martes, 1 de diciembre de 2009

De La Mole, M.

Diría si alguien me lo preguntara -y juro que no miento- que no sé cuál es el primer libro que cayó en mis manos, al igual que tampoco recuerdo con exactitud el título del primero que fui capaz de liquidar yo solita. No sé cuál fue el primero que me regalaron, ni mucho menos el primero que tomé prestado en la biblioteca de mi ciudad. Me parece imposible recordar el primer libro que me hizo llorar, el primero que me hizo reír o el primero que me hizo temblar -aunque, si me pongo, estoy segura de que algo acabaría saliendo a la luz-. Sin embargo, nunca fui capaz de olvidar el primer libro en el que existí.


Resulta muy curioso abrir las tapas de un ejemplar y tener que cerrarlas poco después, estupefacta, cuando te das cuenta que tú misma ocupas páginas y páginas de esa historia. A todo el mundo le ha pasado eso en algún momento de su vida mientras escuchaba una canción, todos hemos salido alguna vez del cine con la sensación de haber pasado una hora y media reviviendo parte de nuestra vida pasada. Pero, ¿con un libro? ¿Cuántas personas pueden decir eso de la palabra escrita? No me refiero a la identificación, ése es un fenómeno demasiado simple de explicar. El ser humano tiende a la normalidad, ya lo dijo Gauss, así que no debería extrañarnos en absoluto saber que otros sienten lo que sentimos, dicen lo que decimos y viven lo que vivimos.


No, para nada. No es de la identificación de lo que estoy hablando. Es de la posesión más pura. De cómo un cuerpo puede poseer una mente. Y de cómo una mente, por tanto, puede poseer otra. Ya ha quedado claro que los demás tienen la capacidad -y el derecho- de sentir lo que sentimos, decir lo que decimos y vivir lo que vivimos. Pero, ¿tienen el derecho a ser lo que somos? ¿Puede un personaje ser uno mismo? ¿Uno creado, además, ciento cincuenta y cinco años antes de mi nacimiento? Como dice mi madre, si nos parecemos es porque tú te pareces a mí, no porque yo me parezca a ti, no seas retorcida. Stendhal publicó Rojo y negro en 1830. Mi madre me publicó a mí en 1985. No, mamá, no quiero ser retorcida, pero es que asumir que a medida que crecía me convertía en un personaje del que ni siquiera tuve conocimiento durante mis primeros diecisiete años de vida es más difícil de asumir que el que las casualidades existan y que todos tenemos un doble, no sólo físico, en este mundo.



Tropecé con Mathilde de La Mole un aburrido verano, en una época de mi vida en la que, como todo el mundo, el afán de enriquecimiento y el ingenuo e inconfesable deseo de proclamarme superior al resto de la raza humana me absorbían. Para quienes no conozcan la obra de Stendhal, basta decir que Mathilde es una de las protagonistas de peso de la novela, la segunda amante del seminarista Julien Sorel, hija de un acaudalado aristócrata parisimo y descendiente directa del legendario Boniface de La Mole, malogrado favorito de la reina Margot.


Pero todos los títulos nobiliarios y genealogías diversas de Mathilde perdieron sentido en el momento en el que ella perdió la chaveta y yo me enganché a su pose trágica y sus atribulados devaneos emocionales. Dicen los expertos, que son gente que sabe mucho de Mathilde de La Mole porque Mathilde de La Mole sin duda se merece que haya teóricos de todo el planeta estudiándola a ella, que Mathilde es un ser emocionalmente estúpido. Yo añado, además, que Mathilde de La Mole es el personaje más histriónico, caprichoso, melodramático, inestable, romántico -desde el punto de vista más estricto posible-, entregado, leal, incomprensible, inteligente, trasnochado, áspero, llorica, valiente, crédulo, cultivado y complejo de cuantos me he encontrado. Vive anclada en su mundo de fantasías y cuentos de hadas truculentos al más puro estilo Werther. Se niega a vivir la realidad, desde el principio hasta el fin de sus días; se niega a adoptar una perspectiva objetiva sobre el mundo, los sentimientos y los que la rodean. Es pesada, mojigata, seductora, hiperreflexiva a la vez que inconsciente e irresponsable, clasista, malcriada, sosa e insufrible.


Pero es única de un modo que me aterra. Y me aterra porque, en un momento determinado de mi propia existencia, yo sí tuve que abrir los ojos y dejar de jugar a las tragedias griegas. Menos mal que aún me quedan mis escritos para dejar salir a la Mathilde que, muy a mi pesar, tuve que guardar bajo tres vueltas de llave.
Foto 1: Julien Sorel & Mathilde de La Mole, por Perinic.
Foto 2: Rouge et noir, por Balade visuelle.

2 comentarios:

Natàlia Senmartí Tarragó dijo...

Érika, acabo de leer la intensa y sincera entrevista que Nieves, amable y generosa con nosotras, te dedica. He leído el texto de arriba.
Érika, me despiertas un ligero escalofrío y una gran curiosidad, jamás indiferencia por todo lo que dices. Complejas somos y con bajones y subidas hasta el cielo. Ánimos, adivino por un augurio que lo conseguirás, eres tenaz, apasionada y a la vez persistente trabajadora. Te sigo de cerca, muy intrigada, un bsito.

Nieves Hidalgo dijo...

A mí, niña, no es que le despiertes escalofríos, es que estoy temblando desde que entré en tu blog. Tengo la piel de gallina después de leer el de Mathilde. Claro que me pasa con cada uno.

En fin, que me uno a los augurios de Natàlia.
De nuevo, una vez más (aunque sea reiterativa), felicidades por tu modo de narrar.

un beso