martes, 22 de diciembre de 2009

Impresionismo

No voy a escribir un relato acorde con estas fechas. Tampoco voy a hacer que resuenen vuestros altavoces con la estridencia de un villancico o que parpadee vuestra pantalla con mil guirnaldas de pequeñas luciérnagas. No voy a fabricar un christmas personalizado, ni a felicitaros las fiestas con alguna de esas trilladas frases estampadas con un sello en las tarjetas de El Corté Inglés.


No voy a sacar el turrón ni los mazapanes. No voy a tocar la zambomba, ni a pedir el aguinaldo, ni tampoco a dejar que las burbujas aleteen en torno a mi anillo de oro en el fondo de la copa. ¿Brindar, siquiera? No, tampoco.


No voy a hacer ninguna de esas cosas, no os preocupéis. Y eso que me chifla la Navidad. Me encantan los villancicos que retumban en las calles, las lucecitas de colores en las fachadas y en el interior de cada casa, me encanta el turrón y el champán de las doce y un minuto.


Pero lo que más me gusta de la Navidad es, sin duda alguna, que por una vez en el año se nos permite sentir. Es esa emoción, buena o mala, pero a flor de piel, que nos embarga a todos y que a nadie le da vergüenza confesar lo que me atrae irremediablemente de estas fiestas. El instante mágico en el que el pasado, el presente y el futuro se conjugan en un abrazo, una sonrisa, una llamada telefónica o un grito infantil que rasga el papel de regalo.


Puesto que me pirra escribir, me pirra la Navidad, y me pirra el sentimentalismo duro que caracteriza esta época, os quiero felicitar del mejor modo que sé: con un relato, sí, pero con uno que escribí ya hace muchos meses, cuando había un sol espléndido en el cielo y el chocolate a la taza había sido sustituido por un té bien frío. Uno que no os esperáis.


¿Uno que nos emocione?, diréis.


No.


Uno que me emociona a mí.


Ahí va, con mis mejores deseos para las fiestas y para el año que está a punto de comenzar:



Impresionismo


¿Ve ese gato negro en el cuadro? La culpa la tuvo ella, sin querer, una tarde de agosto. Estaba tan acalorada que, delante de mí, aferró el balde de agua que reposaba junto a la ventana y volcó todo el contenido sobre sus enmarañados cabellos oscuros. Después se sacudió, como una gatita enfadada, y centenares de gotas salieron despedidas en todas direcciones. Como ya habrá imaginado, esa esquina recibió una buena parte. Aún no estaba seca y los colores se mezclaron, cayendo en arroyos hasta el caballete. Un estropicio, comprenderá. Traté de arreglarlo pero el daño era irreversible. Así que pinté un gato negro encima. En homenaje a ella y a aquella gloriosa tarde de agosto en que nos despedimos. Cuando firmé el cuadro, la muchacha se vistió y la magia se rompió. Mis ojos se secaron, igual que mis pinceles, y no volví a verla más.



© Texto: Érika Gael

© Imagen: Olympia, Édouard Manet

3 comentarios:

Juyou dijo...

amiga de D.C. (aqui una se entera de todo jejeje!) quiero un libro dedicado para cuando valga millones!!

El espíritu de las navidades griegas dijo...

¿Este relato está basado en hechos reales o es pura invención de su autora?
Tu impresionismo me ha impresionado.
¡Feliz Navidad!

P.D. ¿Crees que D.C. te enviará una postal? :P

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Értika, sin cancioncillas, sin bolas brillantes, sin comilonas, te leo y escucho esa música de italianas y bellas palabras amorosas, ¿qué más poemos pedirle al soltício milenario y paciente? La luza gana a la oscuridad, y no me sabe mal cantar un villancico, tendida carnal y bella como Olímpia, esperando CARPE DIEM. Besos desde el Quinto pino.