martes, 6 de mayo de 2014

Tres tipos de días



Parafraseando a mi querido amigo Astaroth y su clasificación de las féminas, yo también creo que existen en nuestra rutina tres tipos de días...

En primer lugar, están los días absolutamente anodinos. Aquellos en los que puedes poner en marcha la lavadora, o no; saludar al cartero, o no; echar una cabezadita delante del televisor, o no. Esas son las fechas del calendario que serás incapaz de recordar después, no importa con cuánta fuerza te lo propongas. A pesar de todo, no hay nada malo en ellos; forman parte de nuestra vida y, como tal, deben ser valorados. No obstante, tampoco hay en ellos nada reseñable. Tan sólo una lenta y mecánica progresión de minutos idéntica a todas las lentas y mecánicas progresiones anteriores.

En segundo lugar, encontramos los días especiales. Toda la colección de: estaba pensando en aquella ocasión en que... ¿Te acuerdas de aquel día que...? Aún recuerdo la vez en la que tú y yo... Esos días marcan la pauta de nuestra existencia; nos proporcionan el contrapunto necesario para que los días anodinos no terminen con nuestra cabeza hundida en el pozo más cercano. Si te detienes a rememorarlos tiempo después es posible que no seas capaz de recordar qué fecha marcaba aquel día el calendario, pero con toda seguridad podrás evocar los aromas que flotaban en el ambiente, aquella melodía que se oía a lo lejos, el vuelco inoportuno de un corazón rebelde o la estrepitosa cadencia de las aguas sobre el rompeolas. 

Y, luego, están los días que no son días, sino bofetadas del destino. Esos que poco importa los años que pasen, porque el número del calendario te va a recordar de forma inexpugnable que nunca serán suficientes para olvidarlos. Por algún sádico y autocompasivo motivo, los seres humanos tendemos a asociar esos días, esas bofetadas, con dramas personales o tragedias ajenas. Sin embargo, yo prefiero borrar las de ese tipo y marcar en mi calendario particular otro tipo de bofetadas del destino. Bofetadas que te demuestran que todo aquello que da sentido a tu vida -historias, tramas, personajes- está ahí fuera, esperando pacientemente a que decidas salir en su busca. Bofetadas que te enseñan que no eres nadie en este alucinante e inmenso universo hecho de grafemas donde hasta lo más insólito ha sido escrito ya. Bofetadas que te recuerdan, si es que aún albergabas dudas al respecto, que tu única y más relevante misión en la vida es tejer con los dedos aquello que otros quieren contarte, y que, a su vez, será el abrigo de un tercero. Y créeme si te digo que no hay salida posible en ese callejón. 

Bofetadas como la que sentí aquella mañana primaveral de 2009, cuando puse un pie de improviso en la ciudad de Carlota, y su canción y la de David empezó a tronar en los altavoces de la estación. 

Bofetadas como la que sentí aquel día de julio de 2013, detenida sin respiración ante un grafitti de París.  

Bofetadas como la que sentí la mañana de este mismo 6 de mayo, y que perdurará para siempre en mis calendarios por convertirse en un tortazo de los apoteósicos. Porque hoy, una vez más, los astros me han enseñado que el camino ya está sentenciado, y que es mi tarea seguir las miguitas de pan que llevan lanzándome desde hace años, siglos, milenios. Porque hoy, una vez más, los hados han vuelto a salirse con la suya, y a mí no me queda más remedio que rendirme a la evidencia.

Porque yo tenía una X, y también tenía una Y, y hoy el destino me ha gritado a la cara que esa X y esa Y llevan 5.900 años condenadas a entenderse. Por si aún me rondaba alguna duda acerca de su idoneidad.

Sé que no lo entendéis. Sé que cuando me pongo mística no hay dios que lo haga. Sé que hoy lo estoy más de lo acostumbrado. Pero os prometo que lo entenderéis llegado el momento. Porque en mi cabeza había un hombre, y también había una mujer, y esta mañana de 6 de mayo el destino me ha escupido su verdad: que uno de esos mitos que a mí tanto me atraen y me dan que pensar ya se había encargado de juntarlos antes que yo. Y que, obviamente, eso los hace todavía más perfectos el uno para el otro. Increíblemente perfectos.

Cómo me gustan las bofetadas del destino. Cuánto me gustan los días como hoy :). 

6 comentarios:

Rocío Tudela dijo...

Estoy completamente de acuerdo en esta clasificación de días que has hecho. Sí que existen estos tres tipos de días, y esos días de "bofetadas" son admirables. Ya sean buenos o malos, aunque claro está que si son buenos mucho mejor :)

Irdala dijo...

Sí, sí, yo también estoy de acuerdo con tu clasificación de los días, pero a mí lo que de verdad me ha llegado al alma ha sido lo de la X y la Y y lo que me queda por sufrir y esperar hasta que conozca su historia. Hala, ya me tienes de los nervios :)

Érika Gael dijo...

Gracias, Rocío :). Qué sería de nuestro crecimiento personal sin las bofetadas! Aunque quemen... jejeje

Érika Gael dijo...

Uf, Irdala, muuuuucho va a ser lo que tengas que esperar para saber algo más de X e Y, jeje. Si es que no tenía que haber hablado tan pronto! ;)

MEG Ferrero dijo...

Pues yo creo que me hago una idea..... ja,ja,ja!!!

Érika Gael dijo...

Se admiten apuestas, MEG!! ;)