al lado de personas como la metadona implica escuchar a menudo cosas como: «me he cansado de la vida que llevo, y eso se aplica a nuestra relación», «hasta que las cosas no cambien no podré ofrecerte lo que necesitas» o, mi favorita, «estoy con otra, pero no la quiero tanto como a ti». Y por muy rencorosa, testaruda, orgullosa, introvertida y perro del hortelano con tendencia al melodrama que una sea, chicos, hay cosas que simplemente no se pueden permitir.

Por suerte, la claridad llegó a mi vida en el momento justo. Para resumir, la cosa sucedió más o menos así:

Sábado, 1 de marzo de 2008 (quince días para el cumpleaños de Nino): cae en mis manos cierto libro de Cecelia Ahern. Empiezo a llorar así como, renglón arriba, renglón abajo… en el primer párrafo.

Lunes, 3 de marzo de 2008 (trece días para el cumpleaños de Nino): salgo corriendo de la facultad. Durante el fin de semana las lágrimas me impedían ver el texto, así que no he podido terminar el libro. Sigo leyendo. Moco tendido. Deshidratación. Muerte por los ojos. Termino la novela y tengo una bendita epifanía: la vida son dos días. En serio. Os he descubierto la pólvora, ¿a que sí? Dos puñeteros días. Y yo estoy cansada de haber pasado llorando la cuarta parte de ellos.

Martes, 4 de marzo de 2008 (doce días para el cumpleaños de Nino): hago un descubrimiento casual que me lleva a oír otra vez mi frase favorita de la metadona. «Estoy con otra, pero no la quiero tanto como a ti». Cinco años y medio después, la metadona se va a tomar por culo de mi vida. De verdad. De forma definitiva. Esta vez sí.

Sábado, 15 de marzo de 2008 (un día para el cumpleaños de Nino): me tiño el pelo de rojo. A lo largo de los últimos años he coqueteado con el caoba, el morado, incluso con el fucsia… pero no. Tengo alma de pelirroja. Siempre lo he sabido, y ya ha llegado el momento de serlo.

Domingo, 16 de marzo de 2008: «¡Felices 26! Adivina: desde hoy hay una nueva pelirroja en el mundo. De regalo de cumpleaños, te mando una foto en primicia, a ver si la reconoces. ¡Que disfrutes de tu día y cumplas muchos más! Por cierto… vuelvo a estar soltera».

Antes os conté que vuestro tío Nino me hizo un regalo inesperado un año antes, cuando cumplí los veintidós, pero como ya bastante idealizado tenéis todos al «trozo de pan» de Nino en esta familia, no quería que pensarais que vuestra tía Clara es una egoísta sin escrúpulos incapaz de estar a la altura en un cumpleaños…



Chicos, en marzo de 2008 leí Posdata: te amo, con el que aprendí que ser feliz nunca debería ser una tarea difícil. Justo después me inscribí en mi primer taller de escritura, y he seguido escribiendo desde entonces.

En marzo de 2008 renegué para siempre de la metadona, y he estado sobria desde entonces.

En marzo de 2008 me teñí el pelo. Y he sido pelirroja desde entonces. 

lunes, 1 de agosto de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte IX: La bajada de pantalones


¿Dónde nos habíamos quedado? ¡Ah, sí! En el momento en que yo decidí cortar de raíz la no-relación con vuestro tío Nino. Después de eso, pasaron unos cuantos meses sin que supiera nada de él, a excepción de un inesperado regalo de cumpleaños que llegó a casa una tarde encapotada. ¿Os suena esa figurita en la que Sally, la protagonista de Pesadilla antes de Navidad, se zurce un brazo entre lápidas y que durante mucho tiempo todos pudisteis ver presidiendo mi escritorio? Hace tiempo que no está ahí porque se vino a Tenerife en la mudanza, pero os puedo garantizar que aún hoy sigue conmigo. Ese fue el primer regalo que me hizo vuestro tío Nino.

Una vez pasado mi cumpleaños, sin embargo, el silencio volvió a instalarse entre los dos, y en esa ocasión fue absoluto. Él siguió con su vida, yo seguí a trompicones, para variar con mi metadona, y, hasta cierto punto, todo se mantuvo en orden dentro de ese absurdo desequilibrio equilibrado de rupturas tóxicas y reconciliaciones aún más dañinas en el que yo ya me había acostumbrado a vivir.

Y entonces un día, de repente, igual que todo había terminado, todo volvió a comenzar. Y empezó de nuevo gracias a que uno de los dos se tragó el orgullo. Uno de los dos se lanzó a la piscina aun sabiendo que era muy probable que esta no tuviera ni una sola gota de agua. En pocas palabras: uno de los dos se bajó, metafóricamente hablando, los pantalones. Y una vez más, ese alguien no fui yo (chicos, os puedo garantizar que todo lo que tuvo que sufrir vuestro tío Nino en los inicios de nuestra relación se lo he recompensado con creces con el tiempo).

Era una mañana de noviembre, y yo asistía a una de las ponencias de un congreso de psicología tremendamente soporífero. Aguardaba con impaciencia que anunciaran la pausa para el café cuando mi móvil vibró de pronto en el fondo del bolso.

El nombre de vuestro tío Nino iluminó la pantalla por primera vez en meses, y mis manos volvieron a temblar como si el tiempo no hubiese transcurrido. Abrí el mensaje con temor y una pizca de euforia.

«Supongo que tú ya no te acordarás de mí, pero yo aún te veo en todas las caras con las que me cruzo por la calle. No quiero molestarte, solo me gustaría saber cómo estás. Discúlpame si te ofendo. Besos».

Chicos, ya no volví a enfadarme con él nunca más. 

jueves, 28 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VIII: El perro del hortelano


El episodio de las botas encharcadas es uno de los mejores recuerdos que conservo de aquella época alocada en la que vuestro tío Nino entró a formar parte de mi vida.  Y eso a pesar de que, contra todo pronóstico, fue uno de los últimos.

Chicos, que soy una mujer con algunas virtudes, pero también con un buen puñado de defectos, es algo que no os pilla por sorpresa (para eso está vuestra abuela encargándose de recordarlo siempre que se tercie). En mayo de 2007, a punto de cumplir los veintidós, yo creía que ya me conocía a mí misma lo suficiente como para saber cuáles eran todos esos defectos, pero lo cierto es que me equivocaba. Porque resultó que esa primavera descubrí que, además de rencorosa, testaruda, orgullosa, introvertida y con tendencia al melodrama, yo era el perro del hortelano.

Los ánimos a mi alrededor, para qué negarlo, estaban caldeados. Después de un mes de abril de ensueño, mayo se presentó con una bofetada de realidad: ni Nino era mi pareja ni yo podía seguir evadiendo el hecho de que ya tenía una. 

La cuerda se empezó a tensar por ambas partes hasta que, poco tiempo después, se rompió por el lado más débil. Pero no, no os vayáis a pensar que se debió a un oportuno y civilizado brote de raciocinio y magnanimidad consensuado por todos. La cuerda la rompí yo, de la peor manera posible, y lo hice por celos. Los celos más abrasadores que he sentido nunca. Los celos que vuestro tío Nino (sí, sí, ese mismo tío Nino. El que parece que no ha roto un plato en toda su vida) empezó a azuzar en mi interior de forma sibilina. Y yo, que ni como ni dejo comer, ni estoy fuera ni estoy dentro, decidí resolver la situación de la única forma saludable que se le ocurrió a mi yo de menos de veintidós años: montando un pollo del quince y despidiéndome de vuestro tío, aparentemente para siempre, justo antes de eliminarlo de mi Messenger, mi cuenta de correo y mi teléfono. Y, chicos, para la gente de mi generación, que te eliminaran del Messenger era la peor catástrofe que te podía suceder. Algo todavía más terrorífico que gastarte todo el saldo de la tarjeta prepago en una única llamada.

Llena de dolor, de rabia, de nostalgia y de un ponzoñoso anhelo por lo que pudo haber sido y ya nunca sería, seguí con mi vida, mi vida sin Nino, y así termina el relato de la primera vez que este condenado perro del hortelano hizo llorar a vuestro tío. 

lunes, 25 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VII: Las botas encharcadas


Chicos, como ya os habréis dado cuenta, dentro de la historia de cómo conocí a vuestro tío habitan otras muchas historias. La de hoy habla de un puñado de canciones desafinadas, de unas botas llenas de agua de lluvia y de cómo vuestro tío Nino y yo oímos nuestras respectivas voces por primera vez.

Ya os he contado que vuestro tío Nino y yo intercambiamos números de teléfono apenas unos días después de conocernos en aquel foro cavernícola, pero cada uno de nosotros sentía el suficiente apego hacia su dignidad como para no ser el primero en marcar el del otro. Así que, durante el primer mes de nuestra no-relación, nos limitamos al Messenger (qué tiempos aquellos…), a los SMS (qué tiempos aquellos…) y a los correos electrónicos (qué tiempos aquellos… ¡y estos! Porque dicen los sabios que todo pasa, nada permanece… ¡excepto el e-mail!).

El problema es que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y está claro que esa gran verdad debió de formularla alguien a quien se le colgó Internet durante más de veinticuatro horas seguidas, porque exactamente eso fue lo que le pasó a vuestro tío Nino en abril de 2007: se quedó sin conexión durante casi una semana. Y fue entonces cuando mi presunta dignidad saltó por la ventana y decidió que la nostalgia y las ganas de hablar con él eran mucho más fuertes.

Una tarde de miércoles lluviosa (como todas en Oviedo, en realidad), al bajar de la facultad, respiré hondo, conté las monedas que tintineaban en mi billetera y marqué por primera vez su número desde una cabina a dos manzanas de mi casa, con el paraguas en precario equilibrio sobre un hombro, los pies empapados, la carpeta con los apuntes de clase sujeta entre los muslos, el pelo encrespado y el móvil, que tenía la agenda abierta por la letra N, en la mano (era una kamikaze, lo sé). Porque, chicos, en la primavera de 2007, tanto vuestra tía Clara como cualquier otro ser humano racional se hubiese dejado electrocutar por un rayo antes que invertir todo el saldo de su tarjeta prepago en una única y, por aquel entonces, costosísima llamada. En aquellos tiempos remotos, por todos era sabido que los cinco euros de rigor de cada recarga debían estirarse hasta donde el dios de los SMS tuviera a bien permitirlo, y que para las llamadas ya estaban el teléfono fijo de casa (descartado cuando querías un poco de intimidad y esquivar alguna que otra pregunta inoportuna, como en este caso) y, por supuesto, las cabinas públicas.

Nino descolgó al tercer pitido mientras yo tiritaba por el frío y por los nervios, y esa fue la primera vez que escuché la voz de vuestro tío. Sin embargo, chicos… no fue la primera vez que vuestro tío Nino escuchó la mía.

Para mi absoluto bochorno, unos días antes (justo antes de que se quedara sin Internet y pudiera darme su veredicto), yo había cometido la insensatez de enviarle una maqueta grabada en el trastero de los abuelos, un cassette casero en el que vuestra tía Berta y yo destrozábamos algunos de los mayores greatest hits de la historia de la música. A aquel proyecto, por cierto, le pusimos por nombre Anplá Namber Chu (el volumen I había sido grabado el verano anterior en una tarde muy loca y muy aburrida).

Sí, chicos. Lo primero que vuestro tío Nino oyó de mis labios fue esa desafortunada versión de Clavado en un bar que todos conocéis y de cuya existencia nunca me arrepentiré lo suficiente.

¿Y sabéis qué fue lo primero que me dijo Nino, más nervioso que yo, en aquella tarde lluviosa de miércoles? ¿Sabéis lo que me dijo con esa voz suya tan peculiar (demasiado grave para alguien que habla tan bajito; demasiado aguda para alguien que mide casi dos metros y pesa más de ciento veinte kilos), y que ese día reverberó en mis tímpanos por primera vez mientras las plantas de mis pies comenzaban a nadar en el interior de mis botas? «¡Vaya! Qué voz más dulce tienes por teléfono. No me la esperaba así. Después de oír la maqueta, puedo afirmar que dices más tacos por minuto que cualquier otra persona que haya conocido nunca».

Y yo, que soy una rockera que bebe whisky y dice tacos, pero también una sentimental, olvidé que era una mujer comprometida los segundos suficientes para ponerme colorada bajo la lluvia y, finalmente, colgar con una sonrisa en los labios y las botas anegadas de agua.

Tuvieron que pasar por lo menos cuatro días hasta que las pobres botas se secaron del todo, abandonadas a su suerte bajo el radiador del cuarto de baño en la casa de los abuelos. Pero mereció la pena. Porque incluso hoy, más de nueve años después, vuestro tío Nino siempre se acuerda de ellas cada vez que vamos juntos a Oviedo y paseamos de la mano por delante de aquella cabina telefónica. 

jueves, 21 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte VI: Mujer que no tendré

Chicos, tengo que reconocer que, antes que vuestro tío Nino, ya se había cruzado en mi camino otro canario que me había robado el corazón. No, no os asustéis. Ese canario se llama Pedro Guerra, y una de sus canciones, Mujer que no tendré, se convirtió casi en un himno en aquellas noches de primavera en las que, salvando la distancia física, la hora menos en las islas, el sueño y, sobre todo, el hecho de que, os recuerdo, yo no era una mujer soltera, vuestro tío Nino y yo nos dedicamos a conocernos, a descubrirnos, a tantearnos el uno al otro hasta la madrugada entre las letras parpadeantes de un par de pantallas separadas por más de dos mil kilómetros.

En aquellas noches de primavera se mezclaron las bromas con las confidencias, las confidencias con los sueños, los sueños con los planes locos y los planes locos con los recuerdos que apenas estábamos empezando a construir entre los dos. Como el de la ocasión en que vuestro tío Nino bautizó una estrella con mi nombre. O como la vez en que casi se rompió el hombro durante un partido y lo primero que hizo, en lugar de ir a la enfermería, fue escribirme un mensaje con la mano izquierda solo para decirme que había jugado genial gracias a mí. O como aquella vez en que medio en broma, medio en serio se marcó un «Ted Mosby» y me dijo que me quería. «Solo como amiga», se apresuró a aclarar, pero los dos sabemos, y así me lo confesaría mucho después, que él no me ha querido solo como amiga nunca en su vida. A la mujer cuyos besos, como dice la canción, estaban más lejos de sus labios que el desierto del Sahara, el mercado de Estambul y la noche en Katmandú. A la novia de otro.

Chicos, aunque viéndonos ahora resulte difícil de digerir, debo admitir que durante mucho tiempo, años incluso, la relación entre vuestro tío Nino y yo fue una relación desigual. Una relación en la que solo uno de los dos estaba enamorado del otro de forma incondicional y sin esperar nada a cambio, aferrado a un imposible. Y ese alguien, chicos, no era yo. 



lunes, 18 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte V: La rubia


Chicos, creo que puedo hacerme una idea de la imagen que tenéis de vuestro tío Nino. Ese friki  tierno y apocado, de ojos limpios y sonrisa sincera, que viste camisetas de superhéroes, grande como un armario de tres puertas, exjugador de balonmano, casi sin pelo (sé que cuando lea esto último emitirá un grito ultrajado), que termina con las existencias de paté de cabracho cada Navidad, que soporta estoicamente todas las bromas que le gastamos sí, que le gastamos a costa de su fobia a las aceitunas, y en el que vuestros padres buscan asesoramiento cada vez que un microchip desata el pánico en algún cacharrito de alta tecnología.

Sin embargo, la primera imagen que yo tuve de vuestro tío Nino fue muy distinta. Chicos, la primera imagen que yo tuve de vuestro tío Nino fue la de una porno-star rubia. Un avatar erótico-festivo con una mujer bien entrada en silicona y con ganas de marcha que miraba a cámara con intenciones bastante evidentes. Y yo, que no me corto un pelo y que siempre he sentido cierta aversión por las porno-stars, y más en concreto por las rubias que me disculpen las que se puedan sentir ofendidas por ello, a pesar de que no habíamos cruzado ni media palabra, me dirigí directamente a él en medio de una conversación caótica de más de treinta usuarios solo para decirle: «Oye, tú, podías quitar a la rubia, ¿no?». 

Fue como activar una palanca. Ya sabéis que a las cuerdas vocales del tío Nino les cuesta arrancar al principio, pero que en cuanto se animan hay que pedirles que se relajen un poco, y eso mismo fue lo que ocurrió aquella noche. Vuestro tío empezó a teclear y a teclear y a teclear. Y eliminó el avatar de la rubia para sustituirlo por un logo precioso de un perenquén canario (fue mi primer perenquén canario). Y yo aluciné. Y él siguió hablando, como si le hubieran dado cuerda. Y después de chatear sin descanso a través del foro durante una semana entera (una semana en la que me negué a mí misma en repetidas ocasiones que lo de bajar casi corriendo de la facultad se debiese a mis ganas irrefrenables de volver a hablar con él; una semana en la que me sorprendí más de una vez con una sonrisa tonta en los labios cada vez que aquel perenquén aparecía como «conectado»), una noche se lanzó y me envió un mensaje privado con su dirección de correo electrónico y su número de teléfono.

Y ahí comenzó todo, chicos.

¡Ah, por cierto! Tiempo después vuestro tío Nino me confesaría que en el momento en que le pedí que quitara a la rubia supo que yo era la mujer de su vida. 

viernes, 15 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte IV: La caravana de mujeres


¿Que por qué a la metadona la llamo la metadona? La explicación es muy sencilla. Chicos, una de las cosas que vuestra tía Clara aprendió en la vida real antes de que algún profesor avispado se lo confirmara en las aulas de la facultad es que las adicciones y las relaciones de amor tóxicas siguen patrones sorprendentemente similares. Todas vienen precedidas de una fase de enamoramiento desenfrenado que nos marca para siempre. Hasta tal punto que lo que hacemos después, aunque suponga dejarnos el pellejo en el intento, no es más que tratar de resucitar esos efímeros momentos de euforia una y otra vez, una y otra vez… Después del enamoramiento, llega el «yo controlo». El «a nosotros eso nunca nos va a pasar». El «haría lo que fuera por ti». El «me muero si me deja; me muero de verdad». Después de eso, solo quedan los escombros, la ruina, la desolación.

En la primavera de 2007, yo estaba en plena fase de luna de miel con mi metadona. El problema es que ya había pasado antes por eso, así que sabía lo que vendría después. Y llegó, claro que llegó. Pero no adelantemos acontecimientos…

En la primavera de 2007, como os decía, yo estaba en plena fase de luna de miel con mi metadona particular, mientras mi corazón aún se retorcía de dolor por el daño que mi felicidad había horadado sin remedio en el chico de la camiseta azul… Por suerte, en los peores momentos de mi vida siempre he tenido la fortuna de estar rodeada de los mejores, y en aquella ocasión no iba a ser diferente. ¿Os acordáis de vuestras tías postizas, las zorras? Por supuesto, ellas no podían faltar.

Una noche en la que el drama ya había obtenido suficiente protagonismo y, por lo tanto, las cosas ya solo tenían dos opciones: salirse de madre o salirse de madre, a vuestra tía Zoe se le ocurrió una idea. Vosotros no las conocéis tanto como yo, pero creedme cuando os digo que si a una de vuestras tías se le ocurre alguna idea, la Vía Láctea en pleno debería echarse a temblar. Ese día en concreto vuestra tía Zoe estaba especialmente iluminada, así que ya podéis ir agarrándoos al escay rojo: íbamos a hacer una caravana de mujeres online. Sí, sí, habéis oído bien. Una caravana de mujeres online. Pero no una caravana de mujeres con sus carromatos, sus instancias y sus normas estrictas de cortesía. Pensándolo bien, de hecho, entre nuestra supuesta caravana de mujeres y un saqueo vikingo no hubo ninguna diferencia. Sin embargo, a todas nos pareció la mejor ocurrencia tenida jamás por cerebro humano, así que allá fuimos.

«¿Y cómo se hace una caravana de mujeres online?», diréis vosotros. Pues muy fácil: se acuerda un día y una hora para estar todas conectadas, algo que no resultaba difícil en aquella época en que las cinco vivíamos con los ojos inyectados en sangre delante de la pantalla. A continuación, se busca un foro de participación casi exclusivamente masculina y se entra en él como un elefante en una cacharrería. La lías parda una madrugada entera y… te sientas a esperar los resultados de la cosecha.

El foro elegido en nuestro caso era una de esas cavernas (nada que ver con la de Platón) donde, a grandes rasgos, se habla de videojuegos y de tías macizas. De series de televisión y de tías macizas. De informática y, por supuesto, de tías macizas.

¿Que si funcionó? ¡Claro que funcionó! No una, ni dos, sino tres parejas salieron de semejante experimento, y… ¡Eh, Rosi! ¡Vuelve aquí, que ahora empieza lo interesante!

Ya podéis imaginaros la que se armó entre lo más granado de los integrantes de aquel foro… Unos nos querían echar a patadas porque estábamos invadiendo su territorio, aunque terminaron por asumirlo pasado el shock inicial; otros fueron incapaces de articular palabra (ni siquiera una vez pasado el shock inicial). Y, por último, los que no sufrieron ni shock inicial ni leches, aprovecharon la coyuntura para empezar a descolgar anzuelos a ver si en el río revuelto caía algo de provecho. 

Y entre todos esos tíos raros, frikis, solitarios y alucinados, detrás de un nickname que no mucho después acabaría por resultarme tan familiar como mi propio nombre, en medio de todo ese follón, en la primavera de 2007, cuando yo creía estar en plena segunda luna de miel con la metadona y mi corazón aún dolía por el chico de la camiseta azul, y cuando tú, Marco, estabas a punto de nacer, apareció vuestro tío Nino. 

miércoles, 13 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte III: El chico de la camiseta azul


Chicos, toda ruptura traumática, además de seguida de un período de duelo y de imprecaciones, siempre va acompañada, de forma ineludible, de lágrimas. Y las lágrimas se secan con un clínex, a ser posible en forma de buen chico, comprensivo y generoso. Mi clínex fue el chico de la camiseta azul.

Aunque hoy no me sienta orgullosa de que nuestra relación quedara reducida a unos cuantos restos de celulosa empapada, sé que tuvo que pasar y no me arrepiento. Porque el chico de la camiseta azul me enseñó muchas cosas, como cuánto puede sanar una sola mirada a una persona abatida por los golpes, lo racionales que pueden parecer algunas locuras cuando dos personas padecen los mismos síntomas o lo fácil que resulta que las cosas marchen bien en una relación sin que nadie tenga que hacer cada día un esfuerzo titánico para que no se vaya por el desagüe.

El chico de la camiseta azul me enseñó todo eso, pero también me enseñó la lección más grotesca que aprendí en mi juventud: que los seres humanos somos naturalmente gilipollas antes de cumplir los veinticinco. ¿Os acordáis de la metadona? Volvió. Y yo me pregunté qué tal sería inyectarme de nuevo solo unos mililitros más. Y el chico de la camiseta azul sufrió. Y empecé a recibir ramos de flores y paquetes de regalo con orígenes distintos, y mensajes en el móvil a las cinco de la mañana. Y la celulosa se empapó más y más. Y me vi a mí misma en la tesitura de tener que elegir entre lo malo conocido y lo bueno por conocer, cuando, en el fondo, todos sabíamos que la decisión estaba tomada desde que la metadona se había presentado de nuevo ante mi puerta. Y, al final, como no podía ser de otra manera tratándose de mí, el malo ganó al final. El chico de la camiseta azul se esfumó. Y mi cerebro cortocircuitó.

Pero justo antes de que yo cortocircuitara, justo antes de que el chico de la camiseta azul se desvaneciera y justo antes de que la metadona ganara la batalla, cuando todavía me hallaba en pleno dilema moral conmigo misma, sucedió algo. Una de vuestras tías (hablan tanto y tan rápido que ahora mismo ya no sé cuál de ellas fue), compadeciéndose de mí, quiso echarme un cable. O una maldición gitana. O una premonición, no lo sé, porque sus palabras textuales fueron: «Menudo panorama. Solo falta que aparezca un tercero y termine de volverte loca».

Llamadla bruja, porque, contra todo pronóstico, tan solo unos días después el tercero llegó. Y, por un capricho inexplicable del destino, ese es el hombre con el que me voy a casar mañana. 

lunes, 11 de julio de 2016

Cómo conocí a vuestro tío - Parte II: Las zorras


Chicos, que toda ruptura sentimental debe ir seguida de un período de duelo y de imprecaciones es algo incuestionable. En el año 2005, a vuestra tía Clara, que por aquel entonces había regresado a su ciudad natal, a las noches en una habitación con pósters infantiles, a estudiar una carrera que se coló en su vida de improviso y a empezar de cero, la dejaron el día de Navidad, por teléfono y en presencia de toda su familia.  Creo que entenderéis, por lo tanto, que ese período de duelo y de imprecaciones resultó especialmente complicado. Si a eso le sumamos que siempre he tenido una tendencia natural para el drama, podéis haceros una idea de lo que supusieron en casa de los abuelos las semanas que sucedieron a aquel 25 de diciembre.

Casi un mes después, cuando el cuatrimestre en la universidad estaba a punto de tocar a su fin y los exámenes se presentaron sin avisar (no nos engañemos: por mucho que uno se prometa estudiar desde el primer día de curso, los exámenes, no sé cómo se las apañan, siempre acaban presentándose sin avisar…), me dejé guiar como una autómata hacia ellos, tratando de emplear mi tiempo y mis pensamientos en algo mucho más provechoso que mi particular Sturm und Drang. No es fácil ganarle el pulso al intelecto cuando tus fuerzas están tan mermadas, pero siempre he tenido la suerte (o la desgracia, qué sé yo) de aprobar todos mis exámenes, incluso de sacar mejores notas, en época de crisis. Motivo quizá por el que, de puertas para afuera, la gente siempre ha pensado que soy más fuerte de lo que admito ser o, en su defecto, que las crisis me afectan menos.

Pero a lo que íbamos, que me pongo a hablar y siempre termino dándome una vueltecita por los cerros de Úbeda. Como os decía, chicos, casi un mes después de aquel fatídico día de Navidad que nunca olvidaré, mi alma seguía en stand-by. Iba a la facultad, charlaba con mis compañeros, me distraía observando a mi alrededor el estrés previo a los parciales, pero cuando regresaba a casa, todo volvía al mismo punto en el que lo había dejado antes de salir: el abismo. Y el abismo era tan grande y tan oscuro que había días en los que ni toda mi precaria fuerza de voluntad era capaz de arrastrarme fuera de la cama. Como aquel día de enero de 2006.

Era un viernes, lo recuerdo bien. Pertrechada con esa horrible bata de topos rosas que ha pasado de generación en generación y que estáis acostumbrados a ver en la casa de los abuelos, me apoltroné en el sofá desde primera hora de la mañana con los apuntes de Psicología Social en el regazo, como un ensayado mecanismo de defensa que me permitiera engañarme a mí misma y hacerme creer que, a pesar de todo, estaba estudiando, cuando lo único que mi cabeza tenía intención de repasar a lo largo de aquella jornada eran los momentos que ya nunca volverían, los errores cometidos, las posibles escapatorias a aquella pesadilla. Necesitaba un OFF en medio de tanto ON, así que, en un episodio de lucidez, hice lo que cualquier persona en pleno desuso de sus facultades mentales haría: engancharse a Internet como una yonqui.  

Chicos, en aquellos tiempos, Internet no era lo que conocéis hoy en día. No había smartphones, ni Whatsapp, ni iPad, ni Facebook. Hasta donde yo sé, ni siquiera había Youtube, y sí, eso ya son palabras mayores. Internet era un aparatito negro junto al teclado que chirriaba como el demonio cuando lo activabas, un monitor de color blanco que ocupaba toda la superficie del escritorio y una factura mensual que obligaba a andar con pies de plomo. Pero me enganché igual, y, al hacerlo, Google me ofreció, paradójicamente, justo lo que yo quería: desconectar. Por azares del destino, además, apenas unas semanas después el milagro llegó a casa de los abuelos en forma de tarifa plana, y eso, en mi caso, supuso un avance solo comparable a la invención de la rueda o la de las aceitunas rellenas de ajo. 

Y entre todas las páginas que visité, entre toda la información que indagué, entre toda la desconexión que recibí, caí en un foro. Y en aquel foro fue donde encontré a vuestra tía Belinda, a vuestra tía Carola, a vuestra tía Gisela y a vuestra tía Zoe. Cuatro personas que están tan presentes en mi vida a día de hoy que me cuesta asumir que durante un tiempo solo fueron un nickname parpadeante en la pantalla. Y a pesar de que cada una procedía de un punto cardinal diferente, vuestras tías se convirtieron, aunque suene ridículo, en mi mejor compañía invisible. Y durante meses, muchos meses, compartimos canciones y reímos y lloramos y aprendimos a celebrar cumpleaños vía Messenger y a emborracharnos cibernéticamente y a retransmitir a través de fotos y de una webcam pixelada toda nuestra vida. Y nos acostumbramos a los pantallazos azules, al «no os leo, zorras, ¿alguien me lee?», al «se me petó el Messenger, zorras. Que alguien me agregue a la conversación de nuevo, porfa», al «joder, son las 6 de la madrugada. Me levanto en dos horas y todavía no quiero irme a la cama» y, sobre todo, al «os quiero, zorras».

Y, aun sin saberlo, serían precisamente ellas las encargadas de conducirme hasta vuestro tío Nino. Pero todavía falta más de un año para eso…